Leer o escuchar, esa es la cuestión

Un libro no termina en el momento en que recibimos sus palabras. Ahí empieza nuestra parte. Podemos leer con los ojos y permanecer ausentes; podemos escuchar una voz mientras caminamos y, sin embargo, detenernos por completo dentro de una idea. Quizá el compromiso con un libro no consista en cuánto nos cuesta leerlo, sino en qué hacemos con aquello que nos dice.

1. ¿Un audiolibro implica «menos compromiso»?

No necesariamente.

Hay una diferencia entre esfuerzo cognitivo y valor cognitivo.

Un audiolibro puede requerir menos esfuerzo para decodificar el texto, especialmente si somos lectores competentes. Pero eso no significa que requiera menos pensamiento.

Puedes escuchar una conferencia filosófica y estar haciendo conexiones, cuestionando argumentos y elaborando tus propias ideas. También puedes leer veinte páginas y estar pensando en cualquier otra cosa.

El verdadero enemigo no es el audio: es la atención pasiva.

Y eso también ocurre leyendo.

Y aquí aparece otra cuestión fascinante: la atención no siempre tiene que parecer atención.

Desde la psicopedagogía y, particularmente, desde la investigación sobre aprendizaje incidental, se ha estudiado cómo podemos incorporar información mientras hacemos otra cosa. Los niños, por ejemplo, pueden aprender palabras y conceptos simplemente al escuchar conversaciones que no estaban dirigidas a ellos. En algunos experimentos, incluso se ha comprobado que pueden adquirir información mediante el overhearing, es decir, escuchando «de pasada» una interacción ajena.

Eso no significa que podamos aprender cualquier cosa sin prestar atención. Significa algo más interesante: la atención tiene muchas formas.

Hay personas que sienten que piensan mejor mientras caminan. Otras necesitan dibujar, manipular objetos, tomar notas, moverse o hacer alguna actividad repetitiva para mantener despierta la mente. No necesariamente porque posean una supuesta «inteligencia corporal» que determine cómo deben aprender, sino porque el movimiento, el entorno y la actividad pueden modificar las condiciones en las que prestamos atención y procesamos la información.

Por eso resulta un poco extraño decir que alguien que escucha un audiolibro mientras camina «no está realmente leyendo».

Tal vez está encontrando, precisamente, la posición desde la que mejor puede escuchar.

Además, hay datos interesantes al respecto. En 2016, Rogowsky, Calhoun y Tallal realizaron un experimento con 91 participantes que comparó tres modalidades: escuchar un audiolibro, leer el mismo contenido en formato electrónico y combinar ambas. Después evaluaron la comprensión inmediatamente y nuevamente dos semanas más tarde.

No encontraron diferencias estadísticamente significativas entre las tres modalidades, ni en la comprensión inmediata ni en la retención posterior.

Esto no significa que leer y escuchar sean experiencias idénticas. Hay diferencias perceptivas, de ritmo y de interacción con el texto, y otros estudios han encontrado pequeñas ventajas del papel en determinadas circunstancias. Pero sí pone en cuestión una idea bastante extendida: que escuchar necesariamente equivale a comprender menos.

Así que quizá la pregunta no sea cuál de los tres formatos es «mejor», sino:

¿Cuál es el mejor formato para este libro, para este propósito y para este lector?

2. Recuperación de una costumbre antiquísima

Escuchar un libro no es, en realidad, una extravagancia de nuestra época. Es, en cierto sentido, la recuperación de una de las formas más antiguas de relacionarnos con los textos.

En El infinito en un junco, Irene Vallejo explica cómo se leía antes de que la lectura silenciosa se convirtiera en la norma. Durante siglos, la lectura en voz alta fue una práctica habitual, tanto individual como colectiva.

Hay una frase especialmente hermosa:

«Solía haber testigos cuando se leía un libro. Eran frecuentes las lecturas en público, y los relatos que gustaban iban de boca en boca».

Vallejo contrapone esta tradición con la lectura silenciosa, que nos concedió una nueva forma de intimidad: detenernos, abandonar, volver atrás, soñar despiertos, ocultar lo que elegimos y construir nuestro propio universo lector.

Ese, El infinito en un junco, fue el primer audiolibro que descargué, mientras la lectora purista se desgarraba las vestiduras.

«Aprendí, paradójicamente, ese dato mientras descubría que solamente había ampliado mis opciones».

3. Un nuevo abanico de posibilidades

Aquí aparece una ventaja muy sencilla:

¿Quiero dedicar doce horas de mi vida a este libro?

Si la respuesta es sí, el audiolibro permite acceder a él con una inversión relativamente pequeña cuando se utilizan servicios de suscripción u ofertas de prueba.

Y esto cambia la relación que tenemos con la compra de libros.

En lugar de preguntarnos primero:

«¿Quiero gastar dinero en este libro?»

podemos preguntarnos:

«¿Quiero dedicarle tiempo?»

Si la respuesta es sí, lo escuchamos.

Después podremos decidir si queremos adquirirlo en formato electrónico o físico.

El formato electrónico, por cierto, es genial cuando los títulos no han llegado —y tal vez nunca lo harán— a nuestro país; y, sobre todo, para cargar con cientos de títulos mientras se viaja o durante las noches de insomnio, si no se quiere incomodar con la lámpara a quienes comparten nuestra habitación.

Sí, me decanté por esta opción para no despertar a Isolda, mi felina compañera de cama.


LIBRO FÍSICO
Manipulación, orientación espacial, posibilidad de anotar y volver físicamente sobre las páginas.


LIBRO ELECTRÓNICO
Portabilidad, búsqueda inmediata, diccionario integrado y acceso a cientos de títulos en un solo dispositivo.


AUDIOLIBRO
Movilidad, interpretación vocal y la posibilidad de escuchar mientras caminamos, viajamos o realizamos otras actividades.

4. Experimentando con los filtros perceptivos

Después de conocer un libro, podemos tomar la decisión de adquirirlo en digital o físico. Francamente, al sumar este nuevo filtro —escucha y adquisición— aparecen ventajas enormes.

Hay libros que resultan mucho más comprensibles en audiolibro porque no estamos acostumbrados a determinado vocabulario o porque pertenecen a un género que no solemos leer.

A veces ocurre algo maravilloso: la mente escucha una frase y dice:

«¡Ah! Ya entendí qué quería decir».

Como si un amigo nos explicara una frase y, a partir de ello, pudiéramos continuar con la lectura.

También sucede lo contrario.

Hay libros que queremos detener. Me pasó con Alicia en el país de las maravillas. Quise paladear cada palabra y cada párrafo. El audiolibro avanzaba demasiado rápido para mi gusto.

Y hay libros que preferimos no escuchar precisamente porque necesitamos cierta distancia.

Me pasó con It, de Stephen King. A veces no quieres tener determinados pensamientos entrando directamente en tu cabeza, sin ningún filtro.

Y esto, por supuesto, es completamente subjetivo. Tal vez alguien quiera saltar esa cuarta pared y disfrutar su propio terror de una forma mucho más inmersiva, directamente desde la mente del monstruo.

No existe una única manera correcta de acceder a un libro.

5. Una experiencia única

Existen verdaderas obras de arte: esas lecturas en las que el narrador convierte en una joya algo que, de por sí, ya era valiosísimo.

Existe en Storytel En la ceniza escribo, de Ryūnosuke Akutagawa. Para un hablante del español, no hay otra forma de experimentar el sabor exacto de cada haikú que acercándose al japonés original y a la explicación de las elecciones, atendiendo a la musicalidad propia del idioma.

Otra riqueza increíble son las lecturas realizadas por Mario Iván Martínez.

Nada podía prepararme para La historia sin fin.

Había leído a Michael Ende años atrás, en el libro físico. Y ahí es cuando los lectores podemos caer en nuestra propia prepotencia.

Me dije:

«Es obvio que no podrá sorprenderme».

Me equivoqué.

Resumiré diciendo que Fantasía nunca fue más fantástica.

Ahora tengo, comprado además del libro físico, el audiolibro.

6. Un apoyo para el bienestar

Desde esa urgencia nace este artículo.

Y no se crean que Audible, Storytel, Kobo Plus Leer y Escuchar o Skeelo me darán regalías por esto —aunque deberían, ja, ja, ja—.

Si alguien me hubiera dicho que un audiolibro, mientras mi propio equilibrio no daba para más, podía convertirse en un bálsamo; que podía acompañarme durante momentos difíciles, hacer más llevaderas ciertas actividades o incluso convertir una tarea tediosa en algo divertido, ese consejo habría significado mucho para mí.

Y pienso también en quienes, por cuestiones de vista, no pueden leer un libro físico y quizá nunca encontraron en el libro electrónico una alternativa accesible.

¿Es sano decirles que lo que están haciendo es solamente entretenimiento?

¿O que les falta compromiso?

¿Que nunca volverán realmente a leer?

Prefiero una opinión más esperanzadora.

Escuchen libros.

Escuchen novelas, ensayos, historia, filosofía, poesía, cuentos… el cielo es el límite.

Permítanse viajar en el tiempo para descubrir la historia de los libros, de la humanidad, de los astros o de la fantasía.

Y, sin desgarrarnos las vestiduras de puristas de la lectura, atrevámonos a hacernos una pregunta:

¿Cómo queremos encontrarnos con un libro?

Porque quizá el audiolibro no sea el enemigo de la lectura.

Quizá sea, simplemente, la vieja costumbre de contar historias que encontró una tecnología nueva para volver a casa.

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