Aún recuerdo ese penoso
episodio. Al principio me resistí a creer que Gaby le pagaba con esa moneda a Max,
mi amigo. Él era una persona amable, brillante, con una familia de envidia.
Estudiamos juntos la prepa, pero luego se mudó a Chihuahua. Venía a la ciudad
con frecuencia a ver a su princesa. Parecía que la relación iba en serio.
Gaby,
es justo decirlo, poseía la gracia de una princesa. ─Alta, delgada, blanca, encantadora─.
Me
enteré que cada fin de semana se iba de fiesta. Pobre de mi amigo. “Puras
envidias”, protesté con rabia. Aunque no concedí ningún crédito, me comuniqué con
ella. “Para platicar”, le dije. Pensé que lo necesitaba. La charla fue tan
amena que ni recordé el motivo de la reunión. En la siguiente oportunidad
estaba decidido a cuestionarla, pero comprendí que ella no podía estar
involucrada en algo tan impropio… Es que es tan linda…
Quiero
imaginar que las noticias de las fiestas llegaron a oídos de Max. Pobre.
“Terminamos”, me informó ella, mientras sonreía con sus hermosos ojos y yo, complacido,
la admiraba como se admira a una princesa.
