—¿Y dónde se quedó el maestro Agustín; por qué no vino?
—Porque hoy no le tocó venir.
—¡Pues dígale por favor que le vamos a poner falta!
El breve diálogo ocurre en una cafetería de la colonia. Es un lugar limpio, acogedor, sencillo. El dueño cocina y hace de anfitrión. Su sobrina es la mesera y ayuda a mantener el lugar en orden e higiénico.
Es el dueño quien le dirige la pregunta a dos clientes habituales que acuden los viernes a tomar un café y/o comer algo, al término de la transmisión de un programa por internet que transmiten desde un espacio ubicado a una cuadra de distancia.
Estos clientes por lo general vienen con Agustín, otro de los participantes en el ejercicio semanal, quien esta vez no fue y de ahí la pregunta dirigida en tono de amable broma, para hacer notar que faltó uno de los parroquianos a quien se le esperaba.
El dueño del local sabe cómo se llama, quién es, a qué se dedica y por qué está ahí habitualmente los viernes por la noche. Y lo sabe porque ha hecho la labor de conversar con las personas y saber de sus vidas por interés humano.
Lo tiene considerado, sabe qué le gusta tomar y comer, lo aprecia y trata de que se sienta bienvenido para que repita en beneficio de su propio negocio, sí, pero también del mismo cliente, para que no se sienta tentado a buscar otro lugar.
Eso se llama interés y empatía, cualidades humanas, estrictamente humanas, que ninguna Inteligencia Artificial, por potente y entrenada que sea, logrará jamás, a pesar de la tan presumida “hiperpersonalización” que esa herramienta supuestamente logra, según los entusiastas de la tecnología.
Dicen los promotores que la IA, con su capacidad para recopilar, organizar, procesar y crear respuestas en fracciones de segundo, está llamada a personalizar a tal grado los bienes y servicios, que ninguna persona podría hacerlo mejor.
Y eso puede parecer cierto cuando vemos, por ejemplo, que después de haber reservado un par de vuelos de avión en una plataforma, ésta se “adelanta” a hacernos sugerencias de compra de nuevos boletos que la IA “cree” que nos pudiera interesar, porque “nos conoce”.
En efecto, a la tercera búsqueda aparecen ya anuncios que se parecen mucho a lo que hemos hecho en ocasiones anteriores y puede llegar al grado de sugerirnos incluso lugares en la ventanilla, porque “sabe”, o mejor dicho deduce, que eso nos gusta porque en las dos ocasiones anteriores pedimos ventanilla, en lugar de pasillo, cuando ambas opciones estaban disponibles.
Quienes promueven la IA, dicen que esas cosas nos van a llevar a un nuevo mundo, donde ya ni siquiera le tendremos que preguntar nada a la computadora, porque los “agentes” de IA se entenderán entre ellos y harán todo el trabajo por nosotros, prácticamente sin preguntarnos y “sabiendo” de antemano nuestros gustos para generar el producto o servicio exacto que requerimos o nos gusta.
Esto es parcialmente cierto, pero no lleva componente humano alguno, porque a diferencia del dueño de la cafetería de “a la vuelta”, un agente de IA jamás le hará la broma a los colegas de Agustín sobre la “falta” que le pondría por no acudir el viernes a tomar café.
Pero los amantes de la IA parecen soñar en un mundo de “hiperpersonalización” –así le llaman—de los bienes y servicios a través de la tecnología, donde incluso, ya no haga falta la intervención humana.
Recientemente Santigo Abarca, especialista en IA y Datos de Amazon Web Services, uno de los 7 gigantes digitales del mundo que se reparten la verdadera riqueza del plantea, adelantó con mucho gusto y entusiasmo que “en el futuro próximo, la banca tenderá a ser invisible, omnipresente y sin intervención humana, gracias a los agentes de IA”.
Como si fuera bueno, dijo que la idea es llegar a un escenario de “cero supervisión”, donde la persona ni siquiera le tenga que dar instrucciones específicas a la herramienta: sólo será necesario presentarle un objetivo y los agentes de IA, que la persona debería haber creado previamente, interactuarán entre ellos para darle la mejor solución sin pasar por un asesor, ni un ejecutivo bancario.
Queda claro que el entusiasta de la tecnología está planteando sustituir a la persona por la IA, herramienta que eventualmente sí podría hacer el trabajo, aunque nunca le “pondría falta” a Agustín por no ir un viernes en la noche al café.
Es decir, la herramienta, por más que nos “conozca”, no empatiza, no se relaciona, no hace bromas (no sabe hacer bromas), ni tiene matices en la voz, carece de lenguaje corporal y es incapaz de cualquier gesto o mirada. Es decir, no tiene intención y puede sugerirnos montón de cosas, pero jamás nos hará sentir bienvenidos, ni tratados como personas.
