¿Cuándo nos hacemos adultos?

Ser adulto no empieza con una credencial, un trabajo o la posibilidad de pagar una cuenta. A veces comienza cuando aprendemos a pedir ayuda, a administrar el dinero, a cocinar para nosotros mismos, a enfrentar una pérdida laboral o a aceptar que nuestras decisiones tienen consecuencias. A partir de una conversación con Susana Caracheo, este artículo explora las habilidades emocionales, cotidianas y sociales que nos permiten atravesar ese salto —incierto, necesario y muchas veces silencioso— hacia la vida adulta.

Hay una pregunta que parece sencilla, pero no lo es: ¿cuándo nos hacemos adultos?

La respuesta más inmediata diría que a los 18 años, cuando aparece la mayoría de edad, la credencial de elector, la posibilidad de firmar documentos, entrar a ciertos lugares o tomar decisiones legales. Pero la vida adulta rara vez llega con tanta puntualidad. Más bien se va abriendo paso en pequeñas escenas: cuando uno tiene que resolver un trámite, pagar una deuda, cocinar para sí mismo, llegar a tiempo al trabajo, pedir ayuda o asumir las consecuencias de una decisión.

Susana Caracheo planteó justamente esa diferencia: ser adulto no significa solo tener una identificación oficial o poder entrar a un bar. Significa enfrentar la vida con mayor responsabilidad. Aahí empieza el verdadero tema: nadie nos enseña del todo a ser adultos. Vamos aprendiendo por ensayo, error, necesidad, vergüenza, miedo y, a veces, por puro instinto de supervivencia.

La psicología contemporánea ha nombrado este periodo como adultez emergente, una etapa que va aproximadamente del final de la adolescencia a los veintitantos años, marcada por exploraciones de identidad, inestabilidad y búsqueda de autonomía. Muchos jóvenes ya no son adolescentes, pero tampoco han asumido por completo las responsabilidades asociadas con la adultez tradicional. Viven en una especie de umbral: ya tienen que decidir, pero todavía están aprendiendo cómo hacerlo.

Pero la adultez no solo se juega en los grandes hitos —irse de casa, casarse, tener hijos, comprar una vivienda—. También se juega en lo mínimo. En saber qué hacer si uno se queda sin trabajo. En tener ahorros para sobrevivir un mes. En no quebrarse emocionalmente ante una frustración. En aprender a lavar la ropa, tender la cama, preparar comida, ordenar los gastos, pagar impuestos o enfrentar al SAT sin sentir que el mundo se termina.

La pregunta, entonces, cambia: no es ¿cuántos años tienes?, sino ¿qué sabes resolver?

Uno de los momentos más interesantes de la conversación aparece cuando se pregunta cuándo fue la primera vez que alguien se sintió adulto. Las respuestas no apuntan a una ceremonia ni a una fecha exacta, sino a una sensación: el instante en que una decisión empieza a pesar. Cuando ya no hay alguien que pueda responder por nosotros. Cuando la consecuencia cae directamente sobre nuestra vida. Ahí aparece ese “salto de fe”: lanzarse sin tener certeza completa, pero sabiendo que ya no se puede permanecer en el mismo lugar.

La adultez, vista así, no es una conquista elegante. Es una intemperie.

También es una educación emocional. En la conversación, Susana Caracheo recuerda una idea frecuente en el mundo laboral: muchas personas son contratadas por lo que saben hacer, pero terminan enfrentando dificultades por aquello que aún no han aprendido a gestionar emocionalmente. Tolerar la frustración, comunicarse, recibir retroalimentación, sostener compromisos, controlar impulsos y responder ante la presión también son habilidades de la vida adulta.

Esto importa porque la madurez no aparece mágicamente al cumplir la mayoría de edad. El cerebro sigue desarrollándose durante la juventud, y la corteza prefrontal —relacionada con la planeación, la toma de decisiones y el control de impulsos— es una de las últimas zonas en madurar. Esto no significa que los jóvenes sean incapaces de decidir, sino que la madurez se construye con experiencia, acompañamiento y práctica. Una cosa es saber que algo tiene consecuencias; otra, haberlas vivido.

Por eso las caídas enseñan. Una tarjeta de crédito usada sin conciencia puede convertirse en una bola de nieve. Pagar solo el mínimo parece una salida, hasta que los intereses muestran la dimensión real del problema. En ese golpe con la realidad también hay aprendizaje: entender que la libertad sin responsabilidad puede convertirse en deuda, angustia o dependencia.

Sin embargo, no todos llegan a la adultez por el mismo camino. Algunas personas son empujadas demasiado pronto. En la conversación se menciona el caso de niños que, por dinámicas familiares complejas, deben cuidar a hermanos menores o asumir tareas que no les corresponden. Ahí hay que hacer una distinción importante: una cosa es enseñar responsabilidades progresivas —ordenar el cuarto, lavar ropa, ayudar en casa— y otra muy distinta es cargar a un niño con obligaciones de adulto. No todo lo que parece madurez lo es. A veces es sobrevivencia.

También han cambiado los símbolos de la adultez. Durante mucho tiempo, crecer significaba casarse, comprar casa, tener hijos, adquirir un coche y formar una familia bajo ciertos moldes. Hoy muchos jóvenes postergan o rechazan esas rutas. Algunos prefieren rentar antes que comprar, viajar antes que adquirir bienes, tener mascotas antes que hijos, vivir en pareja sin casarse o no vivir en pareja en absoluto.

Esto puede leerse como miedo, pero también como respuesta a un mundo más caro, inestable y exigente. En varios países ha aumentado la proporción de jóvenes de 20 a 29 años que viven con sus padres, lo que muestra que la independencia económica se ha vuelto más difícil para nuevas generaciones. La adultez contemporánea no puede entenderse sin mirar el costo de la vivienda, la precariedad laboral, la incertidumbre económica y las transformaciones en los vínculos afectivos.

México, además, atraviesa una transición demográfica importante. La disminución de la fecundidad y el envejecimiento de la población abren una pregunta social de fondo: ¿cómo estamos preparando a las nuevas generaciones para sostener su propia vida y, al mismo tiempo, participar en comunidades cada vez más envejecidas?

La tecnología también atraviesa esta conversación. Las redes sociales han creado nuevas formas de comparación, ansiedad y aislamiento. Hoy se puede tener una comunidad digital y, al mismo tiempo, una vida presencial empobrecida. La pantalla puede acompañar, entretener e informar, pero también puede reemplazar vínculos, aplazar conversaciones difíciles y crear la ilusión de que todos los demás ya tienen una vida resuelta.

Quizá por eso la pregunta sobre la adultez no debería formularse como una meta individualista. No se trata solo de “ser funcional” para producir, pagar y resistir. También se trata de aprender a vincularnos, a sostener responsabilidades sin perder ternura, a reconocer límites, a construir redes y a aceptar que pedir ayuda no nos hace menos adultos. Al contrario: tal vez una de las primeras señales de madurez sea saber decir “no puedo solo”.

Hacerse adulto es aprender a habitar la incertidumbre. Es entender que la vida no siempre trae instrucciones, pero sí consecuencias. Es descubrir que nadie resuelve por completo su existencia, pero que todos podemos adquirir herramientas: emocionales, económicas, domésticas, laborales y afectivas.

Quizá el momento en que nos hacemos adultos llega cuando, aun con miedo, damos el siguiente paso.

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