La sociedad del cansancio: productividad, autoexigencia y burnout
Sección: Enfoque
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Terminamos una tarea y ya estamos pensando en la siguiente. Descansamos, pero sentimos que deberíamos estar aprovechando el tiempo. Trabajamos para alcanzar una meta y, cuando llegamos, aparece otra. El filósofo Byung-Chul Han sostiene que hemos pasado de una sociedad que nos decía “debes” a otra que repite “puedes”. Parece una conquista de libertad, hasta que descubrimos su reverso: si todo depende de nosotros, también podemos sentir que nunca hacemos suficiente. ¿Qué dice la psicología sobre esa cultura del rendimiento y dónde comienza realmente el burnout?
Un domingo por la tarde
No tienes que trabajar.
Al menos, en teoría.
Te sientas en el sofá y decides descansar. Tomas el teléfono. Hay un video sobre cinco hábitos para aprovechar mejor las mañanas. Después aparece alguien explicando cómo aumentar la productividad. Otro recomienda aprender una nueva habilidad para no quedarse atrás.
Tu mente comienza a trabajar: recuerdas el correo que podrías adelantar, la clase que podrías tomar, el ejercicio que no hiciste, el libro que deberías terminar.
No hay nadie ordenándote levantarte. Y, sin embargo, te levantas.
Algo resulta extraño en esta escena: somos libres para descansar, pero a veces descansar nos produce culpa.
¿En qué momento incluso el tiempo libre se convirtió en algo que debíamos aprovechar?
Del “debes” al “puedes”
El filósofo Byung-Chul Han publicó La sociedad del cansancio en alemán en 2010. Su diagnóstico parte de una transformación que, según él, caracteriza a las sociedades contemporáneas.
Han distingue entre una antigua sociedad disciplinaria, organizada alrededor de prohibiciones, obligaciones y obediencia, y una sociedad del rendimiento, en la que predominan mensajes aparentemente mucho más positivos: Puedes hacerlo. Supérate. Conviértete en tu mejor versión. Todo depende de ti.
El cambio parece liberador. Ya no necesitamos que alguien nos obligue a producir porque nosotros mismos queremos hacerlo.
Ahí se encuentra una de las ideas más provocadoras de Han: el individuo contemporáneo puede convertirse simultáneamente en quien exige y en quien obedece.
En otras palabras, podemos terminar explotándonos a nosotros mismos creyendo que estamos ejerciendo nuestra libertad.
Esta es una tesis filosófica y cultural, no un diagnóstico clínico ni una explicación psicológica demostrada. Pero basta observar algunas escenas cotidianas para comprender por qué ha resultado tan sugerente.
Cuando mejorar deja de tener final
La autoexigencia no vive solamente en la oficina.
Puede aparecer en casi cualquier espacio: Hay que ser mejor profesional. Comer mejor. Dormir mejor. Ejercitarse. Leer más. Aprender idiomas. Mantener relaciones saludables. Administrar correctamente el dinero. Ser buenos padres, buenas parejas, buenos amigos.
Y, por si fuera poco, sentirnos bien mientras hacemos todo eso.
Incluso el bienestar puede convertirse en una tarea.
Registramos nuestros pasos, las horas de sueño, las calorías, el tiempo frente a las pantallas y los minutos dedicados a meditar.
Nada de esto es necesariamente negativo. Aprender, cuidarnos, trabajar con entusiasmo o perseguir metas pueden enriquecer profundamente una vida.
La pregunta comienza cuando mejorar deja de ser una posibilidad y se convierte en una obligación permanente.
¿Cuándo podemos decir: esto es suficiente?
La productividad como medida personal
Aquí aparece otro fenómeno interesante.
Trabajar mucho no es nuevo.
Durante siglos millones de personas han realizado trabajos agotadores bajo condiciones extremadamente duras.
Lo que Han intenta señalar es algo diferente: la posibilidad de que el rendimiento se introduzca en nuestra identidad.
Ya no solamente decimos: Mi trabajo salió mal.
Podemos empezar a pensar: Yo fracasé. Por cualquier razón, por ejemplo, no terminé el proyecto; no fui suficientemente disciplinado, no aproveché la oportunidad, no administré bien mi tiempo, no alcancé mis metas. El resultado laboral puede convertirse entonces en una medida del valor personal.
Y cuando la exigencia se interioriza, aparece una dificultad particular: ¿cómo escapar de un jefe que llevamos dentro?
¿Qué dice la psicología?
La psicología laboral aborda el problema desde otro lugar.
No utiliza la “sociedad del rendimiento” como diagnóstico científico, pero lleva décadas estudiando qué ocurre cuando las demandas laborales superan persistentemente los recursos disponibles.
Uno de los marcos más influyentes es el modelo de demandas y recursos laborales.
Las demandas pueden incluir presión de tiempo, carga de trabajo, exigencias emocionales o determinadas condiciones organizacionales. Los recursos abarcan elementos como autonomía, apoyo, retroalimentación, oportunidades de desarrollo y herramientas adecuadas para realizar el trabajo.
Un amplio metaanálisis con más de 186 mil participantes encontró que distintas demandas laborales se relacionaban con mayor burnout, mientras recursos como la autonomía y un entorno de apoyo se asociaban con mayor compromiso laboral.
Aquí aparece un primer encuentro interesante con Han.
El agotamiento no depende simplemente de que una persona “no sepa manejar el estrés”.
El contexto en el que trabaja también importa.
Burnout no significa simplemente estar cansado
La palabra burnout se utiliza hoy con tanta frecuencia que corre el riesgo de perder significado: “Estoy quemado.” “Necesito vacaciones.” “Este mes tengo burnout.”
Pero clínicamente y en salud ocupacional conviene ser más precisos.
La Organización Mundial de la Salud incluye el burnout en la CIE-11 como un fenómeno ocupacional, no como una enfermedad. Lo describe como resultado del estrés crónico en el lugar de trabajo que no ha sido gestionado satisfactoriamente y señala tres dimensiones: agotamiento, mayor distancia mental o cinismo respecto al trabajo y disminución de la eficacia profesional. Además, especifica que el concepto se refiere al contexto laboral.
Esto importa porque estar cansado no equivale automáticamente a tener burnout.
Podemos agotarnos después de una semana particularmente difícil y recuperarnos.
El burnout apunta a un proceso más persistente relacionado con el trabajo.
También existe debate científico sobre cómo debe conceptualizarse y medirse, por lo que conviene evitar utilizarlo como explicación universal de cualquier forma de agotamiento.
“Si te organizas mejor, podrás con todo”
Aquí la filosofía de Han y la psicología laboral vuelven a encontrarse de una manera particularmente incómoda.
Ante una persona exhausta solemos ofrecer soluciones individuales: Organízate mejor. Medita. Haz ejercicio. Aprende a poner límites. Duerme ocho horas. Practica autocuidado.
Muchas de esas estrategias pueden resultar útiles. El problema aparece cuando trasladamos toda la responsabilidad a la persona y dejamos intactas las condiciones que contribuyen al agotamiento.
La OMS identifica entre los riesgos psicosociales laborales factores como la presión de tiempo, las largas jornadas, la falta de control sobre las tareas y la falta de apoyo, y recomienda también intervenciones organizacionales dirigidas a la carga de trabajo, los horarios, la comunicación y el trabajo en equipo.
Revisiones recientes ofrecen además una imagen menos simple que la promesa de que una técnica individual resolverá el problema. Un metaanálisis de 2024 sobre médicos residentes encontró efectos pequeños o nulos de distintas intervenciones y señaló la necesidad de combinar estrategias individuales y organizacionales.
Otra revisión de 2026 concluye que las organizaciones desempeñan un papel significativo en la prevención del burnout y analiza específicamente intervenciones sobre las condiciones de trabajo.
La pregunta cambia entonces.
En lugar de preguntar solamente: ¿qué debe hacer esta persona para resistir más?
podríamos preguntar: ¿qué condiciones están haciendo necesario que tenga que resistir tanto?
Cuando descansar también debe ser productivo
Hay otra escena en la que Han resulta especialmente reconocible.
Decidimos descansar para poder rendir mejor mañana.
Meditamos para concentrarnos más.
Hacemos ejercicio para ser más productivos.
Tomamos vacaciones para regresar “con las pilas cargadas”.
Incluso el descanso corre el riesgo de convertirse en mantenimiento de la máquina productiva.
La pregunta no es si estas prácticas son buenas o malas. Muchas tienen beneficios evidentes.
La pregunta filosófica es otra:
¿somos capaces de hacer algo que no necesite justificar su utilidad?
Por ejemplo: Leer sin terminar el libro. Caminar sin contar los pasos. Conversar sin mirar el reloj. Aprender algo que jamás utilizaremos profesionalmente. Sentarnos sin convertir cinco minutos de silencio en una técnica de optimización.
Quizá la dificultad contemporánea no sea únicamente detenernos. Sea detenernos sin sentir que estamos desperdiciando el tiempo.
¿Han tenía razón?
Sería tentador mirar las investigaciones sobre burnout y concluir que la psicología ha demostrado La sociedad del cansancio.
No es así.
Han realiza una interpretación filosófica sobre el neoliberalismo, la libertad y la cultura del rendimiento. Los estudios psicológicos investigan variables mucho más delimitadas: carga laboral, autonomía, apoyo, agotamiento, estrés, eficacia profesional.
No podemos afirmar científicamente que el burnout sea consecuencia de vivir en una “sociedad del rendimiento”.
Además, las condiciones laborales son enormemente diferentes entre países, profesiones, clases sociales y personas. Para alguien sometido a jornadas excesivas, bajos salarios o escasa autonomía, hablar únicamente de “autoexplotación” podría incluso ocultar formas muy concretas de explotación externa.
Ese matiz es fundamental.
No toda presión viene de nosotros mismos.
No todo cansancio es psicológico.
Y no toda persona agotada necesita aprender a exigirse menos: algunas necesitan condiciones laborales distintas.
Precisamente ahí se vuelve interesante el diálogo.
Han nos pregunta por qué hemos convertido el rendimiento en una aspiración personal.
La psicología pregunta qué demandas y qué recursos favorecen o deterioran nuestro bienestar en el trabajo.
Una mirada no sustituye a la otra.
La trampa de la mejor versión
Hay una frase que resume buena parte del espíritu contemporáneo:
“Sé la mejor versión de ti mismo.”
Parece imposible discutir con ella. ¿Quién querría convertirse deliberadamente en una versión peor Pero existe una pequeña trampa. La mejor versión nunca llega. Siempre podemos producir un poco más.
Leer otro libro. Tomar otro curso. Mejorar nuestro cuerpo. Incrementar nuestros ingresos. Responder más rápido. Optimizar otra parte de nuestra rutina.
La meta se desplaza conforme avanzamos.
Y así podemos pasar una vida completa intentando convertirnos en alguien que todavía no somos, mientras sentimos que quien somos hoy nunca resulta suficiente.
Tal vez el problema no sea aspirar a crecer.
Sea no permitirnos nunca haber llegado a ningún lugar.
El derecho a no rendir
La psicología no prescribe abandonar nuestras metas.
Tampoco la evidencia sobre burnout demuestra que trabajar intensamente sea necesariamente perjudicial. Las demandas laborales no producen los mismos efectos en todas las circunstancias, y los recursos disponibles modifican nuestra relación con ellas.
Trabajar puede proporcionar propósito, identidad, aprendizaje, relaciones y satisfacción. El problema comienza cuando nuestro valor depende exclusivamente de cuánto producimos.Porque entonces descansar parece pereza.
Quizá necesitemos recuperar una idea sencilla:una persona sigue teniendo valor cuando no está produciendo.
Han observa en esa escena una sociedad que ha aprendido a convertir la libertad en rendimiento.
La psicología laboral añade algo imprescindible: el agotamiento también depende de cargas, recursos, autonomía, apoyo y condiciones concretas de trabajo.
Tal vez por eso la pregunta más interesante no sea: ¿cómo podemos producir más sin cansarnos?
Sino otra mucho más incómoda: ¿por qué necesitamos producir tanto para sentir que somos suficientes?
Responderla exige mirar hacia afuera y hacia adentro. Hacia las condiciones en las que trabajamos. Pero también hacia esa voz que, incluso cuando nadie nos está exigiendo nada, todavía susurra: podrías estar haciendo más.
Si deseas adentrarte en el tema
Byung-Chul Han — La sociedad del cansancio.
El ensayo que sirve como punto de partida de este artículo. Han analiza el tránsito de la sociedad disciplinaria a lo que denomina sociedad del rendimiento y desarrolla su reflexión sobre autoexigencia, productividad y agotamiento.
Organización Mundial de la Salud — “Burn-out an occupational phenomenon”.
Una referencia fundamental para distinguir el uso cotidiano de burnout de su definición dentro de la CIE-11: fenómeno específicamente ocupacional relacionado con estrés laboral crónico no gestionado satisfactoriamente.
Consultar la definición de la OMS
Nahrgang, Jennifer D.; Morgeson, Frederick P.; Hofmann, David A. — “Safety at work: a meta-analytic investigation of the link between job demands, job resources, burnout, engagement, and safety outcomes”.
Metaanálisis de 203 muestras y más de 186 mil participantes que permite comprender la relación entre demandas laborales, recursos, burnout y compromiso con el trabajo.
Consultar el estudio en PubMed
Bes, Isabelle et al. — “Organizational interventions and occupational burnout: a meta-analysis with focus on exhaustion” (2023).
Revisión y metaanálisis centrado en una cuestión fundamental para este artículo: hasta qué punto modificar las condiciones organizacionales puede contribuir a reducir el agotamiento laboral.
Consultar el estudio en PubMed
Kiratipaisarl, Wuttipat; Surawattanasakul, Vithawat; Sirikul, Wachiranun — “Individual and organizational interventions to reduce burnout in resident physicians” (2024).
Revisión sistemática y metaanálisis que muestra la complejidad del problema y advierte que los efectos de las intervenciones estudiadas pueden ser modestos, reforzando la conveniencia de estudiar conjuntamente factores individuales y organizacionales.
Consultar el estudio en PubMed
