YA ESTAMOS AQUÍ

Las distopías dejaron de ser advertencias lejanas. De Toffler a Orwell, de Huxley a Asimov, la literatura y el pensamiento futurista imaginaron un mundo dominado por la tecnología, la vigilancia, la inteligencia artificial, la manipulación genética y la saturación informativa. Hoy, muchas de esas visiones ya no pertenecen a la ficción: forman parte de nuestra vida cotidiana. ¿En qué momento cruzamos la frontera entre imaginar el futuro y habitarlo?

Durante décadas, la ciencia ficción nos enseñó a temerle al futuro. Lo imaginó lleno de máquinas inteligentes, gobiernos vigilantes, cuerpos manipulados, sociedades anestesiadas y seres humanos cada vez más dependientes de la tecnología. Parecía exageración, advertencia, ficción. Sin embargo basta mirar alrededor para sospechar que ese futuro ya no está adelante: ya está aquí.

Uno de los pensadores que vio venir ese vértigo fue Alvin Toffler.

“La información fluye con tal rapidez en la sociedad, y los radicales cambios tecnológicos se producen tan súbitamente, que sólo unas nuevas formas de organización, de reacción aún más instantánea, tendrán que caracterizar al futuro”, anticipaba en 1970 el periodista y asesor de grandes empresas tecnológicas, Alvin Toffler en su best seller “El shook del futuro”.

Desde entonces han pasado 56 años y prácticamente en cada página encontramos premoniciones que llegan al punto de lo escalofriante por su precisión: desde el cómputo cuántico, la robótica sustituyendo a las personas en sus empleos, hasta el uso generalizado del internet y la prefiguración de las redes sociales a las cuales no nombra como tales, pero sí las describe con exactitud.

Habla incluso de la disminución en las capacidades cognitivas de las nuevas generaciones de un futuro que sitúa un poco más allá del año 2000, derivadas de contar con dispositivos que les allegan tanta información, que les hace innecesario el uso de la memoria o las capacidades intelectuales básicas que los seres humanos usamos en las numerosas generaciones previas a este momento.

Y como si fuera capaz de “ver” el año 2026, Toffler escribe:

“Cabe prever la formación de subcultos a base de juegos por computadoras…cultos de personas estrechamente organizadas que perturbarán la obra de la sociedad no para obtener ventajas materiales, sino por simple deseo de ‘atacar al sistema’. Estos grupos intentarán tal vez desorganizar los programas automatizados de los gobiernos y corporaciones, desviar el correo y alterar las emisiones de radio y televisión, jugar con la Bolsa, corromper los colegios electorales políticos o de otra base e incluso, cometer complicados robos y asesinatos”.

Algunos detalles fallan, pero en esencia ahí tenemos la descripción de la ciberdelincuencia organizada actual.

Y si bien este libro “es fruto de numerosos contactos de hombre a hombre, de mente a mente, con centenares de personas, pertenecientes a universidades, institutos y centros muy diversos”, y por lo tanto podríamos catalogarlo en la categoría de documento de investigación, más que de literatura, podemos ver en numerosos textos de ciencia ficción, que prácticamente “ya llegamos” al punto imaginado.

Empecemos por Julio Verne, con sus viajes a la luna que, por fin, ya se convirtieron en una realidad recientemente, si atendemos al escepticismo que muchos compartimos sobre el supuesto éxito de la misión estadounidense en 1969.

Pero también están los numerosos textos donde Isaac Asimov expone las leyes de la robótica, para un mundo donde los humanos serían asistidos por máquinas humanoides, las cuales ya existen, aunque, de acuerdo con un reciente estudio del Instituto Capgemini, aún no son viables comercialmente por su excesivo costo.  Pero de que existen, no hay duda.

De manera que ya llegamos a lo que imaginaba el sabio ruso y naturalizado estadounidense.

Hablemos ahora de “Un mundo feliz”, donde Aldous Huxley plantea un momento de la historia humana, donde es posible la generación “in vitro” de seres humanos, manipulados genéticamente para producir personas denominadas alfa, beta, gamma, delta, épsilon y así todo el alfabeto griego, hasta llegar a la omega, que tuvieran tareas específicas según la clase a la que pertenecieran y donde obviamente los primeros serían los que regirían el mundo y habría pocos de ellos, en una pirámide mucho más nutrida en los estratos más bajos, quienes encargarían de las tareas más desagradables como limpiar excusados y drenajes.

Cada “letra” estaría dotada de ciertas capacidades calculadas y sería impensable e innecesaria la capilaridad social, lo que generaría paz y “felicidad”, que sería acompañada con el “soma” una sustancia narcótica que daría una sensación de alegría y placer a las personas para evitar que pensaran en cosas insanas como “rebelarse” contra el estado de cosas.

Los reporteros tripularían helicópteros y grabarían en aparatos de alta fidelidad y transmitían su información en directo a través de la radio.

Veamos: “Un mundo feliz” salió a la luz el 4 de febrero de 1932 y entonces todo eso parecía ficticio. Pero ya la inseminación in vitro es una práctica común desde hace muchos años; la manipulación genética es científicamente posible, aunque por fortuna no está permitida y el “soma” existe en diversas formas: tanto en drogas legales e ilegales, como en formas más sofisticadas como las redes sociales y las mentiras que nos contamos en esos foros sobre nuestras supuestas vidas maravillosas.

Si bien los reporteros no tripulan helicópteros, muchos se auxilian de drones y todos pueden transmitir inmediatamente no sólo en la radio, sino en el internet en muchas modalidades.

En “1984” George Orwell anticipa un mundo con un gobierno totalitario que influye incluso en la conciencia de sus sometidos “ciudadanos”.

La vía es la tecnología, que permite al “gran hermano” (es decir, el líder indiscutible del planeta) “entrar” a la casa de cualquier persona a través de un televisor con cámara de ida y vuelta, monitorear las acciones e incluso los pensamientos de las personas e interactuar con ellas de manera directa.

La tecnología que en aquella época parecía imposible hoy es una realidad: Se trata de las videoconferencias que nos han esclavizado en cierta forma, aunque no a los niveles de autoritarismo planteados por el británico… ¿o sí?

Pero sí es un hecho que a través de la tecnología que todos tenemos hoy en nuestras manos, especialmente los celulares y las computadoras, el gobierno puede saber exactamente todo lo que hacemos, pensamos, a dónde vamos, que compramos y cómo nos conducimos.

Una vez más, las redes sociales son ideales para ello, pero también el Estado se da sus mañas.

En México una serie de cambios legales ocurridos a mediados de 2025 le dio al Estado la posibilidad de ver lo que hacemos en nuestra vida digital sin pedir permiso a nadie y obliga a las compañías telefónicas a levantar nuestros registros, aunque las autoridades dicen que no es para espiar ni nada por el estilo.

También en el futuro próximo se nos obligará a tener un documento de identidad (la CURP) con datos biométricos, que será indispensable literalmente para todo: desde comprar un chicle hasta invertir en bienes raíces, pasando por un infinito abanico de actividades, en donde el Estado sabrá, incluso, si alguien engaña a su esposa o si alguien vio en Netflix X o Y serie.

Todo a través de la tecnología que George Orwell prefiguró, y que hoy en día es totalmente real y acaso más potente.

Así pues, “ya llegamos” al punto que la literatura de ciencia ficción anticipó hace décadas.

Comparte:

COMUNIDAD

Tenemos charlas, dinámicas, lecturas, camaradería y mucho más. Todos relacionado al apasionante mundo de la letras