Aimé abrazó el tronco de su jacaranda favorita y cerró los ojos. Entre las ramas, los pájaros anunciaban la mañana. Hacía años que no los escuchaba ni sentía aquella ligereza de la infancia, cuando corría libre por esos jardines con su hermana y sus amigas. Ahí coleccionaban hojas y las pequeñas bolitas que caían de los eucaliptos en donde se trepaban felices cada vez que podían.
Su padre había intentado advertirle antes de la boda.
—Recuerda que Elisabeth Kübler-Ross decía que siempre hemos de aspirar a la estrella más alta —le dijo con cariño.
—¿Cómo se renuncia a alguien que nos ama genuinamente? —replicó ella—. ¿Y si nunca encuentro al hombre que cumpla tus expectativas? Sólo Dios es perfecto.
—No te pido que renuncies. Tómate tu tiempo para buscar la guía de Dios antes de elegir al compañero de tu vida. Temo que un día desees tu libertad cuando sea demasiado tarde.
Aimé no quiso escucharlo. No estaba dispuesta a dejar de ejercer su derecho a elegir con quién contraer matrimonio y formar una familia. Creía que ella y su prometido deseaban el mismo futuro. También le pesaban las voces que repetían que después de los treinta una mujer soltera se quedaba a vestir santos. Se casó convencida de que amar significaba confiar y de que el riesgo era preferible a la duda.
Años después, bajo la jacaranda, aquellas palabras de advertencia ya no parecían una prohibición. Tampoco se convertirían en una sentencia. Había tomado una decisión con la mujer que era entonces y ahora quería y tendría que comprender en quién se había convertido.
Donatello apareció una tarde de otoño, cuando Aimé creía tener la vida resuelta. Cenaron salmón a la toscana, cantaron al unísono, observaron la luna llena a través de un telescopio y caminaron juntos seis kilómetros a la orilla del mar. Hablaron hasta el anochecer, como si el tiempo bonachón hubiera decidido acompañarlos.
—¿Qué es lo que más te gusta hacer? —preguntó él.
—Flotar como estrella y nadar en el mar. ¿Y a ti?
—A mí nunca me verás nadando ahí. Al mar llega todo lo del drenaje.
Aimé soltó una carcajada.
—Me gusta ser creativo, pescar y correr temprano —continuó Donatello—. ¿Te gustaría correr conmigo mañana?
Aunque a ella no le gustaba correr, aceptó sin peros.
Al día siguiente caminaron, trotaron y corrieron durante más de una hora, hasta que el rostro de Aimé tomó color de jitomate. Escuchando el bolero «Cuando calienta el sol», se sentaron bajo una sombrilla frente al mar y compartieron un jugo de mango y jícama.
—¿Crees en la vida eterna? —preguntó ella.
—No. Estamos de paso, como estrellas fugaces.
—¿Por qué lo crees?
—Nacemos, vivimos y morimos. Somos naturaleza.
—Mi papá decía que somos como las flores.
Donatello la miró como leyéndole el alma.
—Lo decía mirándote.
Aimé bajó los ojos hacia el vaso, intentando ocultar que la mirada de su nuevo amigo convertía su corazón en un tambor de los más ruidosos. Ni siquiera el color jitomate de su rostro pudo ocultar que estaba sonrojada y media. Sin levantar los ojos, siguió la conversación.
—Es difícil aceptar que tengamos el mismo valor que una flor.
—Quizás menos.
—No creo. Las flores no tienen corazón.
—Pero tienen perfume.
—Nosotros igual. Además, podemos hablar y sentir.
—Ellas también, a su manera. Mi olivo cambió de dirección una rama porque por ahí pasa mi perro y creo que no lo soporta.
—Déjame ver una foto de tu perrito.
No estaba de acuerdo con él en que las flores pudieran tener más valor que los seres humanos, ni en que estos fueran como estrellas fugaces. Pensaba que, si dichas estrellas pudieran afirmar que los fugaces son ellos, quizá también tendrían alma y después de todo ninguna vida desaparecía por completo.
Sin embargo, por primera vez no sintió la necesidad de defender sus certezas. Le bastaba escucharlo y suspirar mientras descubría el mundo desde una mirada distinta.
Con Donatello y el alma muy despierta comprendió que el amor también podía parecerse a eso: una conversación sin respuestas previstas, una caminata sin promesas, una mano que no intentaba conducirla. A su lado no tenía que demostrar si había elegido bien. Podía dudar, llorar, estremecerse, reír y sentirse más viva que nunca. Todo indicaba que a pesar de que hay etapas en las que el corazón parece estar en pausa, siempre existen nuevos comienzos y momentos para volver a florecer.
Cuando llegó la noche de la despedida, Aimé contempló el cielo. Quiso pedirle que se quedara, pero las palabras no salieron. No estaba segura de si eso le costaría el alma. Pudo más su creencia de que el hombre no debe separar lo que Dios ha unido. Una nube ocultó la luna y Aimé sintió cómo esa misma nube invadía su pecho.
Antes de partir, Donatello le sostuvo el rostro con ambas manos, le dio un dulce beso y se alejó sin mirar atrás, convencido de no querer ser la causa de la separación de una familia. El afecto que él pudiera sentir debía ser enterrado. Tal vez sus sentimientos tendrían que terminar siendo igual que las estrellas fugaces.
Durante mucho tiempo, Donatello fue para Aimé su primer pensamiento al despertar y el último deseo antes de dormir. Su recuerdo le hacía querer el mundo entero. No sabía si el amor bastaba para rehacer una vida, ni si algunas decisiones podían desandarse. Sólo sabía que lo había reconocido y anhelado cuando ya no podía vivirlo como habría querido.
Envuelta en un silencio esperanzador, Aimé abrió los ojos y soltó la jacaranda. Entre las ramas apareció un fragmento de cielo, hacia el cual dirigió la mirada enviando un agradecimiento profundo a Dios por lo que le había permitido vivir. Decidió poner todo en sus manos y regresar a casa.
Saberse sentidora de tanto la impulsó a comprender que la estrella más alta quizá no era una persona ni una promesa, sino que se trataba del regalo de una nueva vida que despertaba en ella cuando podía enteramente ser sí misma mientras descubría, compartía y cumplía su propósito en esta tierra de la mejor manera posible.
