El final de algo

Asoma con sumo cuidado sus ojillos por una de las ventanas de la parte superior de la pequeña choza.

La amenaza llegó en un sobre aventado por debajo de la puerta de su despacho: una tarjeta negra con una gran Z amarilla. El cartel que asola la región donde se procesan los derivados del petróleo que él exportaba y aumentan el PIB del país, lo amenazaba de muerte ante la negativa de pagarles derecho de piso. No iba a ceder, no pagaría esa extorsión. Entonces se compró la Hummer y mandó a blindarla.

Esa noche llegó a su casa, desierta como siempre. No tenía familia ni pensaba tenerla. Se bajó apresuradamente sin estacionar la camioneta en el garaje, la dejó afuera, cerca del malecón particular a orillas del río Coatzacoalcos. Fue derecho a echarse de bruces en la cama.

Al día siguiente prestaría la casa a su sobrino quien festejaría ahí la terminación de sus estudios con un grupo de amigos.  Se despertó tarde, ya no tardarían en llegar; se dio un baño de agua fría y se retiró a un hotel en donde pasaría el día para dejar el campo libre. El hombre maduro, pero no viejo, guapo, impecablemente vestido, decidió que tomaría un taxi pues no tenía ganas de manejar.

Los jóvenes fueron llegando a la hermosa mansión, amplia, confortable. La fiesta comenzó: hicieron bromas, bailaron, echaron porras, se atragantaron de comida, vaciaron el refrigerador, fueron a la bodega de bebidas y tomaron lo que quisieron. Ya entrada la noche, salieron al jardín a contemplar el río desde las bancas de aquel malecón tan primoroso. Bailaron nuevamente, ahora a la luz de las estrellas, el aroma a sal, tan cercano, empapaba los sentidos; se sentían libres, capaces de comerse al mundo con sus nuevas carreras.

Comenzó una llovizna leve y un viento suave que fue poco a poco volviéndose amenaza y a alguien se le ocurrió subirse a la Hummer al darse cuenta de que estaba abierta. Se treparon ahí y siguieron la fiesta en el interior del vehículo. Se movían en sus asientos al compás de la música que prendieron en el estéreo de la camioneta y brincaron, se abrazaron y rieron a carcajadas gozando los nueve jóvenes de la prometedora vida por delante.

No se percataron que el freno de mano no estaba puesto y la velocidad de reversa puesta. El vehículo se fue desplazando en dirección de la corriente, el ligero declive había provocado un deslizamiento sutil, imperceptible, hacia la muerte.

Román iba por la enésima cerveza cuando en el enorme monitor del bar detuvieron las pistas para pasar una noticia local. Se quedó helado, se trataba del jardín delantero de su casa, de su cochera, de su camioneta medio sumergida en la corriente del poderoso río Coatzacoalcos.

Salió apresurado de ahí, esperó con impaciencia un Uber que lo llevó de regreso a casa, encontró tres grúas intentando sacar su Hummer convertida en féretro.

El hombre cayó de rodillas, una especie de arrepentimiento lo embargó, un dolor profundo, ira, coraje, una desesperación jamás sentida. Sus ojos se nublaron de rabia, entró a la casa por un arma de alto poder y salió a buscar a los que no tienen más nombre que la última letra del alfabeto.

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