Al verlo parecía que los Dioses del Olimpo habían dado vida a Apolo para perturbar la vista y el espíritu con la simetría perfecta de su cara. Tal vez estaba un poco pálido y por ello más hermoso. Cada movimiento realizado por él parecía una pose dispuesta para cualquier artista sensible, que quisiera captar la estética pura de su belleza. Un poco ajeno a la atracción que ejercía en las personas que estaban a su alrededor, el joven miraba todo sin ver nada, hasta que sus ojos se encontraron con los de otro individuo que lo observaba en ese momento. Sin darle importancia, bajo lentamente la mirada y siguió departiendo con su familia.
Eran polacos y habían ido a Venecia, a la isla de Lido a pasar unos días de vacaciones, por lo que decidieron hospedarse en el “Hotel Bader”, que además de lujoso era cómodo y estaba bien ubicado. Tadzio se sentía contento, había hecho amigos rápidamente en aquel lugar donde concurrían, en aparente armonía, familias inglesas, francesas, alemanas y rusas. Más tarde se fueron del comedor y después de la siesta, el joven fue a la playa a hacer un castillo, justo cuando otros muchachos llegaron y se empezaron a lanzar arena muertos de risa.
—¡Tadzio, Tadzio! —decía la institutriz preocupada de que lo fueran a lastimar, pero el Apolo de carne y hueso, estaba sumamente divertido.
De nueva cuenta sintió la mirada del hombre del comedor, y le extrañó que el caballero fuera cauteloso al observarlo. Leía y escribía queriendo parecer distraído o bien, concentrado. Había escuchado a uno de los meseros decir que era un aristócrata muy conocido en el mundo de las letras llamado Gustavo Aschenbach. Eso a él no le importaba, ni le importaba tampoco el hombre, pero ¿por qué le miraba tanto?, ¿por qué a él?, la respuesta le pareció clara cuando más tarde se miró al espejo y experimentó un desconcierto.
Las miradas furtivas continuaron hasta que se dio cuenta de que el escritor no estaba, probablemente se había marchado; no lo vio en la playa, ni el comedor, entonces una pequeña inquietud lo dominó, pero fue solo momentánea, después salió a pasear con su madre y sus tres hermanas por el centro de la ciudad. Estaba un poco nublado y hacía un viento nada agradable, sin embargo, las góndolas se deslizaban en el agua pasando puentes y canales donde el Tadzio se dejaba embriagar no solo por la música sino también por la arquitectura, esta última del Palacio Ducal y del Puente de Rialto, de pronto se vio pensando en Aschenbach, de cómo este escribiría lo que sus ojos contemplaban.
A la mañana siguiente el clima había cambiado, una especie de luz mortecina brillaba a su alrededor cuando se metió al agua, pero cuando salió del mar, el sol aclaró y lo iluminó como si fuera el mismo Apolo. Entonces un vuelco lo sacudió, el escritor estaba frente a él mirándolo extasiado, fingiendo que no lo veía. El muchacho pasó junto a Aschenbach pisando firme, soberbio, hasta cierto punto arrogante, seguro de la atracción que estaba ejerciendo en aquel hombre, cuando Sahsu, su amigo, lo sorprendió con un abrazo y un beso en la mejilla que lo hizo reír alegremente.
Su madre anunció que tenían que marcharse, que algo grave estaba ocurriendo y que nadie quería decir el motivo. Por tanto embarcarían después de la comida. Todos prepararon su equipaje y solo dejaron fuera algunas prendas para el viaje. La institutriz y las hermanas se adelantaron a realizar algunos pendientes, Tadzio bajó al salón y no encontró a su familia, pero sí a Aschenbach que esperaba a que diera la hora de la comida. El joven no perdió la compostura y al encontrarse con el escritor le sonrió ligeramente haciendo un movimiento tenue de su cabeza en señal de saludo.
La madre les dijo que no se acercaran a nadie, mientras el gondolero subía todo su equipaje. Entonces Tadzio se dio cuenta que ahí estaba el escritor, sentado, completamente maquillado, con el cabello teñido, queriendo parecer más joven. Sintió un revuelo en su corazón; Aschenbach lo miraba como suplicante, el calor hacía que de su cara escurriera la pintura negra del tinte de su pelo, iba a acercarse un poco para despedirse, pero su madre le pidió que se alejara de él.
Sintió lástima del hombre que en el otoño de su vida, se le ofrecía como un homenaje a su apostura. Subido en la góndola Tadzio levantó la mano y como en un susurro le dijo adiós, mientras se alejaba, y los ojos del hombre se apagaban para siempre.
