El Extranjero

¿Puede una sociedad condenar a alguien no solo por sus actos, sino también por no sentir lo que se espera de él? En *El extranjero*, Albert Camus nos enfrenta al absurdo de la existencia y a las convenciones que determinan nuestra manera de juzgar a los demás. Sergio F. Sierra Romero revisita esta novela fundamental del siglo XX y nos invita a reflexionar sobre la libertad, la muerte y nuestra necesidad de encontrar sentido a la vida.

Hace pocos días comentaba en un círculo literario, con más de cien novelas de añejamiento, una de las obras más conocidas del escritor franco-argelino Albert Camus (1913-1960): El extranjero (1942). Uno de los debates surgidos durante la charla giró en torno a la interpretación del título mismo de la novela y su posible carácter simbólico. La discusión parecía derivarse del doble significado de la palabra francesa étranger, que puede referirse tanto a quien no pertenece a una comunidad, país o grupo como a aquello que resulta extraño, ajeno o desconocido. Yo me quedo con la interpretación consensuada de que el título alude al personaje central, Meursault, como alguien que, aun habitando en el país donde nació, se siente ajeno y no encaja con los usos y costumbres de su propia comunidad.

La Academia Sueca, al otorgarle el Premio Nobel de Literatura en 1957, destacó la capacidad de Camus para iluminar los problemas de la conciencia humana de su tiempo, muchos de los cuales permanecen vigentes. Para ello, el escritor emplea recursos estilísticos muy particulares. El extranjero está escrita en primera persona, una elección narrativa que mantiene al lector atento a una trama de acontecimientos rápidos, pero relatados con un ritmo pausado que favorece la descripción de situaciones y personajes en el contexto social de la Argelia colonizada de la primera mitad del siglo XX.

Mediante esta elección narrativa, Camus presenta los hechos, los estímulos físicos —el calor, el cansancio, la luz— y los pensamientos del protagonista sin adornos ni justificaciones morales. Evita así cualquier «voz superior» que organice, juzgue o atribuya un sentido predeterminado a los acontecimientos. En este sentido, como señaló Jean-Paul Sartre en su ensayo Explicación de El extranjero (1943), la narración constituye algo más que un artificio técnico: es un recurso fundamental para introducirnos en la experiencia misma del absurdo, en una existencia desprovista de certezas, dogmas y mentiras consoladoras.

Siendo mi propósito primordial invitar a la lectura o relectura de la novela, seré muy frugal en aquello de platicar sobre la trama. La historia arranca con uno de los inicios más célebres de la literatura del siglo XX: «Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé».

La obra se articula en dos partes de ritmos marcadamente distintos. La primera, de una inmediatez ágil y física, nos sumerge en la vida cotidiana de Meursault en Argelia, donde los afectos, la rutina y la presencia distante de la población árabe, en el contexto de una sociedad colonial profundamente desigual, se ven desbordados por un sol abrasador que parece actuar como catalizador del conflicto.

En contraste, la segunda parte frena drásticamente el tiempo desde la celda, dando paso a una atmósfera pausada y claustrofóbica, donde la justicia parece desplazar el hecho en sí para juzgar la «insensibilidad moral» de un hombre que se niega a fingir ante las convenciones sociales.

Camus nos conduce desde la luz cegadora de la playa hasta la frialdad de un tribunal que encuentra en la aparente insensibilidad de Meursault un motivo adicional para juzgar su comportamiento. En este sentido, pudiera decirse que nuestro personaje representa al hombre absurdo: aquel que rechaza las mentiras consoladoras, las convenciones sociales y los dogmas religiosos. La sociedad parece condenarlo no solamente por el homicidio cometido, sino también por su negativa a manifestar los sentimientos que se esperan de él. De esta manera, la novela nos invita a reflexionar sobre la arbitrariedad de ciertas normas morales y la dificultad de aceptar a quien se aparta de ellas.

Además de esta crítica a los convencionalismos sociales y a las instituciones de la Argelia colonial, Camus nos obsequia con una transformación en la manera en que nuestro personaje comprende la figura de su madre. Si bien en la primera parte de la novela la relación materna aparece marcada por una aparente distancia física y afectiva, en la segunda, durante el juicio, el internamiento de la madre en un asilo se transforma, a los ojos de la acusación, en una grave falta moral. Meursault es presentado como alguien con «corazón de criminal», incapaz siquiera de llorar durante el entierro de su madre.

Sin embargo, desde la soledad de su celda, el recuerdo materno adquiere un significado distinto y más profundo. Al reflexionar sobre los últimos años de su vida, comienza a comprender por qué ella había buscado una nueva compañía y parecía dispuesta a «comenzar otra vez».

La trama se enriquece con personajes secundarios que permiten conocer distintas facetas de Meursault: María Cardona, su compañera sentimental; Raimundo Sintés, su impulsivo vecino, y el viejo Salamano, cuya relación de maltrato y dependencia con su perro ofrece un singular contrapunto afectivo. También aparecen las figuras de quienes representan a las instituciones judiciales y religiosas, mientras que la población árabe permanece en buena medida desdibujada, como reflejo de las profundas desigualdades de la sociedad colonial.

La novela de Camus nos regala dos momentos culminantes. El primero, cuando el gatillo cede, el sudor y el sol se sacuden y se destruye el equilibrio del día. Cuatro balas que se hunden, «como cuatro breves golpes que daba en la puerta de la desgracia».

El segundo, cuando Meursault, desde su celda, rechaza los servicios religiosos que le ofrece el capellán y estalla en un arrebato de lucidez frente a las ilusiones de salvación divina. En esa confrontación parece alcanzar una nueva comprensión de su propia existencia, frente a la inevitabilidad de la muerte y la indiferencia del mundo.

Ciertamente, Camus nos presenta de manera descarnada algunos de los problemas más profundos de la condición humana y nos deja, quizá, una pregunta abierta sobre la posibilidad de encontrar sentido y serenidad aun frente al absurdo de la existencia.

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