La primera vez

Un niño descubre el cielo por primera vez en medio de una vida marcada por el trabajo forzado y la violencia. Entre la memoria fragmentada, el deseo de libertad y la contemplación de las estrellas, este relato explora la mirada de quien conoce la belleza justo cuando todo parece perdido.

—¿Qué es esto que mis ojos miran por primera vez? —piensa con asombro Raúl.

El cielo está lleno de puntos grandes y chiquitos, blancos y amarillos, algunos fijos, otros en movimiento. ¿Es esto un sueño?

Raúl se cuestiona si estará bien de la cabeza, pues el techo blanco y rocoso que toda su vida vio, y que siempre asimiló como cielo, ha desaparecido. En su lugar hay esos puntitos que ni siquiera sabe cómo se llaman; solo sabe que son manchas hermosas e impresionantes.

Raúl no aparta la vista del cielo. Con lentitud se acuesta en el pasto seco y quemado, mirando hacia arriba. Mientras observa los puntos, el aire fresco le golpea la cara; las yemas de sus dedos cosquillean con el pasto, y todo ese olor a fuego, rocas y cemento desaparece, reemplazado por un olor a corta libertad.

Por primera vez en años, descansa.

Él no está trabajando, ni cargando, ni atendiendo, ni quemándose, ni siquiera siendo torturado. Sus huesos, poco a poco, se desploman hasta quedar fijos en el suelo. Le da pereza moverlos. Solo mira hacia arriba. Es una sensación extraña, nueva, y desea que no acabe.

Pasan segundos, minutos y horas. Raúl sigue viendo los puntos con calma.

Hasta que algo cambia.

Los puntitos comienzan a desvanecerse y son reemplazados por un cielo anaranjado. De pronto lo siente: un calor. Pero no como el del fuego. Es un calor cálido, estable, que ilumina su rostro de lado.

Raúl voltea hacia el horizonte.

Es el sol.

Un recuerdo olvidado.

Ese momento lo llena de algo que no puede nombrar.

Lágrimas comienzan a brotar por sus mejillas. Siente que vuelve al pasado. Ese pasado que le arrebataron. Ese en el que despertaba por la mañana y desayunaba con su madre a la luz del amanecer. Ese en el que no tenía que trabajar. Ese en el que solo era un niño.

Ese pasado que apenas recuerda. Ese pasado que le quitaron cuando tenía cinco años.

Una alarma rompe el momento. Raúl sabe lo que significa.

Se levanta de inmediato, entra al almacén, cubre la salida con tablas y se mete en su cama de paja. Las fibras le pican todo el cuerpo. Finge dormir.

Lo despiertan a gritos. La rutina vuelve.

Durante el día trabaja, carga, empuja y fabrica. Soporta el calor, los gritos y los golpes. Llega la noche.

Y con ella, un deseo.

Quiere salir. Quiere volver a sentir esa corta libertad. Quiere ver esos puntitos. Quiere el aire fresco.

Pero el miedo lo detiene.

Si lo descubren, las consecuencias serían catastróficas.

Lo piensa durante varios minutos.

Y decide.

Toma paja y rocas, las coloca sobre la cama, les da forma y las cubre con una tela. Desde lejos parece un cuerpo dormido.

A hurtadillas, sale. La noche lo recibe. Otra vez las estrellas. Otra vez la calma.

Se duerme por momentos, despierta, intenta recordar. ¿Por qué está ahí? ¿Por una guerra? ¿Por una venta? No lo sabe.

Y tal vez nunca lo sabrá.

La noche cambia.

Humo.
Oscuridad.
Calor.

La respiración se vuelve pesada. Todo está en caos. La gente corre, grita, suplica. Hay sangre en las calles. Se escuchan balas. Llanto. Dolor.

Y en medio, Raúl.

Pequeño.

Perdido.

Lo suben a una camioneta. Ve a una mujer forcejear. Todo se rompe.

Antes de que la oscuridad lo cubra, apenas logra decir:

—¿Mami?

Raúl despierta sobresaltado. Toma aire con fuerza. Está en el mismo lugar.

La alarma suena. Todo sigue igual. Los días pasan. El trabajo no cambia. Pero algo dentro de él sí.

Cada noche repite el mismo ritual: el muñeco de paja, la salida silenciosa, las estrellas.

Ese momento es suyo.

Nada más.

Una noche, escucha voces.

Se acerca. Dos oficiales beben, ríen, juegan con sus armas. Algo no está bien.

Raúl se aleja, pero tropieza con un fierro. La pierna se rasga. La sangre brota.

Los hombres escuchan. Corren. Disparan. Raúl corre.

Reza.

¡BAM!
¡BAM!

Las balas atraviesan su cuerpo. Cae sobre la hierba seca. Mira el cielo. Los oficiales se acercan. Se dan cuenta.

En silencio, como un último acto de dignidad, le cierran los ojos. 

Los puntitos ya no son pequeños. Son enormes. Suaves. Hermosos. Raúl ríe.

Corre.

Salta.

Los toca.

No hay dolor.

No hay miedo.

No hay hambre.

Solo calma.

La vida que le arrebataron en la tierra…parece esperarlo allá arriba.

En las estrellas.

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