Sirât

Existe un puente llamado Sirât que une infierno y paraíso. Se advierte al que lo cruza que su paso es más estrecho que una hebra de cabello. Más afilado que una espada.

Hay películas que se aprecian y otras que nos atraviesan. A esta categoría pertenece Sirât de Óliver Laxe

La película, de 2025, está más cercana al rito que al relato cinematográfico tradicional y ese rito iniciático está conformado por motores rugiendo como animales ancestrales, bajos electrónicos haciendo vibrar pecho y alma, una procesión de cuerpos cubiertos de polvo avanzando hacia ninguna parte, movidos únicamente por ese éxtasis electrónico bajo un horizonte devorador.

La premisa parece sencilla. Un padre, Luis, y su hijo Esteban buscan a Mar, hija y hermana desaparecida, en medio de una comunidad rave que atraviesa el desierto marroquí.

Pero pronto comprendemos que esa búsqueda es también una puerta.

Nadie querría atravesarla.

Ese es precisamente el drama.

Padre e hijo lo hacen al no tener otra opción ─según dicen─. Y en esa búsqueda se construye una pequeña tribu con algunos habitantes de la procesión de arena: Jade, Tonin, Stef, Josh y Bigui

Sirât no es una película sobre el camino.
Es una película sobre la absorción.
Sobre cómo el desierto termina incorporando a quien se atreve a cruzarlo.

El puente

En la tradición islámica, el Sirât es el puente que separa la salvación de la condena: un paso peligroso, delgado, suspendido sobre el abismo. No todos consiguen cruzarlo.

El largometraje transforma esa abstracción espiritual en una experiencia corporal. para los personajes y para los espectadores. 

Hay además en los personajes ─uno mutilado de una mano y otro de una pierna─ una resonancia con lo sacrificial. En distintas tradiciones religiosas y míticas, la pérdida de una extremidad simboliza haber atravesado el límite entre el mundo ordinario y otra condición del ser. El desierto suele ser precisamente el lugar de esa transformación para los iniciados.

Cada kilómetro recorrido por los personajes parece arrancarles algo: comodidad, certeza, lenguaje, pasado.

El desierto no funciona aquí como escenario turístico ni como un símbolo exótico. Se convierte en una prueba espiritual: un purgatorio contemporáneo de arena, gasolina y cuerpos danzando al ritmo de bajos electrónicos.

El techno como rito

La gran fiebre de Sirât comienza con el sonido.

No utiliza la música electrónica de David Letellier como simple ambientación ni como un adorno contemporáneo.

El techno aquí funciona como una fuerza ceremonial que induce al trance. Los beats repetitivos funcionan como antiguos tambores rituales: desorientan, hipnotizan, suspenden el tiempo.

Las primeras imágenes del filme laten dentro de colosales bocinas que parecen irreales en medio del paisaje desértico.

Y entonces ocurre algo fascinante:
el sonido abre la puerta a los demás sentidos.

Sentimos el cansancio, el sudor, la arena pegándose a la piel, los ojos vacíos tras noches enteras sin dormir, todo convierte la fiesta en una experiencia limítrofe.

La rave deja de ser celebración y se vuelve rito.

En ese sentido, Sirât habla del presente. De una generación nómada que busca experiencias extremas no necesariamente para divertirse, sino para sentir algo real aunque aunque solo duren unas horas.

Por momentos, incluso pareciera que el estruendo buscara llenar un vacío espiritual imposible de nombrar.

El desierto escucha

Hay películas donde el paisaje acompaña. Aquí se siente que el desierto observa. Unos ojos arenosos siguen ─y a veces persiguen─ a los personajes y también a nosotros.

El desierto en Sirât parece tener voluntad propia. Gracias a la impresionante fotografía de Mauro Herce, los personajes dejan de sentirse individuos y se convierten en sombras minúsculas atravesando el espacio infinito.

La fotografía insiste constantemente en esa desproporción: máquinas enormes que parecen insignificantes avanzando lentamente entre montañas inmóviles; luces artificiales intentando brindar un poco de luz en una oscuridad interminable; seres humanos reducidos a puntos perdidos entre polvo y estrellas.

Por momentos, Sirât parece preguntarse cosas terribles:

¿qué queda de nosotros cuando el ruido termina? ¿qué queda de nosotros después de sobrevivir a esa tormenta llamada Sirât?

La caravana

La estructura de la cinta española recuerda a las antiguas peregrinaciones.

No hay héroes claros. Hay arquetipos maravillosos que se transforman durante esa iniciación. El padre Luis, que al principio surge como una figura curiosa, casi bufonesca para los viajeros, parece poseer una sabiduría distinta. Recordemos la escena en la que atraviesa el desierto: solo él puede hacerlo sostenido por una fe desconocida e inimitable para quienes carecen de ella.

Pensemos también en Jade y en esa escena inolvidable, cubierta con una gasa negra como una oscura mártir techno.

No hay grandes discursos. Todo ocurre a través de acciones que parecen constituir impresionantes actos de fe.

Porque aquí no existe la redención fácil.

La caravana de Sirât tiene algo fantasmal.

Quizá todos sus integrantes comenzaron a morir antes de entrar al desierto.

Porque en Sirât nada es lo que parece.

El ruido de la noche

Lo más conmovedor de la película quizá sea el contraste constante entre dos dimensiones:

lo brutalmente físico y lo profundamente espiritual.

Mientras los subwoofers hacen temblar la tierra, el cielo permanece inmóvil y silencioso sobre los personajes.

La noche aparece una y otra vez como recordatorio de algo inmenso y callado que existe más allá de lo humano.

Entonces la película adquiere una belleza extraña:
una belleza peligrosa que nunca duerme,
el agotamiento de los mártires,
una belleza casi apocalíptica.

Y, sobre todas las cosas,
la belleza de sobrevivir una noche más.

Cruzar el puente

Hay cine que ofrece respuestas. Sirât parece más interesada en hacer preguntas y abrir heridas.

Al concluir, deja la impresión de haber atravesado algo físico y espiritual al mismo tiempo.

No permanecen únicamente las escenas.
Persisten las abstracciones:
las vibraciones sobre el polvo,
los instantes que atravesaron el ojo lacerándolo con cristales de arena.

Algo de la infame oscuridad del desierto se instala en cada espectador.

La película se parece menos a un recuerdo que al despertar de un sueño —o una pesadilla— demasiado intensa.

Porque nadie cruza Sirât y permanece intacto.

Cerramos este artículo con las palabras que funcionan como epígrafe de la película y que, después de experimentarla, parecen también su mejor síntesis:

EXISTE UN PUENTE LLAMADO SIRÂT
QUE UNE INFIERNO Y PARAÍSO.

SE ADVIERTE A QUIEN LO CRUZA
QUE SU PASO ES MÁS ESTRECHO
QUE UNA HEBRA DE CABELLO.

MÁS AFILADO QUE UNA ESPADA.

 

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