LA GUERRA DEL AGUA EN TENOCHTITLAN: LA ALIANZA DE LOS BERGANTINES

La conquista de México-Tenochtitlan no se libró solo en tierra firme: el control del agua fue decisivo para cercar, debilitar y derrotar a la ciudad. Este artículo explora cómo los bergantines, la estrategia militar y el dominio del lago de Texcoco cambiaron el curso de la guerra.

La caída de México-Tenochtitlán no puede comprenderse sin atender al silencio previo del lago ni al crujir de la madera que, lejos de sus aguas, comenzó a tomar forma en tierra firme. En el siglo XVI, el poder mexica se sostenía sobre un complejo sistema de tributos que había generado descontento entre numerosos pueblos sometidos. Así, cuando los hombres de Hernán Cortés irrumpieron en el Altiplano, no lo hicieron solos: su avance fue posible gracias a una vasta red de alianzas indígenas que buscaban, más que servir a un extranjero, quebrar el dominio de Tenochtitlán.

La primera embestida contra la ciudad, sin embargo, terminó en desastre. La noche del 30 de junio de 1520, recordada como la Noche Triste, obligó a los españoles y sus aliados a huir precipitadamente. Aquella derrota no fue sólo militar, sino estratégica: reveló la imposibilidad de tomar una ciudad insular sin controlar el agua que la protegía. Desde entonces, Cortés comprendió que el siguiente intento requeriría algo más que valor: demandaba ingeniería, logística y una visión distinta de la guerra.

Refugiado en Tlaxcala, territorio aliado, el conquistador concibió un plan que transformaría el curso del conflicto. La clave sería dominar el lago de Texcoco mediante embarcaciones capaces de superar a las ágiles canoas mexicas. Así nació la idea de construir bergantines: naves ligeras, veloces y armadas, diseñadas para una guerra lacustre que los mexicas no habían enfrentado antes.

La empresa comenzó bajo la dirección del carpintero Martín López, quien, junto con otros artesanos, supervisó la tala de madera y la fabricación de las piezas en Tlaxcala. No se trataba de una labor improvisada. Como señalan las crónicas de Bernal Díaz del Castillo, muchos de los materiales provenían de las propias naves que los españoles habían desmantelado al inicio de la expedición: hierro, clavos, anclas y velas fueron recuperados para dar vida a los nuevos barcos. Aquella decisión previa, aparentemente radical, adquiría ahora un sentido práctico: no habría retorno, pero sí reconstrucción.

Mientras las naves tomaban forma, el panorama político también cambiaba. Pueblos como Otumba, Chalco y Tuxpan se sumaron a la coalición, fortaleciendo el ejército que, poco a poco, cercaba a los mexicas. La guerra dejaba de ser un enfrentamiento entre dos bandos para convertirse en una compleja red de intereses convergentes.

Concluida la construcción, inició una de las hazañas logísticas más notables de la campaña: los bergantines fueron desmontados y transportados pieza por pieza a lo largo de aproximadamente 45 kilómetros hasta Texcoco. Miles de aliados indígenas escoltaron el traslado, protegiendo la caravana de posibles ataques. Cada tablón cargado representaba no sólo un esfuerzo físico, sino la certeza de que el desenlace estaba cada vez más cerca.

Ya en las inmediaciones del lago, se emprendió otra obra monumental: la excavación de una zanja que permitiría botar las naves. Durante cincuenta días, decenas de miles de hombres trabajaron sin descanso hasta completar el canal. Aquella intervención transformó el paisaje y evidenció que la conquista no fue únicamente una serie de batallas, sino también una empresa de ingeniería sin precedentes en la región.

Los bergantines, una vez ensamblados, mostraron su verdadero potencial. Equipados con cañones, escopetas y ballestas, y capaces de transportar entre 25 y 30 hombres, se convirtieron en plataformas móviles de combate. Su ventaja no radicaba sólo en la fuerza de sus armas, sino en la tecnología naval mediterránea que los hacía superiores en maniobrabilidad y resistencia frente a las canoas mexicas.

El 28 de abril de 1521, las naves fueron finalmente botadas en el lago de Texcoco. A partir de ese momento, la guerra cambió de naturaleza. Cortés organizó un asedio en tres frentes terrestres, avanzando por las calzadas, mientras los bergantines dominaban el agua. La llamada “guerra del agua” se intensificó con el corte del acueducto de Chapultepec, privando a la ciudad de su suministro vital.

Durante 75 días, el sitio avanzó inexorablemente. Tenochtitlán y su ciudad hermana, Tlatelolco, resistieron con ferocidad, convirtiendo sus calles y canales en escenarios de combate constante. Sin embargo, el cerco era total. La información estratégica proporcionada por los aliados indígenas, sumada al dominio lacustre de los bergantines, inclinó definitivamente la balanza.

El 13 de agosto de 1521, la gran ciudad cayó. No fue sólo el fin de un imperio, sino el inicio de una nueva era marcada por la convergencia —y el conflicto— de mundos distintos. En ese desenlace, los bergantines fueron el eje que articuló la victoria: símbolos de una guerra que se decidió tanto en la tierra como en el agua, y testimonio de cómo la tecnología, la alianza y la estrategia pueden reconfigurar el destino de la historia.

 

Fuentes: Díaz del Castillo Bernal, Historia verdadera de la conquista de México, Porrúa, México, 2015.

Rodríguez González, “Asedio y toma de Tenochtitlan. Una operación anfibia”, en Desperta Ferro, n. 12, Historia Moderna, 2014

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