El cuerpo que vemos y el cuerpo que habitamos

Antes de desnudarnos frente a alguien, ya hemos aprendido a mirarnos. Redes sociales, edad, comentarios familiares, modelos de belleza y experiencias personales moldean la relación con nuestro cuerpo y pueden acompañarnos hasta la intimidad. ¿Qué ocurre cuando, en lugar de sentirlo, empezamos a observarlo con los ojos de los demás?

La sexualidad comienza frente al espejo. La manera en que miramos nuestro cuerpo —con deseo, incomodidad, orgullo, vergüenza o distancia— puede acompañarnos hasta la intimidad. ¿Cuánto de lo que sentimos por nuestro cuerpo realmente nos pertenece y cuánto hemos aprendido a sentir bajo la mirada de los demás?

Hay personas que apagan la luz antes de desvestirse. Otras evitan determinada postura, una fotografía, una alberca o cierta prenda. Alguien puede pasar varios minutos buscando el ángulo que disimule el abdomen antes de subir una imagen a redes sociales. Otra persona, a los sesenta años, puede descubrir frente al espejo un cuerpo que ya no reconoce como el de los treinta. Un adolescente puede mirarse después de pasar una hora en TikTok y preguntarse por qué sus músculos no se parecen a los que acaba de ver. Una mujer puede pensar en sus estrías mientras alguien la acaricia. Un hombre puede estar más preocupado por el tamaño de sus genitales que por aquello que está sintiendo.

Son situaciones distintas, pero comparten una pregunta: ¿estamos viviendo nuestro cuerpo o contemplándolo desde los ojos de alguien más?

La imagen corporal no es solamente lo que vemos en el espejo. Incluye las ideas, emociones y valoraciones que desarrollamos acerca de nuestra apariencia y de nuestro propio cuerpo. Y esa percepción puede intervenir en nuestra manera de relacionarnos, sentirnos deseables, aceptar una caricia, tomar la iniciativa sexual o incluso permitirnos experimentar placer.

La investigación lleva años encontrando una relación entre la imagen corporal y el bienestar sexual. Una revisión de estudios publicada en Body Image encontró que una mayor satisfacción y apreciación corporal suelen asociarse con experiencias sexuales más positivas. Investigaciones posteriores han observado también relaciones entre la percepción de los propios genitales y aspectos como el deseo, la satisfacción y el funcionamiento sexual.

Mirarse mientras se está viviendo

Imaginemos una escena íntima. Una persona está con alguien que desea. Hay caricias, cercanía, excitación. Sin embargo, una parte de su atención está en otro sitio: “¿Se me verá el abdomen? ¿Notará mis cicatrices? ¿Mi pecho será demasiado pequeño? ¿Mi pene será suficiente? ¿Pensará que he envejecido? ¿Le resultará extraño mi cuerpo?”

Mientras el cuerpo participa del encuentro, la mente parece colocarse fuera de él y observarlo. En psicología, este fenómeno suele relacionarse con la autoobjetivación: comenzar a contemplar el propio cuerpo principalmente desde la perspectiva de cómo será evaluado por otras personas. Un metaanálisis publicado en 2025 encontró una asociación entre el uso de redes sociales y la autoobjetivación, aunque la relación depende del tipo de contenido, de la forma de utilizar las plataformas y de las características de cada persona.

El problema no es mirarnos. Tampoco querer resultar atractivos. Ambas cosas forman parte de la experiencia humana. La dificultad aparece cuando la vigilancia sobre nuestra apariencia ocupa tanto espacio que nos impide percibir aquello que nuestro cuerpo está experimentando.

Hay entonces una paradoja: podemos estar físicamente presentes y, al mismo tiempo, estar ausentes de nuestro propio cuerpo.

El espejo ya no está solamente en el baño

Durante buena parte de la historia, la comparación corporal tenía límites relativamente claros: familiares, amistades, personas cercanas, actores, modelos o fotografías de revistas. Hoy podemos comparar nuestro cuerpo con cientos de personas antes de desayunar.

Las redes sociales añadieron además una particularidad: ya no observamos únicamente cuerpos ajenos. También contemplamos versiones corregidas del nuestro.

Elegimos una fotografía entre veinte. Cambiamos la iluminación. Recortamos. Borramos una imperfección. Aplicamos un filtro. Modificamos proporciones. Después contemplamos esa imagen como si fuera una versión mejorada de nosotros mismos.

Las investigaciones recientes sobre adolescentes muestran que la relación entre redes sociales, autoestima e imagen corporal no es idéntica para todas las personas. Las plataformas pueden favorecer conexión y expresión, pero la comparación social, los contenidos centrados en la apariencia y la búsqueda de aprobación pueden relacionarse con mayor insatisfacción corporal. Esto afecta a mujeres y hombres, aunque los ideales no siempre son los mismos.

Para unas personas puede ser la delgadez; para otras, una cintura determinada, senos grandes, ausencia de vello, juventud, musculatura, altura o determinados genitales. El modelo cambia. La sensación de insuficiencia permanece.

No existe un solo cuerpo del que sentirse inseguro

Hablar de imagen corporal únicamente desde la experiencia de mujeres jóvenes dejaría fuera buena parte del problema.

Un hombre también puede sentir vergüenza de desnudarse, preocuparse por su musculatura, por la calvicie, por el peso o por sus genitales. Una revisión publicada en 2025 señala que la insatisfacción con la forma, apariencia o tamaño de los genitales aparece en personas de distintos géneros y que los comentarios de parejas y las representaciones mediáticas pueden participar en la construcción de esos ideales.

Para una persona trans o no binaria, la relación con el cuerpo puede contener otras dimensiones. No necesariamente se trata de querer ser más delgada, más musculosa o más atractiva, sino de sentir que determinadas características corporales corresponden —o no— con la manera en que se reconoce a sí misma. La investigación sobre personas trans y de género diverso muestra precisamente que imagen corporal, identidad, expectativas culturales y experiencias de discriminación pueden entrelazarse de maneras particulares.

Tampoco puede pensarse la relación con el cuerpo sin considerar la discapacidad o una enfermedad crónica. Una cicatriz después de una cirugía, una amputación, cambios de movilidad, una ostomía, el dolor, una enfermedad neuromuscular o cualquier transformación importante pueden modificar la manera en que una persona se mira y también la manera en que imagina que será mirada. Algunas investigaciones señalan, además, que la sexualidad continúa siendo poco abordada en la atención de personas con enfermedades crónicas y discapacidades, como si resolver las necesidades médicas hiciera desaparecer las necesidades afectivas, eróticas o íntimas.

Cuando el cuerpo envejece y el ideal permanece joven

Quizá uno de los mensajes culturales más persistentes sobre la sexualidad sea que pertenece a los cuerpos jóvenes. Arrugas, flacidez, canas, menopausia, cambios hormonales, disminución de masa muscular, alteraciones en las erecciones, transformaciones del peso o cicatrices de intervenciones médicas pueden hacer que una persona tenga que reconocerse nuevamente.

Una revisión reciente sobre mujeres durante la perimenopausia y la posmenopausia encontró vínculos entre imagen corporal y función sexual, aunque intervienen también factores físicos, hormonales y psicológicos.

Pero hay una pregunta que las estadísticas no responden por completo: ¿qué ocurre cuando alguien sigue deseando pero deja de sentirse deseable?

Puede que uno de los grandes trabajos emocionales del envejecimiento consista precisamente en diferenciar esas dos cosas. Ser deseable y sentirse con derecho a desear no son lo mismo.

¿Quién nos enseñó cómo debía verse un cuerpo deseable?

Tal vez la pregunta más incómoda sea esta. Porque nuestros gustos no nacen en el vacío.

Desde pequeños recibimos mensajes sobre los cuerpos: cuáles son bonitos, cuáles deben ocultarse, cuáles provocan burlas, cuáles aparecen en la publicidad, cuáles protagonizan historias de amor y cuáles casi nunca son representados como objetos de deseo.

También aprendemos dentro de las familias: “Estás engordando. Con unos kilos menos te verías mejor. Los hombres deben ser fuertes. Eso no parece femenino. Ya estás muy grande para vestirte así. Qué bien te ves: ¿bajaste de peso?”

Habitar nuestro cuerpo implica reconocer sensaciones, límites, placer, cansancio, deseo, incomodidad, enfermedad, fuerza y transformación. Significa experimentarlo no solamente como una imagen destinada a ser evaluada, sino como el lugar desde donde vivimos.

Eso no exige amar cada centímetro de nuestro cuerpo. La idea de que debemos sentirnos maravillosos respecto a nuestra apariencia todos los días puede convertirse en otra exigencia imposible.

Quizá una relación más amable empiece por algo menos espectacular: dejar de considerar al cuerpo un proyecto permanentemente defectuoso.

Del “¿cómo me veo?” al “¿qué siento?”

La sexualidad devuelve una pregunta que la cultura de la imagen suele desplazar: ¿Qué siento? ¿Qué me gusta? ¿Qué me incomoda? ¿Dónde quiero que me toquen? ¿Qué no deseo? ¿Qué me produce placer? ¿Qué necesito para sentirme seguro? ¿Qué puede hacer hoy mi cuerpo?

La diferencia parece pequeña, pero modifica el centro de atención. El cuerpo deja de ser solamente aquello que otros observan y vuelve a convertirse en aquello desde donde experimentamos el mundo.

Tal vez habitar nuestro cuerpo no consista en mirarnos al espejo hasta aprender a amar todo lo que vemos. Tal vez consista en que el espejo deje de tener la última palabra.


Queremos escuchar tu experiencia

¿Cómo ha cambiado la relación con tu cuerpo a lo largo de tu vida? ¿Una mirada, un comentario, la edad, una enfermedad, una transformación física o una experiencia afectiva modificaron la manera en que te percibías?

En Letras en su tinta queremos incorporar a esta serie experiencias de personas de distintas edades, géneros, orientaciones sexuales y condiciones corporales.

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