Chava Flores: el México de las tragicomedias

Chava Flores convirtió la vida cotidiana de México en canción. Sus calles, sus barrios, sus personajes y esas pequeñas tragedias trazadas... en su cartografía.

En México

“En México cimbra su historia,
en México surge la gloria,
pues México es una casita,
preciosa y bonita
donde vive Dios.”

Así comienza Salvador Flores a cantar a México: como una casa. Una casa hermosa, viva, llena de historia, de gente que lucha, siente, canta y espera hacerlo mejor.

Pero Chava Flores conocía también lo que ocurría dentro de esa casa.

México tiene una extraña relación con la tragedia. La conoce demasiado bien como para tomársela siempre en serio. Por eso se ríe. Hace canciones, cuenta chistes, organiza una fiesta, se ríe de la muerte y, cuando puede, convierte la desgracia en anécdota.

Chava Flores entendió esa peculiar manera de sobrevivir. Sus canciones son pequeñas tragicomedias donde nadie es completamente víctima ni completamente culpable: simplemente hay gente intentando vivir.

Cada título de este artículo toma prestado el nombre de alguna canción del entrañable compositor y, en ocasiones, fragmentos de ellas. Quisimos homenajearlo, en este mes patrio, compartiendo su voz con las nuevas generaciones y recordándola para quienes todavía habitan aquel “Mi México de ayer”.

Ese soy yo

“Primorosas damas y robustos caballeros: Mi nombre es ‘Chava’ Flores. Yo no soy cantante, soy compositor de canciones: las compro descompuestas y luego las compongo para cantarlas; es decir, para berrearlas, porque Agustín Lara y yo no tenemos ni voz ni voto… Bueno, yo sí tenía un chorro de voz y nomás tengo un chisguete; es decir, la pura humedad me queda.”

Así se presentaba Chava Flores ante su público: con una mezcla de desparpajo, ironía y una capacidad extraordinaria para reírse de sí mismo.

En una presentación en Los Mochis, Sinaloa, en 1976, contó que un médico le había recomendado unas inyecciones para recuperar la voz antes de cantar. Él, fiel a su propio sentido del humor, terminó diciendo que se las había puesto “en el café con leche” porque no le gustaba la avena.

Después explicó por qué, pese a todo, había acudido a cantar:

“Chava, debes venir. Te debes a tu público.”

Y su respuesta fue tan sencilla como reveladora: había ido porque le debía a todo el mundo.

La anécdota resume bastante bien al personaje. Detrás del humor había un hombre que conocía las dificultades de vivir de su oficio y que convirtió incluso sus propias penurias en materia para la risa.

Mi linda vecindad

“A las seis de la mañana
el reloj de Catedral
despertaba a mi portera
pa’ que abriera su zaguán…”

En las composiciones de Chava Flores aparecen calles y colonias, mercados y vecindades, fiestas, transportes, problemas económicos, relaciones familiares, personajes populares y costumbres. La Ciudad de México no funciona en su obra como simple escenario: es uno de los grandes personajes de sus canciones.

Dos horas de balazos y La tertulia, grabadas en 1952, marcaron el comienzo de su popularidad. Después llegarían canciones como Boda de vecindad, Peso sobre peso —popularmente conocida como La Bartola—, Los gorrones, El gato viudo, Mi chorro de voz, Sábado Distrito Federal y Voy en el Metro, entre muchas otras.

Su humor podía parecer ligero, pero debajo de la carcajada había una mirada profundamente social.

Flores comprendió algo fundamental: para retratar una sociedad no siempre hace falta hablar de sus grandes acontecimientos; basta con observar cómo vive la gente.

Y quizá ahí reside buena parte de la vigencia de su obra.

¿A qué le tiras cuando sueñas?

“¿A qué le tiras cuando sueñas, mexicano?

¿A hacerte rico en loterías con un millón?

Mejor trabaja ya levántate temprano:

Con sueños de opio solo pierdes el camión.”

Uno de los mayores aciertos de Chava Flores fue no colocarse por encima de sus personajes.

No se reía de los mexicanos como un observador distante. Se reía con ellos y, muchas veces, de sí mismo.

Su lenguaje recuperó expresiones populares, juegos de palabras, dobles sentidos, personajes y situaciones reconocibles para quienes habitaban aquella ciudad. En sus canciones, el habla cotidiana se convierte en materia literaria y el humor en una forma de reconocimiento.

En ¿A qué le tiras cuando sueñas, mexicano?, quizá su canción más conocida en este sentido, Flores convierte el sueño de prosperidad inmediata en objeto de sátira. El mexicano que espera hacerse rico de pronto, ganar la lotería o resolver mágicamente sus problemas aparece frente al espejo de sus propias ilusiones.

Mi México de ayer

“Estas cosas hermosas, porque yo así las vi,

ya no están en mi tierra, ya no están más aquí.

Hoy mi México es bello como nunca lo fue,

pero cuando era niño tenía mi México un no sé qué…”

Chava Flores murió en la Ciudad de México el 5 de agosto de 1987. Para entonces, aquella capital que había convertido en protagonista de sus canciones ya estaba cambiando profundamente.

Él mismo era consciente de esa transformación. En una entrevista comentó que México era ya muy distinto al que había conocido en los años cincuenta y que sus canciones hablaban de una época que comenzaba a desaparecer.

Así siempre seré

Tal vez por eso Chava Flores sigue siendo Chava Flores.

Porque las ciudades cambian, las calles desaparecen, las costumbres se transforman y hasta las palabras con las que nos reconocemos van quedando atrás. Pero hay algo que permanece: la necesidad de contar quiénes somos.

Y quizá por eso su obra sigue siendo profundamente mexicana.

Durante septiembre solemos preguntarnos qué nos hace mexicanos.

“Namás salgo de mi patria

y a extrañar los chicharrones

y los tacos de carnitas,

nenepile y corazón,

esas ricas quesadillas…”

Chava Flores ofrece, entre muchas otras, una respuesta tan sencilla como entrañable en Platillos mexicanos: la comida.

No se trata solamente de enumerar chicharrones, tacos de carnitas, nenepile, corazón o quesadillas. La comida aparece como una forma de pertenencia, como uno de esos pequeños rituales cotidianos capaces de convertir una mesa en celebración y una celebración en identidad.

En septiembre, cuando la comida se vuelve también una fiesta de la mexicanidad, la ocurrencia de Flores adquiere una dimensión especial.

Pero su respuesta va más allá de los platillos.

Chava Flores nos ofrece una respuesta inesperada: quizá México también sea eso, un país que, aun cuando la realidad aprieta, encuentra la manera de sentarse a cantar, reírse de sus propias contradicciones y seguir adelante.

Y mientras alguien vuelva a cantar sus canciones, aquella ciudad que Flores convirtió en música seguirá respirando.

 

 

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