La historia de Hernán Cortés y La Malinche nació en medio del choque de dos mundos. Él era un hidalgo español que dejó su tierra en busca de fortuna y poder en las nuevas tierras de América. Ella, llamada Malintzin, Malinalli o doña Marina, había nacido entre pueblos indígenas y, tras años de guerra y despojo, fue entregada como esclava. Su destino cambió cuando llegó a manos de los españoles. Dueña de varias lenguas y de gran inteligencia, pronto se volvió intérprete, consejera y compañera de Cortés. Gracias a su voz se abrieron alianzas, se resolvieron encuentros difíciles y se tendieron puentes entre enemigos. De su unión nació Martín, uno de los primeros hijos del mestizaje en México.
Cuando cayó México Tenochtitlan, la gran ciudad quedó herida, cubierta de ruinas y silencio. Cortés buscó entonces un sitio nuevo desde donde gobernar, y eligió Coyoacán, pueblo de calles tranquilas, árboles viejos y agua cercana. Allí comenzó otra etapa de la historia.
En Coyoacán mandó levantar edificios para el nuevo poder. Se instaló en un palacio que también sirvió como ayuntamiento, frente a lo que hoy es la plaza principal. Desde ese lugar se trazaron órdenes, se repartieron tierras y empezó a levantarse la ciudad colonial sobre las cenizas del imperio vencido.
Muy cerca de allí, la tradición cuenta que Cortés construyó una casa para La Malinche. Era la famosa Casa Colorada, llamada también por algunos la casa morada, una casona antigua de gruesos muros de tezontle y amplios ventanales situada en el barrio de La Conchita. Se dice que ambos vivieron allí por un tiempo, entre patios soleados y jardines silenciosos. Aunque varios historiadores consideran que la construcción actual pertenece a siglos posteriores, el lugar conserva el peso de la leyenda y sigue siendo uno de los rincones más evocadores de Coyoacán.
Frente a la casa se levantó también una pequeña iglesia dedicada a la Inmaculada Concepción, hoy conocida como La Conchita, uno de los templos más antiguos de la zona. Sus alrededores fueron alguna vez jardines y espacios abiertos donde se mezclaban rezos nuevos con memorias antiguas.
Coyoacán fue entonces refugio, cuartel y semilla de la Nueva España. Por sus calles caminaron soldados, frailes, nobles indígenas y mensajeros. En sus casas se mezclaron lenguas distintas, costumbres opuestas y destinos inseparables. Allí convivieron la victoria y la nostalgia.
Siglos después, la figura de ambos volvió a despertar debate. En 1982 se inauguró un monumento que mostraba a Cortés, La Malinche y al pequeño Martín, como símbolo del mestizaje nacido tras la conquista. Para unos era una imagen necesaria de la historia compartida; para otros, una herida convertida en bronce. La polémica fue tan grande que la escultura terminó trasladada al parque Xicoténcatl, donde permanece hasta hoy, aunque sin la figura del niño, que fue robada años más tarde.
Con el paso del tiempo, las construcciones cambiaron de forma, algunas fueron rehechas y otras se llenaron de leyendas. Sin embargo, Coyoacán conserva la memoria de aquellos días en que Cortés y La Malinche habitaron sus rincones. La caída de Tenochtitlan encontró en este barrio un nuevo escenario, donde terminó un mundo y comenzó otro.
