A propósito del 30 de abril
Cada 30 de abril se celebra el Día Internacional de la Niñez. Pero esta conmemoración no remite únicamente a una etapa biológica: se convierte en territorio simbólico, un lugar al que se vuelve. Y en ese regreso hay una voz —pequeña, afinada, traviesa— que ha sabido resistir el paso del tiempo: la de Francisco Gabilondo Soler, el Grillito Cantor.
Escuchar a Cri-Cri no es solo escuchar canciones infantiles. Es ingresar a un universo donde la imaginación se expande sin límites, donde todo puede ocurrir. Un mundo donde los animales hablan, los juguetes sienten, y la noche deja de ser amenaza para volverse misterio.

Un hombre que soñaba en sonidos
Francisco Gabilondo Soler nació el 6 de octubre de 1907 en Orizaba. Fue autodidacta y un curioso incansable: intentó ser astrónomo, boxeador, torero. Pero fue en la música donde encontró su órbita definitiva.
En 1934, a través de la estación XEW, apareció por primera vez el personaje de Cri-Cri. La idea era simple y radical: crear canciones para niños que no los subestimaran. Narraciones breves, llenas de humor, ternura y —a veces— una melancolía inesperada.
El Grillito no solo cantaba: observaba. Se convirtió en un cronista de lo pequeño, un astrónomo del planeta infancia.

La música: entre el juego y la sofisticación
Hablar de la música de Cri-Cri es desmontar el prejuicio de lo “infantil” como simple.
Las composiciones de Gabilondo Soler son sorprendentemente complejas: mezclan géneros, ritmos y tradiciones con una naturalidad que parece juego, pero es rigor disfrazado.
Ahí está el swing juguetón de El ratón vaquero, la nostalgia casi europea de La muñeca fea, la precisión narrativa de Los tres cochinitos. Cada canción es un pequeño teatro sonoro.
Pero lo más notable no es solo la diversidad musical, sino su capacidad de crear atmósferas emocionales. En Cri-Cri, la risa convive con la pérdida; la travesura, con la soledad. Hay una ética sutil: el mundo no es completamente amable, pero puede ser comprendido porque es cantado.

Cri-Cri: memoria viva
A más de un siglo de su nacimiento, el Grillito Cantor sigue habitando la memoria colectiva de México. Sus canciones han sido heredadas de generación en generación, como un legado de cuentos para antes de dormir.
Y quizá ahí radica su permanencia: en que no apelan únicamente a la infancia de los niños, sino también a la de los adultos. Escuchar a Cri-Cri es recordar no solo lo que fuimos, sino lo que aún somos cuando bajamos la guardia y nos permitimos habitar la inocencia, el asombro, cuando recordamos la felicidad encontrada en lo pequeño.
En tiempos donde la infancia se ve cada vez más mediada por pantallas y velocidad, volver a Gabilondo Soler es un acto casi sanador: detenerse, escuchar, imaginar.

Coda: la infancia como territorio sonoro
Cri-Cri no nos enseñó solo canciones. Nos enseñó a observar.
A descubrir que en una escoba puede haber un caballo, en una lágrima una historia, un universo en un ropero. Y que la ternura no es ingenuidad, sino la forma más pura de asombro.
Este 30 de abril, quizá la celebración más profunda no esté en los regalos, sino en volver a esa voz diminuta que, desde un rincón del tiempo, sigue cantando:
¿Quién es el que anda aquí?
¡Es Cri-Cri! ¡Es Cri-Cri!
¿Y quién es ese señor?
¡El grillo cantor!
Y con ella, recordar que la infancia nunca se pierde:
se vuelve eco.
