Llenos de colores, dulces, frutas y aromas de feria llegan los recuerdos de una infancia feliz: ruedas de la fortuna, caballitos, canicas y un sinfín de actividades que compartí con mi padre. Al final, siempre me compraba un delicioso hot cake cubierto de cajeta y grajeas de colores.
Durante muchos años visitamos distintas ferias: desde la de Chapultepec, que era la más espectacular, hasta la de la colonia, que se instalaba para festejar a San Francisco de Asís, el santo patrono.
Tendría unos cinco o seis años cuando, en esa inocencia, conocí a un hombre que se dedicaba a hacer cosas de hojalata. Fabricaba carritos, juguetes y, para despertar mi curiosidad, una rueda de la fortuna preciosa, con sillitas que se mecían al girar.
Cada vez que regresaba de la escuela, antes de subir a mi casa, pasaba a saludar a aquel personaje que, con agrado, reconoció mi interés por sus juguetes.
Un sábado bajé a jugar con mis amiguitas del departamento del primer piso. Pasamos juntas solo unas horas. Al salir de su casa, a la vuelta estaba la hojalatería del señor David, quien amistosamente me dijo que, si quería jugar con la feria, podía pasar.
No tenía miedo en ese entonces. Tampoco dudas respecto a su invitación. Me llamaban la atención las piezas que iba armando. Ya no solo tenía la rueda de la fortuna: también había hecho un carrusel que giraba y estaba elaborando personajes en miniatura para subirlos a las sillitas voladoras.
Era un sueño. La fantasía de cualquier niña.
Cuando podía, pasaba a saludarlo. Si había tiempo, me quedaba observando su trabajo desde afuera del mostrador. Deseaba que me compraran esos juguetes e imaginaba a todos los personajes que existían en mi mente dándole vida a cada espacio de esa grandiosa feria que don David construía.
Mi curiosidad creció. Al ver mi interés, me preguntó si quería tener esa feria en mi casa. Le respondí que sí, que era mi sueño. Entonces me dijo que me la regalaría cuando la terminara y que él mismo me la llevaría.
Me sentó en una silla para que viera cómo hacía cada pieza y me preguntó:
—¿Quieres jugar con ella un ratito?
—Sí —respondí gustosa.
Ahora, al escribir estas palabras, vuelve el dolor a la boca del estómago. Vuelve también el nerviosismo al cuerpo. Así conecta la mente con las emociones y los recuerdos.
Mientras jugaba, sentí que besó mi cabello y me dijo:
—Eres una niña tan buena y tan linda que voy a terminar esta feria para ti.
Después acercó su boca a mi oído y agregó:
—Tú tienes que ser buena conmigo. Este es nuestro secreto. Nadie puede saber que tú y yo jugamos. ¿Me lo prometes?
—Sí —respondí.
En aquel momento yo no sabía qué intercambio esperaba de mí.
Me abrazó, me besó en la mejilla y metió su mano bajo mi ropa, frotando mi pecho y mis incipientes senos. Me quedé paralizada. No podía hablar. Solo alcancé a decir:
—Me quiero ir. Ya me quiero ir.
Él me apretó contra su cuerpo y metió su mano en mis calzoncitos. Tocó mi parte íntima, como le decía mi mamá.
Me quedé helada. Solté los juguetes que tenía en las manos e intenté zafarme de sus brazos, pero el hombre era más fuerte. Me pegó a su cuerpo y sentí entre sus piernas algo que no conocía. Mantuvo la mano en ese lugar que yo sabía que estaba prohibido tocar.
Intenté soltarme de nuevo. Entonces puso su otra mano sobre mi boca para callar mis sollozos. Yo le decía que me dejara ir a mi casa. Lloraba angustiada y asustada.
Volvió a acercarse a mi oído y dijo:
—Si te quedas aquí, hoy mismo te llevas la feria.
Ya no había más opción que gritar. En ese acorralamiento, el miedo fue también el impulso para escapar. Logré soltarme de sus brazos, lo empujé con fuerza, cayó al piso, aventé la puerta y corrí a mi casa llorando.
Mamá había ido al trabajo y papá arreglaba una bicicleta. Subí y me escondí en mi cama, llena de miedo y de culpa.
Nunca más volví a pasar por ese lugar. Tampoco hablé de lo sucedido. Temía que, si mi padre se enteraba, fuera a golpear o a acabar con ese hombre.
Fue hasta la adolescencia cuando supe que aquello había sido abuso sexual. Tocar también es abuso. Yo aprendí a callar.
Hoy dejo el silencio para ponerle palabras a un acontecimiento de mi vida que durante años solo guardé en la memoria.
