Agujeros negros

Entre el estruendo del metro y la prisa cotidiana, “Agujeros negros” imagina una ciudad habitada por presencias invisibles. Nidia Sánchez Hernández construye un poema donde los túneles son también abismos: de muerte, de rutina y de olvido.

Cadáveres deambulan por las vías del metro, en los vagones,
muro de lamentos donde están encapsulados.
Gimen en los nueve círculos dantescos.
Millones de personas, a diario,
se acostumbran al ruido estridente.
La gente en esta ciudad
entra y sale de agujeros negros,
se desconecta de la realidad y habita sus mundos.
Los abruptos rechinidos, cortos
y largos, son silencio ignorado.

Colapso en las horas pico,
nadie escucha a su conciencia,
mecánica, con libros en mano, celulares;
todo es un distractor,
mientras de los vagones y las vías
salen ecos del inframundo.

Cayeron accidentalmente,
premeditaron su suicidio,
habían conocido suficiente la miseria.

Atrapados en el plano astral,
se manifiestan provocando calor incendiario,
escalofríos, soplan al oído;
caminamos entre sombras y espíritus
que no quieren ser olvidados…

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