Asoma
con sumo cuidado sus ojillos por una de las ventanas de la parte superior de la
pequeña choza. No lo sabe, pero intuye peligro. Siente que alguien la acecha,
que se asoman por las ventanas, que vienen por el camino de musgo y que pronto
la encontrarán. Su intuición de poco sirve: no escucha voz que le sugiera, que
le proponga salida alguna.
La
tía Arantza, la mayor, salió por comida y aún no regresa, se le previno: “no es
seguro el lugar, aguarde al menos la noche”; pero es una testaruda, como todas ellas,
como la abuela y la bisabuela y la madre de ella y la familia entera. No
regresará, es un hecho.
Está
preocupada, va de un lado a otro. Desde hace cuatro días, sin hacer el mínimo
ruido, sigilosa como es su costumbre, la tía Araceli, la menor, desapareció. Es
posible que haya salido a buscar comida, carroña, si no hubiese más; las
reservas casi se han agotado y sabía que no lo lograrían más de un par de días.
Ayer,
la tía Artemisa no le quitaba los ojos de encima, ya no hay comida y no ha
habido forma de cazar y, en esas circunstancias, todo es posible. Lo sabe:
existen antecedentes familiares… En la noche abandonó la guarida porque hoy
no hay rastros de ella. ¡Pobres tías!
Se
prepara para salir. No hay más. Espera la oscuridad, cuando todo duerma irá por
alimento y quizá en busca de otro lugar. Aquí ya no es seguro, lo repite con
angustia…
De
lejos, alguien vigila. En silencio, sonríe a pesar de los nervios que se cuelan
entre sus manos. No sabe bien a bien a qué se enfrenta. Las luces se apagan y
se mantiene al acecho, tiene una lámpara sorda en un lado y un arma letal en la
otra. Ariadna se mantiene expectante, agitada, hace por mantener a raya el
pavor que la carcome desde hace días; no percibe si el vacío del estómago es
hambre o miedo. Algo se apodera de sus decisiones. Ya no es ella.
Sale de la pequeña choza, avanza por el camino de musgo, cruza el pozo, unas figuras la sorprenden, pero no se intimida, se agazapa y avanza un poco más. Jadeante, no atina el camino en una bifurcación, se detiene ante un burro y un borrego… un haz de luz la sorprende, quiere mimetizarse con el paisaje, pero su negrura la traiciona. De pronto, una rociada la aturde, intenta moverse, otra más la manda al suelo. Es el fin… no queda más qué hacer: se retuerce por la asfixia. Ni la indolente figura de un niño en su pesebre la reconforta… Sus ojillos rojos se apagan y se engarruñan sus ocho peludas patas en el centro del nacimiento.
