Creemos saber lo que deseamos, pero nuestras fantasías, preferencias y expectativas no nacen en el vacío. La familia, la religión, las parejas, la pornografía, las redes sociales, el género y las ideas sobre lo que significa ser “normal” participan en la construcción de nuestra sexualidad. Entonces, ¿cómo distinguir lo que queremos de aquello que aprendimos que deberíamos querer?
Dos personas se besan. Una quiere continuar. La otra no está segura.
No siente rechazo. Tampoco entusiasmo. Piensa que probablemente debería seguir. Después de todo, le gusta esa persona. Ya han llegado hasta ahí. Quizá detenerse resulte incómodo.
Continúan. Horas después, cuando intenta explicar lo ocurrido, aparece una frase difícil: “No quería exactamente, pero tampoco quería decir que no”.
Entre el deseo y el rechazo existe un territorio mucho más amplio de lo que solemos admitir.
Podemos aceptar algo que no deseamos especialmente. Podemos desear algo y decidir no hacerlo. Podemos fantasear con una experiencia que nunca querríamos llevar a la realidad. Podemos comenzar un encuentro sin deseo y descubrirlo después. Podemos sentir deseo y, al mismo tiempo, miedo, vergüenza o culpa.
La sexualidad humana rara vez responde a una fórmula sencilla. Por eso, una de las preguntas más difíciles no sea qué deseamos, sino cómo aprendimos a desearlo.
El deseo tampoco nace en libertad absoluta
Tendemos a imaginar el deseo como algo íntimo, espontáneo y profundamente personal. Creemos que decir: “Me gusta esto.” “Me atraen estas personas.”“Esto me excita.” Parecen afirmaciones que surgen exclusivamente de nuestro interior.
Pero la psicología y las ciencias sociales llevan décadas estudiando los llamados guiones sexuales: expectativas culturales e interpersonales que nos enseñan qué debería ocurrir en un encuentro sexual, quién debe tomar la iniciativa, qué prácticas se consideran normales, cómo debe comportarse cada persona y qué significa tener una experiencia sexual “satisfactoria”.
Investigaciones recientes siguen mostrando que estos guiones influyen incluso en la manera en que negociamos el consentimiento y comunicamos nuestros deseos. Construimos nuestra sexualidad utilizando materiales que ya estaban ahí antes de nosotros:
Aprendimos qué cuerpos eran considerados atractivos. Qué conductas parecían masculinas o femeninas. Qué prácticas eran aceptables. Cuánto sexo debía tener una pareja feliz. Quién debía desear más. Quién debía complacer. Qué significaba “ser bueno en la cama”. Y también aprendimos qué cosas era preferible no mencionar.
“Esto es lo que se supone que debe ocurrir”
Pensemos en algunas escenas conocidas.
-Un hombre cree que siempre debería tener ganas de sexo porque así se espera de los hombres.
-Una mujer interpreta que satisfacer a su pareja forma parte de sus obligaciones afectivas.
-Una persona joven piensa que debería probar determinadas prácticas porque todo el mundo parece hacerlas.
-Alguien finge un orgasmo para no herir a su pareja.
-Otra persona teme reconocer que una práctica muy popular simplemente no le gusta.
-Una pareja lleva varios años junta y comienza a preocuparse porque tiene relaciones sexuales con menor frecuencia que antes.
¿De dónde surgieron esas expectativas?
A veces no podemos identificarlo. No hubo una persona que nos sentara a explicar cómo debíamos vivir nuestra sexualidad. Lo aprendimos de comentarios, películas, bromas, conversaciones familiares, silencios, educación religiosa, amistades, pornografía, publicidad y experiencias anteriores.
El guion llega fragmentado. Y un día parece sentido común.
Consentir no siempre significa desear
Una persona puede dar su consentimiento a una actividad sexual sin sentir un deseo particular de realizarla.
La investigación utiliza el término sexual compliance, que podría traducirse como complacencia o conformidad sexual, para describir situaciones en las que alguien acepta mantener relaciones sexuales aunque en ese momento no las desee.
Un estudio cualitativo publicado en 2024 encontró que las razones y consecuencias de estas experiencias pueden ser muy diferentes. Intervienen factores como los motivos para mantener relaciones, la comunicación, la autoestima, el estrés, las normas sociales y la capacidad para reconocer y expresar las propias necesidades.
Aceptar sexo sin tener inicialmente deseo tampoco significa necesariamente haber sufrido coerción.
Alguien puede decidir participar porque desea intimidad con su pareja, porque siente curiosidad o porque sabe que el deseo puede aparecer después.
Pero también puede aceptar por miedo al conflicto, por culpa, por obligación o para evitar que la otra persona se enfade.
Ahí la diferencia comienza a importar mucho.
Un estudio con estudiantes universitarios publicado en 2025 encontró que una mayor comodidad para hablar sobre sexo se asociaba con una menor probabilidad de haber aceptado experiencias sexuales no deseadas.
Quizá una pregunta útil no sea solamente: “¿Dije que sí?”
También: “¿Por qué dije que sí?”
El deseo no siempre llega antes
Existe además otro problema con el guion que hemos aprendido.
Nos han enseñado que el deseo debería aparecer espontáneamente: primero deseamos, después nos excitamos, después buscamos el encuentro. Pero no todas las personas funcionan de esa manera todo el tiempo.
La investigación sobre sexualidad distingue también el deseo responsivo, que puede aparecer después de que ya comenzó una experiencia afectiva o erótica agradable.
Un estudio publicado en The Journal of Sexual Medicine en 2024 examinó precisamente la relación entre excitación y deseo responsivo en mujeres y mostró que el deseo puede surgir dentro del propio proceso de excitación y depender también del contexto relacional.
Esto cambia una pregunta frecuente: “¿Por qué ya no tengo ganas como antes?”
A veces el deseo no desapareció. Quizá dejó de presentarse de la forma en que esperábamos.
La rutina, el cansancio, el estrés, la crianza, los medicamentos, los cambios hormonales, la salud física, los conflictos de pareja o la falta de privacidad pueden modificar la manera en que aparece.
Y sí, aquí también pueden intervenir los guiones. Si creemos que el deseo verdadero debe surgir siempre espontáneamente, quizá interpretemos cualquier otra forma como una falla.
La obligación de desear
Las expectativas no afectan únicamente a quienes sienten poco deseo. También pueden afectar a quienes sienten mucho.
-Una mujer puede haber aprendido que mostrar demasiado deseo la vuelve “fácil”.
-Un hombre puede pensar que rechazar sexo cuestiona su masculinidad.
-Una persona mayor puede sentir vergüenza porque continúa teniendo fantasías sexuales.
-Alguien con discapacidad puede encontrarse con una cultura que presupone que no tiene vida sexual.
-Una persona queer puede tardar años en reconocer qué desea porque aprendió primero qué era lo que debía desear.
En personas pertenecientes a minorías sexuales y de género, además, la discriminación, el miedo al rechazo, el ocultamiento de la identidad y el estigma internalizado pueden afectar distintos aspectos del bienestar. La investigación sobre estrés de minorías continúa documentando los efectos de estas presiones sociales.
Por eso preguntarnos “¿qué deseo?” puede ser mucho más complejo para unas personas que para otras. Antes de poder responder, quizá tuvieron que desaprender muchas respuestas.
Cuando el deseo se convierte en desempeño
Hay otra forma de aprendizaje sexual particularmente contemporánea: la necesidad de demostrar que estamos disfrutando.
-El orgasmo puede convertirse entonces en una meta.
-La duración del encuentro, en una medida de calidad.
-Determinadas prácticas, en requisitos.
-Algunas respuestas corporales, en pruebas de placer.
Una investigación publicada en 2026 sobre experiencias de eyaculación femenina muestra de manera muy concreta este fenómeno. Algunas mujeres describieron que sus parejas interpretaban el squirting como una demostración de éxito sexual o como prueba de haber producido un orgasmo, incluso cuando la experiencia subjetiva de ellas era distinta. En algunos casos, esa expectativa generaba presión para reproducir la respuesta corporal.
El ejemplo es específico, pero la pregunta puede ampliarse: ¿cuántas veces convertimos el placer en una representación del placer? Gemidos. Orgasmos. Duración. Frecuencia. Posiciones. Número de parejas. Intensidad.
Todo puede transformarse en evidencia de que estamos viviendo la sexualidad “correctamente”. Y cuando intentamos demostrar que disfrutamos, podemos dejar de preguntarnos si realmente estamos disfrutando.
Pornografía: información, fantasía y guion
La pornografía merece una conversación menos simplista que “es buena” o “es mala”. Puede ser fantasía, estímulo sexual, entretenimiento, exploración o una manera de descubrir intereses.
También puede convertirse en una de las fuentes de aprendizaje sexual, especialmente cuando existen pocas conversaciones abiertas y poca educación sexual.
El problema aparece cuando aquello que está diseñado como representación comienza a funcionar como manual.
La investigación sobre guiones sexuales ha estudiado precisamente cómo los contenidos pornográficos pueden contribuir a formar expectativas sobre determinadas prácticas, roles o comportamientos, aunque sus efectos no son iguales para todas las personas y dependen del contexto, la frecuencia, la identificación con lo observado y otros factores.
La pregunta interesante: “¿Qué has aprendido de ella que ahora consideras normal?”
Lo mismo podría preguntarse sobre películas románticas, redes sociales, novelas, conversaciones con amigos o incluso sobre la educación familiar.
Parejas que desean distinto
También solemos imaginar que una pareja compatible debería compartir aproximadamente el mismo nivel de deseo.
Pero las diferencias son frecuentes: Una persona quiere tener sexo. La otra quiere dormir. Una necesita cercanía física para sentirse conectada. La otra necesita sentirse conectada antes de buscar cercanía sexual. Una desea experimentar. La otra prefiere prácticas conocidas. Ninguna de estas diferencias demuestra por sí misma falta de amor.
Un estudio publicado en 2024 sobre parejas adultas encontró que las discrepancias de deseo sexual y afectivo requieren negociación continua y que las personas utilizan estrategias diversas para manejarlas.
El problema comienza cuando la diferencia se convierte en jerarquía: el deseo de quien quiere más se considera legítimo y el de quien quiere menos se considera un defecto. O al revés.
Porque también existe presión para ser más sexual, menos sexual, más aventurero, más convencional, más espontáneo o más disponible.
Siempre parece existir una versión correcta.
¿Existe entonces un deseo verdaderamente “propio”?
Sería difícil encontrar un deseo completamente separado de nuestra historia, nuestra cultura, nuestro cuerpo y nuestras relaciones.
Incluso aquello que sentimos como profundamente personal se ha formado en contacto con otros. Que algo haya sido aprendido no lo vuelve necesariamente menos auténtico.
Podemos amar una música que conocimos gracias a nuestros padres. Podemos disfrutar una comida porque pertenece a nuestra cultura. También podemos descubrir deseos dentro de los lenguajes sexuales que aprendimos.
La cuestión es examinarlo: ¿Lo disfruto? ¿Me produce curiosidad? ¿Me siento libre para decir que no? ¿Podría cambiar de opinión? ¿Lo deseo incluso si nadie lo espera de mí? ¿Me interesa realmente o quiero sentirme aceptado? ¿Estoy participando porque me da placer o porque temo decepcionar?¿Podría contárselo a mi pareja sin sentir vergüenza? ¿Podría decir que no me gusta sin sentir que estoy fallando?
Aprender a desear también puede significar desaprender
Hay deseos que descubrimos. Otros cambian. Algunos desaparecen. Y algunos quizá nunca fueron exactamente nuestros.
La sexualidad no necesita convertirse en un interrogatorio permanente. Pero de vez en cuando puede ser útil detenernos.
Especialmente cuando algo que hacemos produce más ansiedad que placer, más obligación que curiosidad o más preocupación por satisfacer expectativas que conexión con nuestras propias sensaciones.
Quizá madurar sexualmente consista en desarrollar suficiente libertad para decir: esto sí. Esto no. Esto no lo sé todavía. Esto antes me gustaba y ahora no. Esto me daba vergüenza y ahora quiero explorarlo. Esto pensé que debía gustarme, pero no me gusta o esto lo aprendí de otros, pero ahora lo elijo yo.
