Emocionado se prepara, anuda el moño del cuello mientras silba. El recuerdo de los tamales de frijoles, el atole y el pan le hace agua la boca.
De repente lo invade el temor: Así, raquítico, ¿me van a reconocer? He cambiado muchísimo desde la última vez. ¡Tanto anticipar este día! No es justo aparecer de esta forma.
Carcomido por los nervios y descorazonado, desiste. La alegre cancioncilla que silbaba se termina. Justo cuando se ahoga en su tristeza, llega para salvarlo el recuerdo de su madre y la reminiscencia de aquel día: jugando con su resortera rompió la vajilla de la abuela. Solo bastó un golpecito a la puerta de vidrio del mueble para que todos los platos se hicieran añicos. No se salvó ni uno.
En su vida nunca había corrido tanto.
Se escondió en el establo; lo buscaron día y noche. Abandonó el escondite al no soportar más el hambre y el cansancio. Cuando llegó a casa, su mamá no lo regañó; al contrario: lo besó y abrazó como si no apestara a caballos, vacas y asnos.
Mientras sus hermanos se apretaban la nariz y abanicaban el aire para espantar el mal olor que de él emanaba, su madre le dijo:
—Pase lo que pase, ¡no vuelvas a esconderte de esa forma, mijo! Esta es tu casa. Hagas lo que hagas, yo te querré siempre.
¡Los extraño muchísimo!
Hoy se siente como ese mismo niño: asustado, hambriento y cansado. Le regresa el valor tras evocar las palabras de su madre.
Se engalana con su mejor ropa y sale disparado. No hay tiempo que perder; se marchará antes de que amanezca.
Bajo el papel picado de colores, entre las ollas que contienen sus manjares anhelados y en el centro de la ofrenda, José ve su retrato.
Sabe que es más que bien recibido: es el invitado de honor.
Ríe con la boca llena de pan de muerto y el corazón repleto del amor de su familia.
