Sin sangre es uno de esos títulos que nos intrigan al iniciar una novela y que, al concluirla, adquieren una dimensión simbólica mucho más profunda. A lo largo de esta historia subyace, además, una confrontación emocional permanente en torno a una coraza de odio que parece nunca romperse, en un país sin nombre.
Alessandro Baricco (Turín, Italia, 1958) nos ofrece en esta novela, publicada en 2002, una prosa que combina la brevedad con la precisión narrativa. El autor inicia construyendo una atmósfera de violencia extrema al final de una guerra civil indeterminada. Después del horror, nos conduce por un camino incierto de reconciliación en una sociedad profundamente herida, y cierra con un encuentro que parece brindar, finalmente, esperanza a los sobrevivientes. En este sentido, la novela parece sugerir que el dolor, como memoria, puede perpetuar la violencia, pero también convertirse en un espacio de comprensión y reconciliación; una forma de resolver el conflicto, sin sangre.
Si bien la estructura de la novela es lineal, se identifican dos tiempos narrativos claramente diferenciados: el episodio de la masacre al inicio y el encuentro final entre Nina y Tito —Pedro Cantos. En la masacre de Mato Rujo, Baricco describe, con prosa breve pero contundente, la aparición del viejo coche Mercedes, que conduce a los tres verdugos a la granja del padre de Nina —La Hiena—, antiguo médico militar retirado. Le confiere especial significado a la venganza de Salinas —El Rata—, retratada como una adicción incurable contra el dolor. Asimismo, combina la valentía fugaz del hermano de Nina; la frialdad sin margen del Gurre, y el silencio piadoso del sicario más joven.
En contraste, el segundo tiempo transcurre a lo largo de cinco décadas. Desde el episodio de la granja de Mato Rujo hasta el matrimonio de la joven con el conde de Torrelavid, cuando se convierte en “Doña Sol”, los acontecimientos parecen sucederse con una lógica previsible. Sin embargo, a partir del internamiento de Nina en un sanatorio, la historia se desdibuja y se entremezcla con la insinuación que hace el autor sobre el cobro parcial de la deuda de sangre. En el encuentro final conviven el diálogo reconciliador y una tensión silenciosa, que parece relajarse en la intimidad liberadora.
Pese a esta narrativa lineal en dos tiempos, la novela resulta profundamente circular. La escena final en el hotel reproduce exactamente la misma posición corporal de “caparazón y animal” que Nina adopta en la bodega subterránea medio siglo atrás —rodillas al pecho, pies alineados y manos entre las piernas—. En ese preciso instante de intimidad entre los protagonistas, el narrador omnisciente cierra el círculo al afirmar que ella “entonces pensó que, por mucho que la vida sea incomprensible, probablemente la atravesamos con el único deseo de regresar al infierno que nos creó, y de habitar en el mismo junto a quien, en una ocasión, nos salvó de aquel infierno”.
No quiero entrar en más detalles pues, al ser una novela breve, puedo caer en la tentación de violar el principio básico de toda reseña, que es la invitación a la lectura de la obra. No obstante, destacaría, como parte de esta invitación, dos momentos culminantes de la historia: por una parte, el cruce de miradas entre el joven ejecutor armado y la niña acurrucada, que quiebra la secuencia implacable de la matanza y suspende la lógica de la venganza, y por otra, el momento en que Nina parece transformar los recuerdos de muerte en una búsqueda de redención y paz.
La guerra fratricida está presente a lo largo de toda la novela y Baricco se encarga de recordárnoslo. Mientras que Manuel Roca sostiene que “la guerra ha terminado”, Salinas contesta que “cuándo se termina una guerra lo decide el que la gana”. Ciertamente, acontecimientos como la Guerra Civil española y los conflictos bélicos de Corea, Vietnam, Camboya, la antigua Yugoslavia o Ruanda, entre muchos otros, ilustran la dificultad de extirpar el odio y la venganza, pero también nos revelan la marginación silenciosa a la que se condena a los excombatientes de ambos bandos, en una sociedad que intenta olvidar, pero mantiene sus propios fantasmas atrapados en el pasado. Sin duda, Sin sangre retrata magistralmente este mosaico de cicatrices que, con extrema fragilidad, buscan sanarse a partir de la piedad, la comprensión y la posibilidad de reconciliación.
