Parecería que fue hace mil años cuando la persona que buscaba trabajo recurría al periódico. Casi todos los diarios importantes tenían una sección dedicada a anuncios de oportunidades laborales breves, pero sencillos:
«Importante empresa metalúrgica solicita secretaria de tiempo completo. Prestaciones superiores a las de ley. Sueldo según aptitudes. Requisitos: dos años de experiencia, preferible inglés. Interesadas presentarse con dos cartas de recomendación. Lunes a viernes, de 9:00 a 13:00. Reforma 199, quinto piso. Licenciada López».
Hoy el mundo es distinto y las ofertas de trabajo aparecen principalmente en el ciberespacio, con procesos cada día más complejos e impersonales. Se buscan individuos con habilidades que muchos ni siquiera entendemos, porque la retórica del mundo laboral ha cambiado radicalmente, al igual que las necesidades de las empresas.
Con el avance de la IA, muchos puestos que por años fueron importantes se han visto amenazados: abogados, profesores, traductores, secretarias, mercadólogos, agentes de relaciones públicas y un largo, largo etcétera que incluye a especialistas en tecnología.
Contrario a lo que afirman los optimistas de la inteligencia artificial, esta sí ha desplazado a personas que antes tenían un papel importante en las empresas y cuya experiencia y conocimientos eran relevantes e incluso podían hacer más valioso a un profesional que a otro.
Según estos optimistas, las personas desplazadas, que ahora ya no tienen empleo y cuya vida dedicada a un ramo parece ya no importarle a nadie, tienen una oportunidad para reinsertarse en otra actividad que abre la IA: todo está en el reskilling o en el upskilling, es decir, en aprender nuevas habilidades o actualizar las existentes.
Por supuesto, este optimismo no toma en cuenta un pequeño detalle: las personas tienen gastos y compromisos diarios que enfrentar, y no todo el mundo quiere o entiende los nuevos trabajos relacionados con la tecnología, que les resultan totalmente ajenos. Tampoco todos saben dónde capacitarse ni cuentan con el dinero para pagar dicho aprendizaje.
Pero en este optimismo desbordado sobre las oportunidades que abre la nueva tecnología, de pronto se encuentran algunas cosas curiosas.
Según Victoria Martínez, gerente de Plataformas de Inteligencia Artificial para Latinoamérica de Red Hat, algunas empresas tecnológicas están empezando ¡a contratar filósofos!
Durante un encuentro con medios de comunicación, la especialista en IA de Red Hat, uno de los gigantes tecnológicos globales que provee soluciones de código abierto para grandes empresas, explicó que para algunas compañías el tema ético empieza a ser importante.
Resulta que la preocupación sobre la posibilidad de que la IA se salga de control y genere consecuencias perjudiciales para la humanidad ya no pertenece exclusivamente al terreno de la fantasía, sino que constituye un riesgo que requiere atención.
Para enfrentar ese problema, los expertos en tecnología, que al parecer no tienen muy claro el tema de la ética, ahora buscan filósofos que analicen los modelos de IA y determinen si, tal como están planteados, respetan los principios éticos y los derechos humanos o si es necesario hacerles ajustes antes de que salgan al mercado.
Resultan mundos muy distintos el de las ideas y el de la tecnología; mientras el primero busca persistir y mantener al ser humano en el centro de la conversación, el segundo trata de vender, vender y vender, con productos cada día más evolucionados y potentes, que cambian constantemente y no necesariamente se preocupan por los seres humanos.
Si volviéramos a los esquemas del anuncio de trabajo de antaño, encontraríamos algo como esto:
«Gigante digital global busca filósofo o filósofa para corregir sesgos y errores en sus modelos de IA. Interesados o interesadas envíen carta de motivos, CV y dos cartas de recomendación al departamento de Recursos Humanos».
Por cierto, del sueldo, ni hablar: hoy parece considerarse una especie de grosería o algo de mal gusto hablar de los salarios en una propuesta de trabajo.
Sobre las condiciones del empleo, tampoco se habla: si el aspirante pregunta, puede considerarse una falta de tacto o de respeto.
En el mejor de los casos, el interesado manda su propuesta y, si tiene suerte, alguien lo contactará por correo electrónico. En algún momento del misterioso proceso, se le citará a una junta virtual para hablar con una persona que puede ser una «reclutadora» de 20 años de edad, que no tiene idea de qué es la filosofía ni del desarrollo de la IA y que, sin embargo, será el primer filtro.
Ella misma se auxiliará de un modelo de IA para ver si el filósofo en cuestión tiene o no lo que se necesita. Por supuesto, nadie sabe quién, cómo ni con qué se alimentó el modelo de IA que puede descartar al candidato, aunque resulte una persona de calidad y experiencia inmejorables.
Con suerte, la persona es elegida y contratada, mediante un proceso que se lleva totalmente en línea, y en unos meses comienza a trabajar en un gigante tecnológico para revisar si los modelos de IA que la empresa genera sirven a la humanidad o la perjudican.
Habrá que ver cómo funciona todo.
