Llegaron
con polvo y brillo. Hernán Cortés, hombre de capa y acero, entró en la gran
ciudad sobre la que habían dicho maravillas; Moctezuma II, vestido de plumas y
oro, salió a recibirlo con la gravedad y la pompa del tlatoani. Aquella primera
jornada fue fiesta y examen: gaitas de guerra y cantos, ofrendas desplegadas,
mensajeros que traían tributos. Los españoles se quedaron mudos ante los
palacios y los canales; los mexicas, atónitos, contemplaron por primera vez
caballos que olían a fuego y hombres que escupían trueno desde arcabuces.
Intercambiaron presentes —mantas, vasijas, espadas, plumas— y palabras medidas.
En la plaza parecía nacer, por un rato, una cortesía entre dos mundos.
Durante
semanas hubo paseos oficiales: Cortés recorrió templos y mercados, recibió
explicaciones sobre el orden de la ciudad y vio pasar el tributo de tantos
pueblos. Moctezuma mostró su riqueza y su aparato de poder; Cortés fingió
respeto y tomó notas, tanteando. Las audiencias se multiplicaban: el español
celebraba consejos y, cuando convenía, presentaba a su cautivo como autoridad
legítima para apaciguar al pueblo. En los patios y salones hubo tertulias
tímidas, comidas compartidas, demostraciones de armas y explicaciones sobre los
caballos. La Malinche y Aguilar tejían las palabras entre lenguas, permitiendo
confidencias que pocos oyeron.
Esa
cercanía nunca fue plena amistad: bajo la cortesía latía la sospecha. Cortés
mantuvo vigilancia sobre el tlatoani y la nobleza; Moctezuma, aunque
hospitalario, vivía entre prudentes muestras de sumisión y gestos de mediador.
A veces el español hablaba con deferencia; otras, ordenaba y requisaba. Se vio
a Moctezuma salir a las azoteas para pedir calma a su pueblo, a sabiendas de que
su palabra servía ahora también a las órdenes ajenas. El trato público, las
ceremonias y las entrevistas privadas alternaban con registros de joyas y
exacciones que poco a poco tensaron la convivencia.
En
abril de 1520 Cortés dejó la ciudad por motivos de guerra y delegó en sus
capitanes. La ausencia fue fatídica: en mayo, Pedro de Alvarado ordenó una
matanza durante una ceremonia en el Templo Mayor; el ultraje encendió la cólera
general. Cortés volvió apresurado, trató de apaciguar, y Moctezuma volvió a
interceder desde su reclusión. El ambiente se envenenó. A finales de junio, la
tensión estalló: el 29–30 de junio de 1520 Moctezuma murió en circunstancias
discutidas; su figura, hasta entonces puente incómodo entre dos fuerzas, dejó
de existir. Aquella noche, entre llanto y gritos, los españoles intentaron huir
cargados de botines. La ciudad les cobró su ofensa: en la Noche Triste —del 30
de junio al 1 de julio— las aguas y los puentes se tiñeron de sangre, y muchos
cayeron al lago.
Lo
que hubo entre Cortés y Moctezuma no alcanzó a ser amistad: hubo ceremonial,
episodios de trato personal y momentos de confianza forzada, pero sobre todo
una relación asimétrica, utilitaria y vigilada. Donde hubo cortesía hubo
también jaula; donde hubo palabras hubo también cadenas. Al final, la ciudad y
sus gentes pusieron en claro que las apariencias de aliado no bastaban para
salvar una soberanía herida.
Fuentes
recomendadas:
- Bernal Díaz del Castillo, Historia
verdadera de la conquista de la Nueva España.
- Hernán Cortés, Cartas de relación.
- Bernardino de Sahagún, Historia
general de las cosas de Nueva España (Códice Florentino).
- Matthew Restall, Seven Myths of the
Spanish Conquest.
- Hugh Thomas, Conquest: The Spanish
Conquest of Mexico.
