Hay libros que se leen dos veces: primero como
novelas y, años después, como objetos de conocimiento. Esa fue la sensación que
tuve cuando, en una sesión académica sobre la investigación Transdisciplinaria,
la docente mencionó El país de las
sombras largas, de Hans Ruesch, como un ejemplo etnográfico. La novela la
habíamos leído y comentado en nuestro Círculo
Literario, hace varios años y, ciertamente, se trataba de un texto
peculiar; pero en ese momento, nadie se aventuró a advertir la riqueza
etnográfica que encerraba, más allá de lo puramente narrativo. Se trata de una
novela de ficción realista que, a través de una narrativa de aventura y
supervivencia, explora la cosmovisión y las costumbres de un pueblo que habita
uno de los entornos más extremos del planeta.
Ambientada en el Ártico, en
las regiones centrales cerca del polo norte magnético, la novela se publicó
originalmente en inglés en 1950, bajo el título Top of the World, acorde al contexto geográfico en el que se
desarrolla la trama. Nacido en Italia (1913) y fallecido en Suiza (2007), podría
parecer fuera de lugar que Ruesch escribiera una novela centrada en las
costumbres y tradiciones del pueblo inuit. Lo anterior, resulta aún más
llamativo considerando que el autor fue piloto profesional de automovilismo en
Europa y Sudáfrica durante la década de 1930. El aparente misterio se desvanece
al repasar hechos biográficos del autor; como fueron sus expediciones a
Groenlandia entre 1947 y 1949, donde convivió con comunidades esquimales, con
el propósito de documentar sus prácticas de caza, sus creencias religiosas, sus
técnicas de supervivencia y su forma de vida.
La novela tuvo un rápido
éxito editorial a nivel internacional, publicándose en varios idiomas. Esta
circunstancia derivó en que se hiciera una adaptación cinematográfica, con el
nombre “Los dientes del diablo” — The
Savage Innocents. Su importancia radica en haber acercado al público
occidental a una cultura poco conocida y en contrastar dos paradigmas
culturales desde una mirada respetuosa, aunque crítica, frente al impacto del
colonialismo.
La trama gira en torno a
la figura de Ernenek, cazador inuit, su esposa Asiak y sus hijos Papik e Ivalú.
El contenido se divide en dos grandes ejes: la lucha diaria contra la
naturaleza inclemente para sobrevivir y el choque cultural inevitable y trágico
con el “hombre blanco”, cuyas leyes y religión resultan
incomprensibles y destructivas para el modo de vida esquimal. Cabe destacar la
figura de Asiak, pilar doméstico, experta en curtir pieles y dotada de una gran
resiliencia y sabiduría práctica. Papik hereda la fortaleza y las habilidades
de su padre, aunque deberá enfrentarse a la creciente y desafiante presencia de
los extranjeros, mientras que su hermana Ivalú protagoniza un conflicto
religioso y moral al final de la obra.
El “choque civilizatorio”
es sin duda uno de los temas principales. El autor retrata con detalle las
técnicas de caza, la vida dentro de los iglús y las prácticas sociales de los
esquimales del Ártico, con una aproximación antropológica, pero también retrata
con crudeza el profundo choque cultural provocado por la llegada del “hombre
blanco”. Efectivamente, la introducción de valores ajenos —como la propiedad,
la religión y un sistema jurídico distinto— desestructura paulatinamente a la
comunidad inuit; lo que contrasta con las prácticas de hospitalidad y honor de esta
comunidad, que enfrentan a su vez la incomprensión cultural, como es el caso
del azoro frente a la práctica de ofrecer la propia esposa a un visitante.
Un ejemplo emblemático de
estos contrastes se presenta en el capítulo “Magia Blanca”, el cual relata la
muerte de los ancianos Ululik y Pauti, quienes son abandonados en el hielo
cuando ya no pueden contribuir a la comunidad; una práctica vivida con
dignidad. La aceptación natural de la muerte es retratada por Ruesch con todo
su realismo y más que causar indignación, llama a la reflexión y contrasta con
la visión cristiana de salvación y pecado.
Al avanzar la trama,
aparecen varios personajes del mundo occidental: el comerciante, los exploradores,
los policías y los misioneros; los cuales introducen objetos, creencias y
normas ajenas que alteran el delicado equilibrio de la vida ártica. El fusil,
el alcohol y la religión cristiana funcionan como símbolos de una modernidad
que promete progreso, pero que termina erosionando los valores de una comunidad
cimentada en la autosuficiencia, la hospitalidad, el honor y el profundo
conocimiento del entorno. Ruesch muestra que muchos de los conflictos entre
ambas culturas nacen de la incapacidad recíproca para comprender los códigos
morales y sociales ajenos.
Al mismo tiempo, el
relato adquiere una dimensión profundamente simbólica al seguir el destino de
la familia de Ernenek. La muerte del protagonista principal frente a un oso
constituye la afirmación de una identidad construida sobre el valor y la
capacidad de proveer a los suyos, mientras que el sacrificio voluntario de
Asiak expresa la continuidad espiritual del vínculo conyugal conforme a las
antiguas tradiciones. El desenlace, con la huida de Papik hacia el extremo
norte y la esperanza de Ivalú depositada en su hijo mestizo, resume con gran
fuerza el sentido último de la novela: el ocaso de un pueblo cuya riqueza
cultural y espiritual termina sucumbiendo frente a la lenta, pero inexorable,
penetración de una civilización que transforma para siempre su manera de
entender la vida, la familia y lo sagrado.
La singular relación
entre el horizonte polar y la tenue luz del sol encuentra expresión en un país
de sombras largas; pero éstas también simbolizan la fortaleza y resiliencia de
las culturas que habitan ese territorio extremo. Más de siete décadas después
de su publicación, la novela conserva su capacidad para sorprender y hacer
reflexionar sobre los límites de nuestros propios valores y el costo humano que
puede tener el choque entre civilizaciones, incluso en el techo del mundo.
