1. Espiral sensorial
¿De qué color es Claro de luna de Debussy? La respuesta podría ser tan diversa como fascinante. Lo único seguro es que difícilmente tendría el mismo color que la célebre Toccata y fuga en re menor de Bach.
Todo eso pertenece, para la mayoría de nosotros, al terreno de la metáfora y la imaginación. Asociar colores con sonidos suele ser un recurso poético profundamente subjetivo.
Para algunas personas, esa experiencia no es una invención poética ni un ejercicio de imaginación. Quien vive la sinestesia la percibe como algo completamente real, tan cotidiano como sentir el calor del sol o reconocer el aroma del café.
Se llama sinestesia y ocurre cuando los sentidos se mezclan de forma natural, como si el oído y la vista compartieran el mismo idioma.
La palabra proviene del griego syn (“unión”) y aisthesis (“sensación”). Es, literalmente, una sensación compartida. En el cerebro de una persona sinestésica, dos o más sentidos se activan al mismo tiempo y de manera involuntaria: los sonidos tienen color, las palabras tienen sabor, los números poseen textura o incluso personalidad.

2. El oído también puede observar
Entre las muchas variantes de la sinestesia, una de las más fascinantes es la cromestesia, en la que los sonidos despiertan colores. Cada nota, cada instrumento o cada acorde puede llenar el espacio de azules, amarillos, púrpuras o verdes. Para una persona con cromestesia, escuchar una sinfonía es, a la vez, contemplar una explosión de color.
La neurociencia ha descubierto que estos cerebros presentan una mayor conectividad entre las regiones encargadas de procesar el sonido y las que interpretan el color.
La explicación más aceptada es la llamada hipótesis del exceso de conexiones. Durante el desarrollo del cerebro, todos pasamos por un proceso conocido como poda sináptica, en el que desaparecen conexiones que ya no son necesarias. En las personas con sinestesia, parte de esas conexiones persisten, permitiendo que un estímulo auditivo active también las áreas visuales.
Quienes viven con sinestesia suelen explicar que no “imaginan” los colores: simplemente aparecen. No pueden decidir que una nota sea roja o verde, del mismo modo que nadie elige ver el cielo azul. Las asociaciones permanecen estables durante años e incluso toda la vida.

3. La paleta sonora
Se calcula que entre el 2 y el 4 % de la población presenta alguna forma de sinestesia. Muchos pasan años sin saberlo porque creen que todos perciben el mundo de la misma manera.
A lo largo de la historia, numerosos artistas han descrito esta experiencia como una fuente inagotable de inspiración.
Se cuenta que Franz Liszt llegó a pedirle a su orquesta que tocara “más azul” o “menos marrón”. Olivier Messiaen veía sus acordes como enormes vitrales iluminados y afirmaba que cada modo musical tenía un paisaje de colores distinto. Duke Ellington asociaba el sonido de la trompeta con el amarillo, mientras que Pharrell Williams describe el do mayor como una luz dorada.
También el escritor Vladimir Nabokov veía colores en las letras del alfabeto. Para él, la “M” era color frambuesa, la “A” blanca y la “R” tenía un tono sepia. En su mente, el lenguaje también era una experiencia visual.
“Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos paladar abajo hasta apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo. Li. Ta”.
En su literatura, aquella forma de percibir el mundo terminó impregnando el lenguaje de una intensa sensualidad, como puede apreciarse desde las primeras líneas de Lolita.

4. Acuarela en Do mayor
La artista estadounidense Melissa McCracken transforma en imágenes lo que escucha. Cuando suena una canción, su mente se llena de colores, formas y movimientos que después lleva al lienzo antes de que la imagen se desvanezca.
Ha pintado obras inspiradas en Radiohead, Prince, David Bowie o Beethoven, creando verdaderas traducciones visuales de la música.
“Para mí, la música siempre ha sido algo que se ve tanto como se escucha”, explica. “Pintar es intentar atrapar ese instante antes de que se esfume.”
Sus trabajos, publicados por medios como VICE, The Guardian y NPR, ofrecen una de las representaciones más cercanas de cómo podría sentirse el mundo para una persona sinestésica.

5. Coda iridiscente
La sinestesia no convierte automáticamente a alguien en un gran artista, pero sí ofrece una forma distinta de organizar la experiencia. Muchos músicos utilizan esas asociaciones de color para recordar obras, identificar tonalidades o elegir determinados timbres.
En realidad, quizá la diferencia entre un cerebro sinestésico y el nuestro no sea tan grande como parece.
Después de todo, todos establecemos asociaciones entre los sentidos. Hablamos de voces cálidas, colores estridentes, sonidos brillantes o sabores intensos. Tal vez la sinestesia sea simplemente una versión mucho más intensa y constante de esa capacidad que todos compartimos.
La sinestesia nos recuerda que percibir también es una forma de crear.
Mientras la ciencia intenta comprender cómo funciona este fenómeno, el arte lleva siglos celebrándolo. Quizá nunca veamos una nota azul ni un acorde dorado, pero todos sabemos que cierta música puede iluminar una habitación, transformar un instante o hacer que el mundo parezca, por un instante, un poco menos gris.

Interludio visual
Si todavía dudas de que la música puede despertar sentidos más allá del oído, dedica unos minutos a esta joya recuperada de Fantasía. Se trata de una escena eliminada, inspirada en el Clair de Lune de Debussy, orquestado por Leopold Stokowski. Aquí la música no acompaña a la imagen: la imagen parece brotar de ella. Los sonidos se vuelven luna, agua, reflejos y memoria. Durante unos instantes, los ojos parecen escuchar y los oídos, contemplar.
