“Para las que nos faltan.
Que sus nombres no se vuelvan silencio.”
Michelle nunca me había cancelado una cita. Mucho menos había llegado tarde. Me asomé por la puerta del negocio. Miré el teléfono y revisé mi WhatsApp; tecleé sobre el chat con Michelle, me distraje y observé su foto de perfil: su gran sonrisa, sus ojos pequeños y, con ella, su hermanito con un helado de chocolate.
No debía tardar en llegar, pero eso me complicaría el resto del día; el diseño de uñas que quería, efecto carey, y las demás con relieves de flores, era mucho para hacer en solo dos horas.
Prendí la televisión y el canal de noticias saltó: las marchas de las mujeres por el 8 de marzo. Puse YouTube; las manifestaciones me irritaban.
Ya era casi la una de la tarde y Michelle no llegó; solo había una palomita en el mensaje que le dejé en WhatsApp.
Mi siguiente clienta llegó media hora antes. Le ofrecí agua y unos snacks. Nos sentamos y comencé a hacer la manicura, saqué el aerógrafo y pinté con cuidado.
Checaba de reojo el celular para ver si Michelle contestaba, pero nada; solo mensajes para más citas y cotizaciones. Solo asentía y contestaba con monosílabos a lo que la clienta me decía. Me dolía la espalda y las luces de la mesa me irritaban los ojos. Terminé con ella, le tomé fotos al diseño, le agendé la cita del siguiente mes; me pesaban los ojos, descansé un poco sobre el sillón. No había desayunado, pensé.
Me levanté y me asomé hacia la fonda que era de la mamá de Michelle: estaba cerrada. Llegó otra clienta; no dejó de quejarse y cambió varias veces el color del esmalte. Un dolor en la cabeza, combinado con la espalda, me tenía tan harta que fantaseé con la idea de correrla.
Suspiré cuando me pagó y echó un billete de cien pesos en el bote de las propinas. El dolor desapareció, pero algo me jalaba a mirar el WhatsApp; chequé la última conexión de Michelle: desde el domingo no había actividad.
—Hoy es martes —me dije.
Tocaron el vitral. Era mi hermana Abril con una bolsa de comida china; podía olerla antes de abrirle.
—Gracias, Abril, muero de hambre —le dije.
Le arrebaté la bolsa, saqué los rollos primavera y comencé a comerme uno; lo crujiente hizo que se desbordara el relleno. Los maullidos de mi gato, Miguelón, me alertaron de que también tenía hambre. Le invité un poco del rollito.
—No abrió doña Estela, además no vino Michelle —le decía a Abril; con la boca llena trataba de hablar.
Me extendió una hoja con la mano temblorosa. La tomé con cuidado, pero sentí un pedazo duro al masticar la comida. Dejé la hoja sobre la mesa de trabajo. Miguelón se subió de un brinco. Me saqué el pedazo duro; pensé que era un hueso de algo. Lo limpié con la servilleta y me di cuenta de que era una uña. Se me revolvió el estómago. La deseché en el cesto de basura. Abril puso las noticias.
—¡Mi música, Abril! —exclamé.
Me miró con una cara toda simplona y gris. Tomé de nuevo la hoja, no sin antes ver las letras gigantes que decían: ALERTA AMBER. La foto de Michelle, su nombre en letras grandes; vestía pantalón skinny con una chamarra de cuero negra.
—Es la hija de Doña Estela —dijo Abril, buscando el canal.
—¿Qué pasó, Abril? —le dije.
Encontró el canal, pero pasaban noticias de artistas.
—Ya la encontraron… —dijo— hoy en la mañana.
Exhaló con temblor en los labios. El sabor rancio del rollo primavera se me quedó pegado en la lengua. Un golpe seco sobre el vidrio de la mesa me hizo brincar del susto; el olor del acrílico me ahogó. Miguelón, del salto que dio, tiró el monómero al suelo. Con un paño traté de limpiar y, al contacto con mi piel, me ardió; entonces me enjuagué con agua. El corazón me saltaba.
—Está muerta —dijo Abril—, la encontraron en un terreno baldío…
Me sequé las manos, la boca la sentía seca. ¿Cómo era posible que Michelle…? pensaba. Abracé a mi hermana; ambas sentimos que podíamos caer.
Mojé su cabello con lágrimas.
—¿No sabías? —preguntó; acariciaba mi cabello—. La noticia estaba en todos lados.
—No, no había visto Facebook —contesté.
El grupo de seguridad de Ecatepec lo tenía silenciado. Saqué el celular y miré la infinidad de mensajes sobre Michelle. Me sudaban tanto las manos que casi se me cayó el celular.
—Me tengo que ir, Carmina —dijo Abril—, ya mero llegaba Juan de trabajar. Solo te traje de comer. No quería dejarla irse sola a su casa.
—Con cuidado —le dije, como si pudiera hacer algo, pero me tranquilizó—. Me mandas un mensaje cuando llegues a casa.
Abril salió mirando por la calle. Se fue corriendo con sus chanclas rosas. Ese día no dijo sus bromas de siempre, ni siquiera se había molestado en criticar mi música. El sonido de la televisión con las noticias seguía. Eran casi las seis de la tarde; me dispuse a limpiar. Recogí los esmaltes y los puse sobre las repisas en la pared. Vi uno enparticular: era el efecto ojo de gato de color morado que Michelle me pedía.
Recordé meses atrás; un mensaje de WhatsApp había llegado a mi celular: una chica que pedíacotización sobre un diseño nuevo de uñas.
—Es efecto ojos de gato.
—Sí, perfecto, ¿qué día puedes?
—El martes a las tres.
—Perfecto, agéndame como Michelle.
Llegó puntual. Con las manos llenas de cosas, le ayudé a acomodarlas sobre el sillón de las pestañas. Con un saludo amable estreché su mano; era más joven que yo. Sacó su cartera y pude ver su credencial de la universidad. Le hice la plática y me decía que estudiaba química.
—¡Qué bonito trabajas! —me decía.
Tomaba su mano para limar la uña; las almendras eran sus favoritas. Le hacía la nivelación con rubber y le ponía la primera capa de esmalte negro. Luego puse una capa del esmalte de ojo de gato y con el imán activé el efecto.
—¡Pintas con moléculas magnéticas! Es increíble la química en el esmalte —me decía. Alzaba su mano para mirar a la luz el reflejo.
—Mi hermano Elian —me decía— es un pillo, tiene siete años; y mi hermana Silvia, vieras, es bien noviera…
Agarré el frasco del esmalte y su voz me resonaba en el local. Miré mi teléfono y en Facebook, en la primera página del feed, estaba su foto con la marca: ENCONTRADA SIN VIDA.
Una sábana blanca estaba sobre su cuerpo en la foto; en la siguiente, unos policías la cargaban en unacamilla. Su mano sobresalía, pero tenía los dedos contraídos. Hice zoom; no se veía nada. En la siguiente foto, más a detalle, miré —o eso creí— el reflejo: eran las uñas efecto ojo de gato de color morado que le había hecho quince días antes.
—Ya estoy en casa —leí el mensaje de Abril; un peso se soltó de mi pecho.
Seguido de otro mensaje en el grupo de seguridad de Ecatepec: una invitación al velorio de Michelle a las siete de la noche.
Una clienta me interrumpió; le dije que ya no había citas hasta la siguiente semana. Tomé mi chamarra y mi bolsa, le hablé a Miguelón para meterlo a la mochila para gatos y cerré el vitral con candado. Bajé la cortina y la dejé caer. Golpeé para meterle los seguros y más candados.
Me recargué en la cortina haciendo ruido mientras me deslizaba. Miguelón maulló y lo dejé a mi lado. Saqué con prisa un cigarro de mi bolsa, batallé para encontrar el encendedor y lo prendí. El alivio llegó a mi garganta; mantuve el humo unos segundos.
Lo exhalé.
Seguí scrolleando en Facebook. La noticia del hallazgo mencionaba:Ecatepec violento. Michelle Zamora había salido la tarde del domingo del Instituto PolitécnicoNacional rumbo a su casa en Ecatepec de Morelos… Tomó un taxi de aplicación.
Dejé el video correr sin prestarle más atención. Me quedé mirando la casa de Michelle; le seguí dando caladas al cigarro. Empezó otro video en Facebook: una mujer con una guitarra, con mujeres detrás deella haciendo coro. En la plancha del Zócalo unos días atrás, en la marcha del ocho de marzo. El sonido de la guitarra me erizó la piel. La entereza de Vivir Quintana me abofeteaba con cada estrofa, quedando grabada en mi mente. Escuché la canción. Tomé a Miguelón, que estaba más tranquilo. Cantaban:
¡QUE RESONARA FUERTE, NOS QUERÍAMOS VIVAS! …soy Claudia, soy Esther y soy Teresa, soy Ingrid, soy Fabiola…
—Michelle —susurré.
Terminé el cigarro, me levanté pero mantuve el celular encendido. Tiré la colilla al suelo y la pisé con furia. Se escuchaban ruidos de claxon; los carros estaban afuera de la casa de Michelle.
—¡Agárrate bien, Miguelón! —le dije.
La gente se aglomeraba rápido. Bajaron un ataúd de color blanco. Caminé sobre la banqueta, pero mis pies se sentían pesados. Al pasar la calle no me fijé en los carros; agarré fuerza y pasé corriendo. Los vecinos se juntaron alrededor de la caravana.
…soy la madre que ahora llora por sus muertas… resonaba en mi mente.
—¡No dejen que Elian la vea! —gritó Silvia con el niño en brazos, tapando su cara. Él ahogaba el llanto en el pecho de su hermana.
Doña Estela, aferrada al ataúd de Michelle, gritaba:
—¡QUIERO A MI HIJA! —se repetía una y otra vez. En sus manos, la foto de ella. La apretaba tanto que el cristal se rompió. Los lamentos se escuchaban por todos lados.
—…y soy esta que te haría pagar las cuentas… —canté en mi mente.
Unas señoras barrían el patio de la casa; habían abierto el zaguán de par en par. Bajaban cubetas de una camioneta que estaban llenas de flores blancas. El ataúd entró a la casa.
La oleada morada combina con las jacarandas de la ciudad. Avanzamos sobre Reforma. Ha pasado un año desde tu partida, Michelle.
Sostengo la mano de Elian. Miguelón pesa más en la mochila. Tu hermana Silvia no suelta a tu madre. Ella sigue cargando tu foto, como si aún pudiera regresarte. En la plancha del Zócalo gritamos:
—¡QUE CAIGA CON FUERZA EL FEMINICIDA!
—¡JUSTICIA!
Grito tu nombre atorado en la garganta.
