Roque el Tamayo

Un informe policial que pronto se desborda hacia la paranoia, el absurdo y la sospecha. En “Roque, el Tamayo”, la voz de un detective privado recorre el Metro de la Ciudad de México para seguir a un presunto criminal, pero en el trayecto lo que parece una misión de vigilancia se convierte en una inquietante exploración del miedo, el poder y la fragilidad de la verdad.

México, D. F, a …

Querido Secretario de Seguridad Pública:

P R E S E N T E

Como usted me ordenó, le envío el informe sobre lo que hizo Roque, el Tamayo, el día dos de febrero.

Ese lunes salió temprano de su casa. A las seis a.m. para ser preciso. Yo estaba fumando en la esquina, subido en un árbol bien tupido de hojas, para que no me viera y se las maliciara; usted ya sabe que un buen detective debe ser muy observador y muy discreto; un verdadero colmillo para pasar inadvertido.

Desde ese lugar, pude reconocerlo cuando se acercaba con su singularísimo caminar brincadito, y esos tenis de bota blancos, que siempre usa. Además de una sudadera negra con capucha, su gorra de visera, una mochila colgada a la espalda y sus audífonos que llevaba puestos en los oídos. Dejé que se alejara un poco y luego lo seguí, rasponeado por la bajada del árbol, pero siempre en pie.

El bandido tenía buen cuerpo. Al verlo de lejos, parecía que danzaba con la luna, que lucía grandota, roja y bien redonda, sin que él se diera cuenta de semejante belleza, por ir tramando no sabemos qué.

Cuando se subió al Metrobús eran apenas las seis veinte. La unidad no iba vacía pero tampoco llena, quedaban algunos asientos disponibles. Yo me senté atrás del Tamayo, ya que no hay mejor coartada que mirar al enemigo de cerca y observar sus movimientos. No sé si por protervia para despabilarnos o para arruinarnos el rato. El chofer prendió las televisiones del tren y empezó a verse y a escuchase una abominación llamada “¡Tití me preguntó!” de un degenerado llamado Bad Bunny. Lo peor de todo, es que animó a los que iban en el vagón, que despertaron con la baba de saliva en la boca.

El Tamayo ni se inmutó. Al parecer no escuchaba nada con los audífonos que llevaba en las orejas. Creo que iba durmiendo o así lo indicaban sus múltiples cabeceos a un lado y a otro. En ese momento tuve que levantarme, porque una señora que iba del lado mío, de pie, me ponía unos repegones con su pubis, que me puso nervioso y mejor le di el asiento. Así observé con mayor detenimiento la cara de Roque. Bien parecido el muchacho, pero con un aire superior, sobre todo en la parte de los pómulos, que es ahí donde radica la dureza de su cara. Tal vez la que inspiraba respeto y temor.

Lo que llamó mi atención, fueron sus manos sumamente descuidadas, con sus dedos sucios, llenos de tierra como si fuera sepulturero. Me miró a la hora de pedir permiso para bajar y su mirada era profunda, como un pinchazo que te cruza la conciencia.

Eran las seis cincuenta cuando entramos al metro. Y ahí se torcieron las cosas. Perdí al Tamayo con el mar de gente que había a esa hora. Por si fuera poco, me tuve que formar para ponerle crédito a mi tarjeta, justo cuando más prisa tenía.  Para colmo de mi desventura, me equivoqué de andén. Pero cuando más desanimado estaba, el muchacho apareció entre el río de gente enfrente de mí, del otro lado del andén. En eso llegó el metro y la gente desesperada como si fuera el apocalipsis Zombie, se subió en tropel. Creí que lo había perdido. Pero no,  al desaparecer el último vagón, logré ver cómo el Tamayo se perdía por el túnel como si fuera un fantasma.

En un abrir y cerrar de ojos, yo ya estaba del otro lado, pero ni rastro del muchacho. Vi entonces, que a la llegada de otro metro, la vía se dividía. Entonces que me sigo caminando por donde se fue el Tamayo, con mucho cuidado de no ser atropellado. Al parecer no llamé la atención de nadie. Seguí la división de la izquierda y encontré un pasadizo que me tragó para vomitarme en otra cámara sumamente oscura. Saqué mi celular y comencé a aluzar con la lámpara. Después de un rato, que me pareció eterno, vi una luz tenue y apagué mi móvil. Como pude seguí caminando con discreción. Lo que apareció a mis ojos me dejó aterrado, que mi corazón quería salírseme del pecho. Había un arsenal de explosivos como para dar un golpe de estado.

Me recargué en la oscuridad de una pared, para reponerme del susto. Pero fue en vano, ya que al sentir que algo se subía por mis pantorrillas, estuve a punto de gritar. Dos ratas, que parecían conejos, se estaban dando vuelo conmigo queriéndome subírseme a las piernas. Mas la aparición del Tamayo con otro hombre, me lo impidieron y me tapé la boca con mi mano izquierda, al mismo tiempo que lanzaba una patada al aire para arrojar a los animales, que chillaron por el golpe al caer.

Los hombres voltearon hacia donde los roedores emitieron su chillido. Yo seguía recargado en lo que pensé era una pared, donde sudé y sudé de temor, y pidiendo a Dios, que otras ratas no se me subieran. Por fortuna, ni las ratas volvieron a hacer de las suyas, ni Roque se percató de mi presencia.

Cuando ya me estaba tranquilizando y poniendo atención en lo que hacía Roque y su compinche. Salieron tres hombres de la pared, justo a un lado mío, como si hubieran cruzado una puerta invisible. Uno de ellos muy corpulento y seguro en su caminar. Este le dijo algo al Tamayo, que por los nervios no pude oír. Pero caminaron y acto seguido, agarraron unos paquetes de petardos y explosivos, y se fueron en sentido contrario. Yo por mi parte, no podía moverme, porque sentía que en cualquier momento descubrirían hasta mi fatigada respiración. Por eso no pude verle la cara a nadie, solo la espalda. Al único que no perdí de vista fue al Tamayo que mostraba más endurecidas sus facciones como de pantera al acecho.

Después que se fueron el Tamayo y su compañero, los corpulentos volvieron a pasar junto de mí, hasta que me quedé completamente solo. Si quería salir debía caminar con cuidado entre la dinamita, pólvora, detonadores, etcétera, que allí se encontraban. El arsenal, para que me entienda licenciado, era como estar viendo esas caricaturas de cuando el coyote ponía explosivos para atrapar al correcaminos.

Cuando estudié bien la ruta y estaba a punto de moverme del sitio, unas manos heladas, que no eran de este mundo o así las sentí, me tocaron el cuello y me eché a correr disparado, brincando entre los peligrosos materiales, que hasta el momento no sé cómo no estoy muerto.

El mi carrera, el celular se me cayó de las manos y no quise recogerlo.  Sentía que pisaba vías y la tierra. Hasta que alcancé a ver una lucecita tenue, arriba de mi cabeza, algo así como un respiradero y volteando a todas partes, me paré. Luego escuché un estruendo y gritos de personas quejándose, y otra vez eché a correr. A mi corazón por poco le da un infarto. No quiero que piense que soy un cobarde, usted me conoce de cuando íbamos a la escuela juntos, y sabe que eso de la valentía se me da,  pero el miedo es el arma más fuerte para cabrearse ante cualquiera.

Después de un rato, no sé como llegué a una escalera de caracol que tenía  arriba una tapadera. Intenté abrirla y la abrí,  y aparecí en el recinto de Benito Juárez en Palacio Nacional. Justo a las ocho de la mañana.

No me pregunte cómo salí del recinto, porque ni yo mismo me lo creo, pero lo importante es que salí, con muchos trabajos sí, por una ventana. Soldados que también escucharon la detonación ni se fijaron en mí, atentos a la seguridad del inmueble. Afuera, el escándalo era mayor, y la gente se estaba saliendo del metro Zócalo. Al parecer explotaron dos trenes y se hablaba de gente herida y hasta muertos. Por eso entré a la Catedral a darle gracias al Señor, por permitirme seguir con vida, aunque usted sabe que soy ateo, pero uno nunca sabe.

A mí nadie me quita de la cabeza que fue una venganza para dejarlo en mal a usted por la fallida captura de “El Vainas”, el hijo del capo de capos, que ustedes no lograron atrapar, pero que sí molestaron y más que nada por quererlo extraditar a los yunais state donde lo hubieran culpado de haber corrompido a tan altos funcionarios de su gobierno. Por supuesto sin que usted se enterara, claro está.   

Le pido disculpas por decirle toda esta orla de improperios, pero yo solo soy vocero de lo que piensa la ciudadanía, que nada tiene que ver con mi admiración por la forma en cómo ha manejado la seguridad pública.

A su vez, quiero que quede claro, que si al llegar usted al túnel del metro con su equipo, no había nada de arsenal, no es mi culpa. Yo solo le digo lo que vi. Tal vez movieron todo, el metro es un culebrón de túneles interminable. En cuanto al Tamayo, ya no vive en la colonia tepalcates con su familia, le he perdido la pista, pero espero que la abuelita, que es la única  que se quedó y sale diario al pan, me dé razón de él.

Con respecto al hombre misterioso que vi con el Roque, vaya usted a saber si se trataba de algún dirigente resentido, que usted sin darse cuenta ofendió. En cuanto a las manos que sentí en mi nuca, tampoco puedo decirle nada, solo que en el metro espantan. La mente es canija y yo pienso en todo.  O en última instancia, puede tratarse de otro escape de algún maleante, de una cárcel del altiplano. Justo como ese que perpetró en su tiempo El Chapo, que ahora están muy de moda, y que su camino lo haya dirigido hasta el metro Zócalo como yo al museo de don Benito Juárez.

En fin, no se preocupe, sigo en la cacería del Tamayo, tarde o temprano tiene que cometer algún error y mostrarnos la cara.

Es todo lo que puedo informarle hasta el momento.

A t e n t a m e n t e .

Apolinar de los Santos Olivos

Detective privado

P.D. Gracias por recuperar mi celular. Espero que este oficio esté bien redactado como me lo pidió, para que nadie se entere de nuestro acuerdo de confidencialidad.

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