Bioluminiscencia

En una playa de Vallarta, Juan Manuel conoce a Yeyi, una joven artista que habla con las manos, pinta con el cuerpo y parece entender el mar de una forma que él, biólogo marino, apenas comienza a descubrir. Entre ballenas, huracanes, dibujos, silencios y un mar bioluminiscente, este cuento narra el instante en que dos vidas se iluminan una sola vez, pero para siempre. El cuento trabaja una historia de amor atravesada por el lenguaje no verbal, el deseo de partir, la relación con el mar y la idea de que ciertos encuentros brillan como la bioluminiscencia: breves, intensos e irrepetibles

Corría sobre la arena que se hundía en mis tenis. Sobre la explanada de la playa de los
muertos de mi vieja Vallarta. Estabas ahí, sentada pintando tus figuras de yeso; con
dos dedos, tomabas el pincel y alzabas el meñique para tener equilibrio. Me mirabas
de lejos, pero bajabas la mirada; tu padre — días después me enteré que era él —
estaba regalando tus artesanías a unos gringos por unos dos dólares.

Las olas rompían sobre las enormes rocas que estaban en la arena y su espuma golpeaba mis pies y mientras unas gotas de agua salada caían sobre mi boca.
Me acerqué con cuidado y te pregunté: ¿Cuánto cuesta la figura del delfín?
Unos segundos me sostuviste la mirada, me bastó con ver tus ojos y tus rizos sobre tu cara para descubrir esas pequeñas manchas de pintura que salpicabas.

Señalaste un letrero con el número cien, saqué un billete de mi cartera y te lo extendí. Te pregunté tu nombre, pero tu padre me interrumpió con su cara tensa y sus canas
revoltosas gritó:

— Es muda.

Me molestó la manera en la que se dirigía hacía ti. Como diciendo: No pierdas tiempo. Pero tú mirada me decía todo. Algo que apenas comenzaba. Me tocaste la mano, te negabas a recibir el billete, y me dabas al delfín. Volteabas para que tu padre no se diera cuenta. 

— Ese delfín es anatómicamente incorrecto — te decía .

Días después cuando sin querer nos encontramos sobre la playa de los muertos. Estabas sentada comiendo unas brochetas de camarón. Me sonreíste y me hiciste señas, te dije que no entendía nada, te tocaste la frente riéndote. Tomaste una libreta yescribiste. “¿Qué haces aquí? ¿Trabajo o vacaciones?”

— Trabajo, soy biólogo marino. Estudio a las ballenas. 

”Con razón “ escribiste de nuevo. 

Dibujabas el atardecer, aun lado el mástil donde daban vueltas los voladores de Papantla. El sonido del tambor que tocaba el caporal. Sentí olas sobre los pies, la marea subía, pero la quietud de la playa me hacía sentir tenso, un viento creciente combinaba con el oleaje bravo del mar. 

Me senté a tu lado, la brisa del mar bailaba entre tus rizos. 

— Me llamo Juan Manuel. ¿Y tú? 

En la esquina de las hojas dónde dibujabas, aun lado del cielo anaranjado, escribiste
Estreché tu mano. 

“Yeyi “ 

Me tenía que ir. El trabajo me esperaba, me despedí de ti dándote un beso en la mejilla y me alejé. Sentada sobre la arena, seguiste dibujando.

Te seguí viendo días y meses después y cuando menos sentí, podía entender tus señas,
algunas todavía me costaban trabajo y las hacías tan rápido que era difícil seguirte. 

Esa tarde que el sol caía con esos colores anaranjados y rojos, que combinaban en tu
libreta , tallabas los gises sobre la hoja. Te platicaba sobre mi investigación, de cómo debía irme en un mes, cuando las ballenas se fueran a Baja California. 

Me preguntaste si podía quedarme en un solo lugar. 

— Me gusta viajar y seguir a la ballenas, el mar es mi vida. 

“Quisiera ver otro mar”. Escribías. 

Esa frase se me quedo en la mente. Entendí que querías moverte. Que no solo eras parte de Vallarta. Estabas convirtiendo en parte de mi. Te tome de la barbilla. En tus ojos entendí. Mirabas el mar, como yo antes de estudiarlo. De aprender: rutas, especies, reglas. En cambio. Cerrabas los ojos y escuchabas el oleaje, como si él te hablara. Yo lo entendía. Tú, lo sentías Yeyi. 

Acaricie un mechón de tu cabello los rayos del sol se reflejaban en tu piel. Me mirabas los labios, y te mordiste un poco el tuyo. Respirabas agitada con el oleaje del mar. Te
besé, no por deseo. Fue por ese silencio en donde cabía una forma de nombrar lo
que no podía decir. 

Acaricie lento tus labios sobre los míos. Me tomaste de los hombros y yo me aferré a tus
caderas. Te besé el resto de la tarde. Hasta que me ardieron los labios. Y el olor de tu
perfume se quedó impregnado en mi piel. Días después de ese beso. No podía dejar de ir a verte sobre el malecón. Me saludabas y en cuanto te vi, pude ver la pintura sobre tus manos, me marcabas las cinco de la tarde. Seguí corriendo sobre la arena mientras contaba con los dedos de la mano sobre el sol en el horizonte del mar, para que diera la hora para poder estar contigo. 

Veíamos a los viejos gringos jubilados pasearse y llenar de mierda las playas y cómo
miraban embobados a los voladores de Papantla.

La alerta del huracán sonaba por el malecón.

Con tus manos me decías que como eran mis últimos días en Vallarta me darías una sorpresa. Te paraste y corriste sobre la orilla. Te detuviste. Estabas con un lanchero, le dabas unos billetes. Me decías que me acercara, te di la mano y me subí contigo a esa lancha.

Te pregunté muchas veces:— ¿A dónde vamos?

No había respuesta de tu parte, solo tu sonrisa me hacía estar calmado. Pero el mar estaba más bravo, quise volver a la orilla pero no me dejaste. Señalabas una playa, alumbrada por una luz verde.

— Bahía Banderas — te dije y asentiste.

La arena era más suave, casi blanca, solo la luz verde alumbraba la oscuridad que empezaba a caer.

Comenzaste a dibujar, yo solo me quedé mirando la tranquilidad de la playa, recordé que ya era temporada de huracanes. No parecía y me quedé tranquilo.

—Las ballenas emiten ondas —dije—, los pulpos se comunican con colores… como tú.

Señalé tu dibujo; copiabas a la perfección la luz de la luna que se reflejaba en el agua. La precisión y el oleaje cobraban vida en el papel.

Una paleta de acuarelas de pintura neón estaba sobre tus manos; con un pincel dibujabas sobre tu cuerpo, los brazos. Marcaste unas flores y en las piernas unas líneas en forma de ondas. Me diste el pincel; solo te hice unos corazones todos chuecos. Te
pedí que me pintaras algo, que después me iría a tatuar: dibujaste un delfín sobre mi
antebrazo. La pintura estaba fría sobre mi piel y me estremecí al sentir los cabellos
del pincel. Acariciaste mi brazo para que no pudiera moverlo. 

Saqué el viejo iPod que tenía. Pulse una canción de reggae. Me invitaste a bailar, pero me negué, acostado sobre la arena. Comenzaste a mover las caderas, de un lado a otro. Te quitaste tu playera blanca de las ranas de Frogs que decían Puerto Vallarta, dejando a la vista un brassier tejido de color blanco con barbitas abajo. Se movían al ritmo de tus caderas. La aventaste sobre la arena; continuaron tus shorts, dejando un bikini que no sabía que te cargabas todo eso. Tus rizos rebotaban sobre tus hombros y me recordaban a las medusas; así, toda pintada, brillabas.

Al ritmo de Bob Marley dabas vueltas, seguías con tus caderas y bajabas lento sobre tus piernas. Te sentaste a mi lado. La música se escuchaba muy bajo. Estabas cansada, tal vez por el trabajo. Caíste rendida sobre mi hombro. Aun así… Seguiste dibujando y la manera en que difuminabas los colores, aquellos que cobraban vida en el papel.

No podía dejar de verte, pero me insististe en que mirara.

Volteé y no creí…el mar bioluminiscente.

Una bacteria llamada dinoflagelado se combinaba con las bacterias del agua y destilaba luz azul; esta no irradiaba calor, solo luz para protegerse. Quise decirte, pero parecía que no te importaba. Me sentí aliviado. Nos quedamos unos segundos mirando el mar, quería voltear a verte, pero tus manos me acariciaban la cara para que no
apartara la mirada del brillo de color verde. Tomaste la arena iluminada y la vi caer
lento sobre tus manos. 

Te acercaste a la orilla, con tus pies tocaste el agua, me pediste que me metiera contigo y fui detrás de ti. Nos salpicamos el agua, jugamos entre las olas; cuando llegaban a la
orilla, el mar las jalaba de nuevo, dejando rastros de luz en la arena. El mar, con
fuerza, nos empujaba. Te seguí besando, con ese sabor de agua salada. Nos
acariciamos los labios; el agua estaba tibia, pero la brisa estaba fría. La marea se retrasaba.

—¡Nos tenemos que ir Yeyi !— 

No me di cuenta cuando el mar dejo de brillar, en lo que recogíamos todo de la playa.
Comenzaba a llover y de un brinco subimos a la lancha. El mar estaba enojado, rompiendo las olas , haciendo sonar la espuma. Te dejabas guiar por las olas, a lo lejos se veía la playa de los muertos. Estaba ya vacía y con las sirenas sonando. Las palmeras se aferraban sobre la arena.

Buscaste mi mano y me sentí tranquilo. No tenía nada para quedarme en Vallarta. Pero
tener tus dedos entrelazados a los míos me hacía ver que no podíamos soltarnos.
El lanchero nos grita cosas desde la orilla. Se va corriendo como el viento recio que
comenzaba a azotar la costa. Sobre el malecón, nos quedamos de frente uno del otro, tus rizos revoloteaban en tu cara y tratabas de quitártelos.

— ¡Ven conmigo! — te supliqué.

No querías, me dijiste que tu padre estaría muy triste que extrañarías Vallarta . ¿Por qué
debo irme contigo? Remataste.

— Cuando veo a las ballenas en el mar…las veo tan inmensas Yeyi…

Me lamí los labios y tragué un poco de saliva, te tome de la mano. Volteabas a ver el
puesto donde tú y tu padre pasaban las tardes trabajando. 

— Pero…si comparas , la inmensidad del mar con ellas, son tan pequeñas. 

Me decías, que tu padre no sabía hacer nada solo. 

— No puede depender siempre de ti. 

¿Quién me va a entender allá? 

— Yo, te entiendo. 

Miraste por todos lados, solo el caos del viento que trataba de llevarse todo a su paso.
—y tú — te decía — ¿Qué quieres? 

Por un instante sentí que todo había acabado. Que darías la vuelta y te perderías
entre el viento. Tú decisión no solo era de amor . Tenías deseos, culpa. Pero también querías ver que vida te esperaba. En tus ojos vi algo extraordinario, no sé si era miedo. O decisión , diste un pequeño paso hacía mí. Te besé el cabello, te apreté fuerte hacía mi
pecho. No lo hacías por mí. Venías conmigo por ti. 

La tormenta soltó más el viento y parecía susurrar cosas. Los de la Marina ayudan a los
turistas que seguían en las calles, dicen que solo nos quedemos en casa, que el
huracán no viene tan fuerte. 

— Aquí vivo, por ahora. La renté durante estos meses… 

Tome la llave y te invité a pasar , te detienes sobre el marco de la puerta. Señalaste un
letrero que decía: “la casa del sol”. 

— No me había dado cuenta Yeyi que la casa tenía nombre. 

Que admito que me parecía anticuada y vieja, con esas máscaras tribales que miraban a dónde quiera que estuviera. Que estaba fría y sus sillones de cemento eran duros. Y
qué decir de la cama, que era enorme y con un ventanal , que sentía que me
miraban dormir. 

— Es horrible ¿Verdad? 

Negaste, observaste todo con entusiasmo, me decías que era linda. Encendí la radio, no había señal de televisión ni de celular, batallé un poco para encontrar la estación. Las ventanas retumbaron, el huracán estaba apunto de llegar a la costa. Sobre la mesa de centro, viste un portafolio de acuarelas, y unas libretas de dibujo. 

— Son para ti, las compré como regalo de despedida. 

Bajaste la mirada, lo siento Yeyi, no debí decir despedida. Pusiste el lápiz recargado sobre tu oreja. Tomaste otro y empezaste a dibujar, mirabas la ventana. Plasmabas el huracán. Solo contigo, podía ver la belleza de un huracán. La luz se fue, miramos por la ventana y el mar parecía infinito en oscuridad. Solo destellos de los rayos cayendo sobre la arena y el agua. Mirabas las gotas caer sobre el vidrio de la ventana.

Tomé tu mano, entrelacé mis dedos con los tuyos y te apreté fuerte. El sonido de los truenos me hacía de repente brincar. El estruendo seco de las palmeras cayendo.
A ti no parecía que te diera miedo. Solo reías al verme anticipar el sonido de los truenos. Tomaste mi mano. Me sentí tranquilo. La oscuridad no fue iluminada por la bioluminiscencia, solo tu cuerpo me llenaba las manos y tus besos me borraron el miedo.
*
Miras asombrada como las ballenas expulsan agua de su espiráculo. Te miro desde el agua. Sé que extrañas a tu padre así que pronto regresaremos a Vallarta a “ la casa del
sol”. Nado hacía ti dejando las ballenas atrás y me ayudas a subir. Las ballenas se alejan, me preguntas ¿A dónde van?

— Alaska, ¿Estás lista para un clima frío?

No hemos vuelto a ver un mar bioluminiscente. Pienso que no fue el agua, que fuiste tú. Que algunos momentos solo brillan una vez y se quedan para siempre.

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