Piedra Viva

Una reflexión sobre los mandatos heredados que durante generaciones han definido la plenitud femenina. “Piedra viva” propone una mirada íntima y colectiva sobre la maternidad, la pareja, la identidad y la posibilidad de que cada mujer esculpa su propia vida fuera de los moldes impuestos

Desde tiempos ancestrales nos han cincelado claras obligaciones: conquistar un proveedor ideal para alcanzar la ansiada plenitud; asumir la maternidad como emblema de trascendencia. Nos formaron bajo ideales que no escogimos, pero que inevitables nos abrazaron. Éramos la piedra y también el martillo, moldeadas por el contexto y obligadas a darnos formas con herramientas que no siempre comprendíamos.

Deseosa de cumplir con ese mandato, tomé martillo y cincel, dejando que anhelos personales escaparan de mis manos como arenisca. De joven no me permití conocer la amistad entre un hombre y una mujer; cuando una persona despertaba mi pasión de participar en algún proyecto, me sentía culpable, como si trazara una herida invisible en el modelo perfecto que creía estar esculpiendo. El miedo y la tristeza me sellaron los labios. Expulsé la pesadumbre a mi cuerpo, que intentó hablarme con dolores y errores que parecían inaceptables en mi ansia de perfección.

Estoica, acepté que mi destino era una carga pesada y la convertí en mi estandarte. Entonces nació una niña. A través de su sonrisa descubrí que la piedra es vida. Lo que creí tallado en mármol eterno se volvió un espejo ardiente que proyectó sombras antiguas. Fue su risa la que permitió que la esperanza susurrara en mi oído: “¿Qué deseas para ella? ¿Con qué material esculpirá?”

Responder a esa pregunta fue un difícil renacer. Mil y una noches de terapia, meditación, escritura; mil y un días de risas y lágrimas que me llevaron, por primera vez, a acariciar con ternura cada golpe de cincel que parecía imposible de mover, hasta comprender que no soy ni piedra ni martillo. Soy artesana de mi propia historia, con grietas y marcas que no esconden debilidad.

Hoy mi pareja no es proveedor, sino compañero y confidente. Mis amigas y amigos despiertan pasiones con ideales conjuntos. Mi hija, mientras lo desee, caminará junto a nosotros, compartiendo la vida a su manera. Le he dado cinceles, martillos y ruedas de alfarero, no le impondré qué hacer con ellas.

He aprendido que nadie llena los vacíos, que la plenitud no se encuentra en otros y que la totalidad vive en mí, solo en mí. Y eso es suficiente.

Este viaje, sin embargo, no se trata de una transformación personal, sino de una reflexión colectiva. Nuestras madres y abuelas esculpieron sus vidas en un mundo que les ofrecía pocas herramientas. Sus decisiones, que hoy podrían parecer distantes o incompletas, eran las únicas posibles con el material que les fue dado. En vez de juzgarlas, debemos honrar su labor y construir sobre ella. Somos cuarzos y micas; ellas sostienen, nosotras buscamos la luz. Juntas encontramos el equilibrio.

Miremos con amor a las generaciones que vienen. No seamos ni jueces ni modelos a seguir, sino rocas firmes en las que ellas pueden apoyarse mientras tallan su propia historia. Dejemos que su martillo golpee nuevas formas, que sus ideas sean la chispa que forje un futuro distinto. Si acompañamos su recorrido con mente abierta y corazón generoso, estaremos sembrando el amor subversivo que necesita la humanidad: la unión generacional entre mujeres.

Comparte:

COMUNIDAD

Tenemos charlas, dinámicas, lecturas, camaradería y mucho más. Todos relacionado al apasionante mundo de la letras