Aún soy rebelde

Será imposible quitarme de la mente sus palabras. Las soltó como quien tira un pañuelo desechable en la calle: con reserva, pero con la certidumbre de la impunidad.

Será imposible quitarme de la mente sus palabras. Las soltó como quien tira un pañuelo desechable en la calle: con reserva, pero con la certidumbre de la impunidad. En diciembre pasado cumplimos cinco años juntos, revivimos la luna de miel en los Cabos. Pudimos viajar al extranjero, pero prefirió el romanticismo del recuerdo, pensé.

El fin de semana pasado hice un espacio en mi agenda y nos dimos una escapada a Vallarta: nada sensacional, pero el spa y las noches románticas en el hotel me relajaron.

No siempre soy detallista, pero mi regalo sorpresa me pareció sensacional. Hace dos años coloqué a su hermano y a un tío suyo en excelentes trabajos; a su madre la operaron en el mejor hospital de la ciudad. Le platiqué del nuevo contrato que logramos firmar y le confié que teníamos asegurada la vida, y hasta la de nuestros hijos, si los tuviéramos.

Tal vez piense demasiado en el trabajo, pero he sido consecuente con sus intereses: practicamos yoga y hasta hemos incursionado en cursos de tantrismo, chamanismo, astrología y lectura de piedras. Nada de eso me interesa, es cierto, pero siempre he creído que se deben tener actividades en común.

Sin embargo y a pesar de todo, y no, no quisiera decirlo, pero ¡todo le valió madres! Así, con esas palabras. No debería expresarme de este modo, pero no encuentro otro. No sé, me rompió el esquema.

Toda la vida me he sentido de avanzada, muy “in”, como se dice. Pero me reclamó lo contrario: “Tienes ideas antiguas, como tus papis”. No lo entiendo, de verdad me parece increíble: justo en la última cena me abofeteó con esas palabras y, cuando me sentía el hombre más humillado del planeta, me clavó su última daga al preguntarme con todo el descaro del mundo: ”¿qué pensarías si te dijera que quiero una relación abierta?

Creo que en mi reacción grité porque todo el restaurante volteó a la mesa. El idiota mesero que atendía al lado tiró su charola; otros se rieron a carcajadas, creyeron que había sido un chiste. Estuve a punto de hacer una de mis escenitas como dice Javier, pero me abstuve. O eso creí porque se levantó y se dirigió a la salida. Hubo murmullos y algo hice porque el lugar calló como cortado por una guillotina. Luego me dirigí a la salida y escuché a mis espaldas: “par de putos”.

No sé cuánto tiempo permanecí en la playa, cuando llegué a la habitación ya no estaba. A la mañana siguiente solicité el check out y regresé a la ciudad. Al llegar a casa entré en pánico. ¡No estaba! Sin embargo, sus maletas en el closet me tranquilizaron. Aunque no había urgentes me largué a la oficina. En la noche no apareció. Empecé a preocuparme; luego me llegó un mensaje: está bien, necesita tiempo. ¡Él necesita tiempo!, vaya, creí que era yo quien lo necesitaba. Quizá los dos, reflexioné más tarde.

Tenía que pensar qué quería yo. Lo nuestro no fue sencillo, conquistarlo no resultó nada fácil y ahora resulta que quiere no sé qué demonios. No me gustó la idea. No estoy dispuesto a compartirlo. Pero tampoco a perderlo.

Se apareció a la mañana siguiente. Evité cualquier pregunta. No quería saber dónde anduvo. En ese momento estaba por salir hacia la oficina, pero lo vi tan guapo, tan varonil, que no me importó: lo desnudé, él no opuso resistencia, como queriendo compensarme, supuse. Hicimos el amor: fue tierno y me dejó hacer todo. Es divino cuando se porta así, yo también fui amable. Tal vez estaba dispuesto a complacerme y me dejó llevar las cosas a mi modo. Al final yo también lo compensé y le permití algunas travesuras que sabía tenía ganas. Ah, fue delicioso: me hizo sufrir, quedé adolorido, pero fue delicioso.

Al terminar creí que había olvidado su loca idea: estaba radiante, yo feliz, ambos exhaustos. Cuando aún estaba jadeando, me susurró: “Debemos ser más cuidadosos con los condones y los exámenes”. Sabía lo que significaban aquellas palabras: seguía en las mismas. ¡Que me parta un rayo, chingada madre!, grité para mis adentros. No lo miré, la furia me arrancó de sus brazos. Pretexté una junta importante y me vestí deprisa.

El día en la oficina fue inquietante. Estuve molesto, no quise atender a nadie. En la tarde caminé por el parque y noté que en el fondo me sentía bien: satisfecho, con el cuerpo fresco, revitalizado, con energía; la mente despierta, como cuando lo conocí.

Hubo algo en aquel encuentro que me hizo reconsiderar mi molestia; no quería darme cuenta: él había cambiado, lo sentía, pero hoy fue la misma persona de la cual me enamoré. La misma persona. Yo necesito un hombre y él necesita demostrar que lo es. Es joven y rebelde. No quise saber dónde estuvo estas noches, lo puedo adivinar: los años no pasan sin dejar experiencia.

Me excitó el aroma que tenía impregnado, un tanto dulce para su gusto, ¡cabrón! Pero si ese hombre, si esa piel tersa y tirante quiere seguir con este hombre maduro, yo estoy dispuesto a todo, como el primer día: qué romántico suena. ¡Que siga la función, qué caray! Pero antes, quisiera estar seguro si es cierto que quiere estar conmigo. Hace mucho que no lo castigo. Le cancelaré sus tarjetas un par de semanas, solo para mantener el orden. Ya no soy joven, pero aún soy rebelde.

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