Soliloquio por una bata

Quizá es el peligro a lo prohibido o será lo que vemos de manera reiterativa donde se concentran nuestros deseos más intensos.

Mientras arreglo mi habitación recuerdo que, dentro de la otomana, está la bata que usaba en el taller de la secu. Tiene casi un año deseando la baje al estudio para trabajar con la pintura, otra vez.
    Una cosa lleva a la otra: los acrílicos que me llegaron con el par de lienzos y pinceles nuevos, aún esperan me decida a usarlos. Los botes de pintura muy acomodados en su caja, los lienzos en blanco bien puestos en sus caballetes… todos en el librero me miran, sin yo devolverles el vistazo más allá de un reojo culpable.
     ‘Nada más bajo la bata, comienzo.’ Me digo consecuente, como quien quiere calmar la ansiedad infantil de comerse un dulce antes de la cena. ‘Si salpico la ropa que traigo, se va a arruinar’.
     Y pues la bata ya llegó al estudio, pero mi versión de la secu tenía menos kilos además de años. Aunque de largo y ancho me queda perfecta, en aquellos tiempos mis brazos cargaban con poco. La fortaleza de hoy necesita más tela en la sisa para cubrirla, sin impedir el movimiento libre. Eso es vital para crear. Saber que te puedes mover sin limitaciones o juicios.
     Bueno, los juicios me los pongo yo solita. Y las limitaciones también, posponiendo el momento de ‘jugar’ con los colores porque no es útil, porque no te mantiene, porque es imposible vivir de él.
     El ‘estira y afloja’ entre mi yo creador y mi yo práctico, me ha traído hasta aquí. Con los mismos dilemas e inseguridades a pesar del cambio de contexto. Hoy puedo darme permiso, pero me da miedo. No me quiero ‘ensuciar’ pero amo embarrarme las manos y pintar con los dedos. Quiero usar los materiales, pero me asusta echar a perder las cosas…
     ¡Ahí está! ¡Acaba de aparecer el villano principal en escena! Señoras y señores, con ustedes: El pensamiento de Escasez.
     ‘¿Y si se me acaba el material y ya no tengo para comprar más?’
     “Cuidar lo que tienes” se convirtió en mandato de supervivencia.
     “No desperdicies”.
     “Todo cuesta”.
     Así, colecciono y reciclo cuadernos, lápices, colores, plumas, pinceles. Los conservo ‘para cuando pueda usarlos’ y ahora que puedo, me aterra. No sé qué hacer con ellos, además de ordenarlos, clasificarlos, acomodarlos por tamaño, categoría…
     Esa bata del demonio ha destapado una cloaca emocional. Dejará de ser bata para convertirse en… ¿qué? Odio la costura y sus remiendos. Eso sí que va mucho más lejos en el tema de conservar.
     Mi Abue decía: “Remienda tu sayo y te durará otro año. Remiéndalo otra vez y te durará otro mes.”
     En algún momento de mi vida tuve la paciencia para remendar calcetines y relaciones, pero ya no. Tela que se rompe no sirve más para esa pieza. Necesita transformarse o dejarla ir.
     Pues entonces dejaré ir a la bata, para que cubra otros cuerpos, superficies y…
    ¡No! ¡Mi bata!
    Creo que empieza ya a gestarse el proceso de su transformación. He decidido convertirla en material creativo. Dejará de ser testigo de proyectos, para protagonizarlos.
    ¿Cuántos? No sé. Una serie que narre, un pedacito cada vez, la ‘Anatomía de una pintora’.

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