¿Quién dice la verdad? – Valeria yareth martínez
Es la hora del receso. Una bolita de compañeros nos rodea. Francisco y yo discutimos como siempre. Él asegura que el cielo existe y que, cuando muramos, ahí terminaremos. Yo le respondo que eso es una vil mentira que nos cuentan para mantenernos tranquilos.
Él me asegura que su abuela murió durante cinco segundos y que, en ese lapso, sintió que había pasado mucho tiempo y logró mirar el cielo.
La campana suena. Todos entramos al salón, todavía discutiendo mientras caminamos. La maestra nos pregunta cuál es el problema. Cuando se lo contamos, nos pide que nos sentemos y dice que da igual lo que pensemos: muchas guerras se han desatado por querer tener la razón en asuntos de creencias.
Nos dice que respetemos lo que cada quien decida pensar. La única manera de saber quién tiene la razón es muriendo, y no cree que sea algo que queramos experimentar.
—Solo tienen trece años. No se preocupen por eso ahora…
Ya pasaron varios años desde aquel día. No supe qué fue de Francisco. Lo que sí sé es que me encantaría verlo para decirle que su abuela tenía razón: el cielo es hermoso, de un azul maravilloso, con nubes que me paso contemplando.
Tengo tiempo.
Después de todo, ya siempre tendré veintiún años.
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La sombra es su testigo – VIVIAN KERLEGAND
Ahora despides la vida desde tu mejor rincón. Aún conservas tu sombra. Desde lo alto piensas: “Caray… los extraño mucho, pero aquí estoy mejor”.
Ves a tus grandes amores navegar en altamar, donde el aire no se mueve, pero tus sentimientos —y sabes que los de ellos también— se levantan como un tsunami.
La quietud dibuja un vacío que, en realidad, se llena de inmensidad. Ahí cabe lo finito y lo infinito. La tristeza se baña de una enorme alegría.
El silencio es estridente en su belleza. El paisaje es tan nítido que, en realidad, muestra todos los mundos.
¡Oh, Azucena! Hoy tu rincón se ilumina tanto que tu sombra es testigo.
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El mar que mira – BRUNO MARTÍN DEL CAMPO
El mar no se movía… pero respiraba.
No era una metáfora. La mujer lo había notado desde hacía horas: la superficie lisa, perfecta, como un espejo infinito, subía y bajaba apenas, como el pecho de algo dormido.
No había viento. No había olas. Solo ese ritmo lento, casi imperceptible, como si algo gigantesco estuviera justo debajo.
Ella no recordaba cómo había llegado ahí.
La pared a su espalda estaba húmeda, descascarada, como si hubiera sido lamida durante años por algo más que agua. Sus manos temblaban sobre el vestido y, aun así, no podía dejar de mirar el horizonte.
El pequeño velero flotaba a lo lejos, inmóvil.
Demasiado inmóvil.
Entonces, el reflejo en el agua parpadeó.
No el barco.
El cielo.
Las nubes seguían ahí arriba, intactas. Pero, en el reflejo, se deformaron, se estiraron, como si algo las estuviera tocando desde abajo. Algo que no pertenecía a este mundo.
Ella se inclinó un poco más.
El agua no reflejaba el cielo: lo estaba ocultando.
Y entonces lo vio.
Un ojo.
No emergió. No rompió la superficie. Simplemente apareció, ocupando todo el reflejo bajo el velero. Un ojo imposible, enorme, con una pupila vertical que se contrajo al enfocarla.
No había brillo ni vida.
Solo hambre.
El barco crujió a lo lejos.
La mujer quiso gritar, pero su voz murió en la garganta cuando el mar dejó de respirar.
Silencio absoluto.
Luego, el agua se tensó.
Como una piel.
Y se rasgó.
Algo se elevó sin salpicar, sin hacer ruido. No tenía forma definida, pero sí textura: capas de carne translúcida, membranas que se abrían y cerraban como branquias, y largas extensiones que no eran tentáculos.
Eran como dedos.
Demasiados.
Demasiado largos.
Demasiado articulados.
El velero desapareció.
No se hundió.
Simplemente dejó de existir.
La mujer retrocedió, golpeándose contra la pared, pero ya era tarde. El ojo bajo el agua se había multiplicado. Docenas. Cientos. Todos mirándola.
Todos reconociéndola.
Un sonido húmedo, como huesos arrastrándose dentro de la carne, comenzó a surgir desde abajo. Luego lo escuchó en su mente:
“Por fin… alguien que mira de vuelta”.
El agua empezó a subir por el borde donde ella estaba sentada. No como una ola, sino como algo que se arrastra.
Subió por sus pies.
Fría.
Viva.
Ella intentó levantarse, pero el suelo se había vuelto blando, como si pisara un organismo en lugar de piedra.
El mar no era mar.
Nunca lo fue.
Era su cuerpo.
Y ahora la había encontrado.
