Hasta hace muy poco tiempo, algunas actividades como redactar un contrato legal, revisar ese mismo tipo de documentos para confirmar que las leyes invocadas y su articulado fueran precisos o traducir un texto, eran encomendadas a profesionales o sus pasantes.
Los abogados redactaban los contratos y sus pasantes los revisaban para evitar errores y de paso aprendían; los traductores se encargaban de que un texto pasara de un idioma a otro con precisión o de que un jefe de Estado se entendiera con un homólogo que no compartiera su misma lengua.
Los estenógrafos recogían con mucha precisión lo que pasaba en asambleas tan relevantes como la Organización de las Naciones Unidas y se les exigía tal nivel de atención y precisión, que trabajaban en turnos de solamente 20 minutos por dos horas de descanso, hasta acumular 8 horas al día, justo para garantizar que el trabajo tuviera un nivel de pulcritud intachable.
Esos son algunos de los muchos trabajos de alta especialidad o bien de formación profesional (en el caso de los pasantes), que le permitían a las personas obtener ingresos y que hoy prácticamente tienden a desaparecer, debido a que las herramientas de Inteligencia Artificial hacen exactamente “lo mismo pero más barato”.
Los entusiastas de esta tecnología revolucionaria, señalan que lejos de desplazar a los trabajadores, la IA ayudará a que la gente enfoque sus esfuerzos en cuestiones más sustantivas y creativas, en lugar de “perder el tiempo en tareas repetitivas o manuales”.
Por supuesto –reconocen—algunos sí definitivamente perderán el empleo, pero serán las personas con menor escolaridad y que hacen trabajos manuales de poca creatividad, aunque la “buena noticia” es que se abrirán millones de nuevos empleos, precisamente impulsados por la propia IA.
Las cifras de los estudios del Futuro del Empleo, realizados anualmente por el Foro Económico Mundial, hablan de hasta 70 millones de nuevos empleos a nivel mundial para el futuro próximo (aproximadamente un lustro), impulsados por el avance de la tecnología y en particular por la vertiginosa carrera de IA.
Se requerirán científicos de datos; expertos en ciberseguridad; “arquitectos” de soluciones digitales o, para decirlo más claramente, personas que determinen cómo organizar los distintos sistemas digitales; expertos en desarrollo de modelos de IA; personas capaces de crear “algoritmos”, o sea, las instrucciones que deben seguir los modelos de Inteligencia Artificial y un largo etcétera, que promete llegar a un mundo feliz, donde todos tengan acomodo e ingreso.
Lo más bonito que destacan estos entusiastas, es que esas nuevas profesiones serán de las mejor pagadas en el mundo, con porcentajes entre 80 y 140 por ciento superiores a los trabajos actuales.
Pero la pregunta es obvia: ¿cómo una persona que no tiene escolaridad y hace un trabajo manual (por ejemplo, el cajero del supermercado), va a hacer para convertirse en “científico de datos”?
Peor aún, la OCDE calcula que la mitad de los empleos que tendrán los niños que hoy estudian primaria, aún no se crean y por lo tanto, las escuelas deben cambiar su modelo urgentemente para subirse al barco.
Y mientras eso pasa, la realidad abruma.
Veamos: un abogado hoy puede cobrar 10 mil pesos por redactar un contrato de arrendamiento. La IA lo hace en un segundo por una cuota mensual de 15 dólares, junto con sin fin de otras actividades por ese mismo precio.
Un pasante de abogado hoy puede revisar documentos y cuidar que estén bien redactados y debidamente citados los artículos necesarios, y si bien su ingreso puede ser minúsculo, él en lo personal está recibiendo capacitación invaluable para su futuro profesional. Hoy la IA lo hace casi gratis.
Un traductor que ha pasado su vida estudiando un idioma extranjero para garantizar plena comprensión de lo que se dice en una lengua al pasarla a otra, puede también cobrar cierta suma por traducir un documento o realizar el trabajo con alguien que no hable la lengua. Hoy la IA lo hace a cambio de una membresía de unos cuantos pesos.
Igual pasa con enfermeras, profesores de todos los niveles, diseñadores, contadores, secretarias y sin fin de actividades.
Y mientras los entusiastas de la IA reiteran que ésta no va a desplazar a nadie, salvo a aquellos que no quieran actualizarse (por cierto, olvidan que no todo es cuestión de voluntad), la IA sí está desplazando personas.
Esta es la fórmula: hoy la tecnología ya avanzó tanto, que los llamados “agentes” de IA, pueden sustituir a cualquier persona en un empleo: ventas, compras, mercadotecnia, diseño gráfico, presupuestos, finanzas, etc.
Las grandes empresas crean estos empleados virtuales (a los que les asigna número de empleado, funciones específicas, identidad propia, nombre y asignaturas concretas) a cambio de cero inversión o con una inversión ínfima en comparación con lo que deberían pagarle a un empleado de carne y hueso, con independencia de su experiencia, factor que hoy ya es totalmente intrascendente.
De hecho, los grandes corporativos tienen hasta 80 agentes de IA, por cada ser humano contratado, cifras que hablan por sí solas.
En el terreno de las becarías, pasantes o como se les quiera nombrar, el escenario futuro no es alentador: las empresas utilizarán la IA para hacer las labores que normalmente se le asignaban a los pasantes y éstos no tendrán oportunidad de acumular experiencia para su vida laboral futura. Es decir, el profesionista de los próximos años será tan inexperto tanto en el trabajo como en la vida misma, como cuando salió de la universidad.
