La obligatoria marcha de los rotos: Un Poeta

El arte no siempre salva al artista. Pero quizá ser artista consiste precisamente en seguir mirando el mundo con sensibilidad, incluso cuando ya no puede salvarse a sí mismo.

¿Puede un quebrado ayudar a reconstruir a otro?

Esa es la pregunta que parece hacerse Óscar Restrepo mientras la película va desmontando uno de los grandes mitos del arte: que el sufrimiento, por sí mismo, ennoblece al artista.

Entre el alcoholismo y una depresión casi catatónica, Óscar avanza por la vida haciendo una pregunta que hiere…

¿Y si el sufrimiento no es una catarsis gloriosa que produce arte, sino simplemente sufrimiento?

La película denuncia la pornomiseria y, al mismo tiempo, evita convertirse en ella. Ese equilibrio es uno de sus mayores logros.

Este largometraje denuncia un mercado cultural que convierte la marginalidad en un valor de cambio. No basta escribir un gran poema; parece necesario vender también la propia herida.

Algo, de lo más impresionante en la cinta es la actuación de Ubeimar Rios, quien a propósito del talento que parece una chispa divina… debuta como actor en “Un poeta”.

El actor logra algo extraordinario: uno entiende que Óscar está derrotado incluso cuando está sonriendo. Es una derrota antigua, arrugada, de esas que ya forman parte de su manera de caminar.

La película está catalogada como comedia y drama, y no es de sorprender. La mala suerte del personaje, por momentos, parece humor negro; las carcajadas están garantizadas. También el drama. La tragedia de este Ícaro contemporáneo no es la caída, sino la imposibilidad de olvidar el cielo.

Prueben, amigas y amigos artistas, a no morir de la risa en la escena en la que Óscar pretende presentar su libro en un programa. Es probable que la risa de diversión se convierta en nerviosa y después, histérica.

Lo diré, en resumidas cuentas: esta es una película incómoda. Pero existe una forma de belleza que solo puede manifestarse desde la incomodidad. Un poeta es una rara avis: una película que no busca complacer a nadie, sino colocarnos un espejo.

En esa obligatoria marcha de los rotos, Óscar descubre que no es poeta por los premios, ni por el reconocimiento, ni por pertenecer a un gremio que reparte legitimidades. Es poeta porque, incluso roto, sigue siendo capaz de mirar el dolor ajeno y responder a él. Percibe la realidad, la interpreta y actúa en consecuencia, aunque hacerlo signifique quebrarse un poco más.

Quizá ahí, y no en los diplomas ni en los aplausos, comienza realmente la poesía.

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