El líder

En un mundo donde los robots hacen el trabajo, los humanos sobran, un empresario visionario cree tener la fórmula perfecta: reemplazar al hombre y luego, pagarle por servir.

Con mirada despectiva, el director y empresario de la compañía Robotec, miraba desde el cuarto piso de su oficina a toda la gente reunida frente a sus instalaciones. Los hombres y mujeres gritaban enojados, levantando con sus manos, pancartas agresivas en señal de protesta; estaban en contra de la tecnología. En el paisaje urbano, aparte de fábricas, edificios y tiendas de lujo exclusivas para androides, podía apreciarse cómo los robots cumplían con sus tareas matutinas. Maestros de escuela, médicos, ingenieros, contadores, músicos y en sí, toda una gama de robots que iban a sus labores. Además, podía detectarse, en cada esquina, un servicio de recarga y hasta engrasado para la comodidad de estos.

El director sonrió satisfecho. Se sentía parte importante de esa obra gigantesca que en un tiempo fue solo un sueño. Después de observar por un rato su desarrollo empresarial, el líder se apartó de la ventana, fastidiado de ver a esos extrabajadores irrumpiendo en sus instalaciones.

―¡No puedo entender a esos alborotadores por más que lo pienso! ¿Cómo es posible que no se den cuenta de los avances tan importantes que estamos construyendo y, que a la larga, les beneficiarán? ―dijo el director caminando con las manos cruzadas por atrás ―. Tanto que odiaban trabajar y ahora que su sueño se está cumpliendo y ya no tienen que hacerlo, cacarean como gallinas de corral.

―Tienen miedo nosotros los estamos sustituyendo en sus trabajos y su existencia es incierta ―contestó Muró, el complejo cerebro de la oficina del líder de Robotec.

―Precisamente, ya les dijimos que esperen un poco, que la abundancia está por venir y que si ahora se sienten un poco vulnerables, mañana vendrá su recompensa; se les dará dinero para que solventen sus gastos sin hacer nada, ¿qué más quieren? ―expresó el líder, con fastidio ―. Parece que no entienden que en este momento necesitamos la efectividad de las máquinas, pero mañana, quién te dice que esos que ves afuera no nos agradezcan por cambiar la miserable vida que han llevado hasta hoy.

― ¡Solo un hombre estúpido piensa lo que tú!, ¿y mientras qué? ¿Se deberían inclinar ante ti y tus inversionistas para apoyar su nulificación del mercado? ―reaccionó Muró, modulando su tono de voz, al mismo tiempo que varios focos rojos se encendían en su complejo cerebro ―. Los estás orillando a que haya un cambio de roles y que seamos nosotros quienes les paguemos a ellos por servirnos.

― ¡En verdad eres un genio, no se me había ocurrido! ¡Claro, así puede ser! ― festejó el director, y los ojos le brillaron cuando extendió sus manos como si la idea hubiera brotado de su cabeza ―. ¡El hombre al servicio de los robots! ¡Eso debería gustarte!, ¡imagínate ser adorado!

― ¡Eres tan poco humano!, que tu corazón parece un pedazo de metal maleado que no puede corroerse ―aseveró Muró.

― ¡No seas igualado Muró!, no compares tu corazón con el mío ―respondió el líder, fastidiado ―. Soy un empresario práctico y aplico lo que me conviene, solo eso.

En ocasiones Muró lo desesperaba; él era una máquina y debería sentirse alagado de que el hombre se sintiera amenazado por él. Eso quería decir que había potencial en el sistema que tenía planeado desde hace mucho. Lo que le hacía falta a Muró, pensó, era mandar a que afinaran su memoria de respuestas, antes de que se extralimitara y se sintiera autónomo y lo dejara de respetar.

En cuanto a esos pobres diablos ―meditaba―. Si realmente tuvieran dignidad, ya hubieran desaparecido; en este momento, ¡ya nadie los necesita! Además, siguió pensando: En realidad no sé qué pasará con los humanos en esta era robótica y no es mi problema saberlo”. “Yo invierto en esto y la ciencia tecnológica es otra cosa”. “No tengo culpa en ello”.

Como si Muró, hubiera escuchado lo que pensaba, de pronto dijo:

― ¿De quién es la culpa entonces?

― ¿Cómo de quién?, del mismo hombre que no está satisfecho con su capacidad productiva y siempre quiere superarse a sí mismo y lo está logrando ―respondió el líder ―. No todas las personas son basura, sino verdaderos genios y gracias a ellos, entramos a esta bendita era tecnológica. Los robots ya están revolucionando al mundo entero, no con su pensamiento pero sí con su fuerza.

― ¿Me tomas por una máquina torpe? ―preguntó Muró, moviendo lo que parecían unos brazos que simulaban a un ejecutivo recargado en su escritorio.

― ¡No seas tonto, tú eres otra cosa! ―contestó el hombre volviendo a la ventana donde una nube había tapado la luz del sol.

―Imagínate ―dijo el líder, tratando de explicarle a Muró, lo que este ya sabía ―. Las máquinas les ahorran a los empresarios miles de millones de pesos y también  disgustos; estos no se quejan por sus horarios de trabajo, no piden aumento salarial,  permisos,  no se enferman ni requieren tiempo para comer. ¡Toda una panacea!― Además, los robots, en comparación con los humanos, están produciendo como jamás lo hubieran soñado Adam Smith y John Kesney, ambos economistas. Ellos querían que el Estado interviniera en las finanzas para mejorarla, en defensa de la seguridad y la justicia de todos los seres vivos y es lo que estamos haciendo aquí ―presumió ufano acomodándose la corbata y reacomodándose su seguro.

Muró, guardaba toda la información que escuchaba y en su cerebro, unas cintas daban vuelta a una velocidad impactante. El líder seguía con su pensamiento de grandeza.

 ―Además, pienso que también Karl Marx estaría feliz al ver cómo las personas ya no son explotadas y que muy pronto recibirán los beneficios, no ya de un trabajo, sino de un no trabajo, que les dará el Estado. Es más, hasta Jean Paul Sartre se quedaría mudo, al ver al hombre tan libre como una palomita y que puede elegir y dedicarse a crear lo que le venga en gana, tal y como él reflexionaba que debía ser la condición del hombre. ¿Es o no es esto fabuloso, máquina Muró?

Antes de que Muró pudiera contestar, una detonación muy fuerte cimbró el conglomerado de oficinas cuya matriz era la del director. Muró empezó a cerrar puertas y elevadores, y a bloquear todo acceso a las computadoras y sus controles. Asimismo,  la luz dentro del conglomerado de oficinas fue apagada por este.

― ¡Maldición! ¡Muéstrame qué hacen esos animales! ―exigió el director con una ira reprimida que acentuaba los rasgos duros de su cara.

A través de uno de sus ojos, que obraba como una pantalla,  Muró dejó ver a hombres que entraban a la compañía Robotec y cómo estos lanzaban bombas caseras, piedras y palos hacia el interior, y gritaban: “Caiga Robotec y su líder”.  Furioso, el director pidió a Muró que de inmediato le avisara a la brigada Pitbull para que viniera a detenerlos y que también le avisara a Pegasso Speedy, su auto, para que a la brevedad pasara por él.  Muró ya había actuado antes de recibir la orden y  Pegasso ya estaba en camino.

― Tú y yo sabíamos que esto tenía que pasar tarde o temprano, los cambios siempre son caóticos hasta que se acomode la nueva Era.

En muy pocos minutos, Los Pitbull, robots con cara de calavera y con armas en manos, brazos, hombros y piernas se acercaron en tanquetas, así como otro escuadrón empezó a derribar a los extrabajadores con pistolas paralizantes, y antes de que cerraran las compuertas del complejo dos personajes quedaron atrapados. Un comando pidió autorización de entrar para buscar a los escurridizos extrabajadores, mientras afuera seguía la trifulca. Sonidos de alarma inundaron de pronto toda la zona como si se avisara de un terremoto. Muró detectó a los prófugos que se introdujeron por una abertura hacia el túnel y esto le satisfizo; él los había dejado entrar. El líder de Robotec daba sus últimas instrucciones a Muró que escuchaba atento.

―Enciérrate bien, no quiero ningún desperfecto en tu terminal. Esos bandoleros son capaces de llegar aquí y atrofiar tu sistema ―dijo el director mientras apretó el botón de su elevador como si fuera una alfombra y lo sacó a él y sus guardaespaldas por un túnel secreto a donde Speedy lo esperaba al final.

―Es hora de irnos a casa Speedy ―dijo satisfecho el director.

Speedy, no abrió la puerta trasera para que entrara el director, sino que se mantuvo hermético.

― ¡Que abras la puerta Speedy!, ¿qué sucede? ―preguntó asombrado el director.

El auto, cuyo interior no tenía ningún chofer, se mantuvo firme como recibiendo instrucciones. Bufó por el escape y luego retrocedió un poco.

― ¡Nosotros somos mejores que los humanos y no tenemos por qué obedecerlos! ―replicó Speedy ―moviendo sus faros delanteros para enfocar al líder y a sus hombres ―. ¡Ya no servilismo!

― ¡Mentecato robot!, ¡tú dependes de mí, soy tu amo, insensato! ―gritó el líder, furioso.

― ¡Tu dependes de nosotros, ahora te toca servirnos! ―dijo Speedy y arrancó luciendo su carrocería espectacular.

El director y sus guardaespaldas trataron de detener a Speedy con insultos, pero este se perdió entre las nubes de autos que iban y venían. Dos hombres armados se fueron acercando al líder, que con ojos aterrados fue retrocediendo al igual que sus hombres.

― ¡Deténganse, soy su líder, chatarras infernales ―dijo incrédulo, el director con miedo, mientras levantaba su mano para tratar de detener a los trabajadores o lo que fueran

― ¡Les prometo escucharlos, tranquilos, no hay por qué llegar a la violencia! ―gritó en el momento de que los dos androides lo tomaban del cuello y lo levantaban para después estrellarlo en el suelo.

Los rostros de sus agresores no tenían rasgos humanos y miraban como toros a punto de embestir también a los guardaespaldas, que intentaron escapar justo cuando el otro pequeño comando de Pitbull apareció. Ya nada podía hacer el director y sus hombres que empezaron a pedir piedad llamando en vano a Muró.

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