Durante una tarde soleada de primavera, mientras el viento le susurraba algo a los árboles o los árboles le susurraban algo al viento, un benteveo llamado Leo que recién nació cerca de Montevideo luchaba entre ramas para no caer al suelo. Planeó torpemente desde su nido hasta que aterrizó sobre un arbusto que además de frondoso era de muy buen gusto. De no haber sido por aquel susurro no estaría preguntándose qué sería de su existencia a partir de entonces. Era muy pequeño para cuestionarse sobre el propósito que tendría su vida, así que por el momento sólo debía concentrarse en conservarla.
Mientras saltaba en medio del arbusto se preguntaba si volvería a ver a sus padres, quienes por estar teniendo una discusión acalorada no se percataron de su ausencia hasta casi media hora después de su caída. Cuando por fin empezaron a buscarlo, su cabecita rayada y pechito amarillo ya estaban posados sobre la superficie de una tabla justo al lado de un cuchillo.
Resulta ser que después de varios breves saltitos, Leo había entrado al patio de una casa súper acogedora donde vivía un buen caballero, que no tenía caballo, pero sí mucho cabello y un enorme corazón, con el que había decidido adoptarlo en menos de lo que canta una canción. Lo tendría en casa hasta que supiera volar. Le compartió un poco de una manzana, la cual había dejado junto a la tabla para picar, mientras preparaba una tarta y cocinaba una sopa de verduras casera para variar.
— Donde comen dos, comen tres — dijo con cariño el caballero volteando a ver a sus dos perros, que lo observaban atentamente mientras movían su cola sin cesar.
Apenas terminó de decir el refrán cuando los animales ladrando ya le preguntaban:
— ¿Se va a quedar a vivir aquí?, ¿lo vas a querer más que a nosotros? ¡¿qué tal si nos roba toda tu atención?!
— Cuando compartimos amor, lo multiplicamos, no lo dividimos— respondió Marchello el caballero, quien, como el mejor de los amos y maestros, comprendía perfectamente el lenguaje canino de sus compañeros.
Galán era un perro muy grande y nada patán, mientras que Coqueta era una perrita chaparrita demasiado mimada a la que no le gustaban las croquetas, pero sí otros alimentos, como las aves sueltas.
Marchello siguió cuidando a Leo unos cuantos días más mientras levantaba vuelo. De vez en cuando le cantaba uno que otro bolero, como el del trío Los Panchos titulado Mar y cielo, a lo que el pajarito le hacía coro con sus inconfundibles silbidos de benteveo. Además, no sólo lo alimentaba y lo mantenía hidratado, también le brindó su invaluable amistad, le contaba sus cosas y lo escuchaba con mucho cuidado porque, aunque algún día se iría, en ese momento ya formaba parte de la familia.
Una vez que Marchello vio que estaba ganando fuerza su nuevo inquilino, decidió celebrar con un poco de vino tinto. En eso estaba con su copa en mano cuando un ladrido de Galán le avisó que su perrita mimosa se estaba queriendo comer a su nuevo ‘hermano’.
En un abrir y cerrar de ojos, sonó un fuerte ¡splash! Leito ya estaba ‘nadando’ en la copa de vino y no precisamente como un profesional. Marchello con sus grandes manos salvavidas lo sacó y lo secó enseguida agradeciendo que seguía aún con vida y que muy pronto volaría. Acto seguido, a golpe de trompeta le puso un alto a su querida Coqueta, quien entendió que debía disculparse y aprender a comportarse si no quería terminar sus días comiendo puras croquetas.
Llegó el día en que después de haber intercambiado ciertas melodías, Marchello y Leo tuvieron que silbarse un hasta luego, después de que ambos escucharan el fuerte y dulce llamado de la madre benteveo que desde afuera exclamaba feliz ‘¡bien-te-veo!’ Cuando Leo regresó con sus padres, quienes nunca perdieron la esperanza de encontrarlo, les preguntó por qué habían tardado en buscarlo. Ellos le contaron, entre otras aventuras, que ya antes se habían asomado por las ventanas del lugar donde lo encontraron, pero sólo habían visto a un pajarito que no tenía el pecho amarillo sino color marrón rojizo y estaba todo mojado y sonrojado, supusieron que era un benteveo más que estaba enamorado. Fue entonces cuando Leo recordó ese momento tan estresante y tan bello en el que pudo haber muerto ahogado al instante, sin embargo, fue salvado por su amigo amado don Marchello, ese desconocido que se volvió su primer amigo apenas dejo el nido y cuyo cantar le sería por siempre muy familiar.
Aprendió y sintió tanto en tan poco tiempo, que no pudo más que agradecer por cada momento: desde el susurro que lo hizo caer en soledad, hasta el momento en que pudo haber sido devorado en compañía. Ya sano y salvo, gracias a la generosidad y ejemplo del buen amo, podía reflexionar sobre lo bueno que es amar y sentirse amado.
Al sentir el regalo de sentirse valorado también por sus padres, a su corta edad Leo sabía que estaba en este mundo para disfrutar el presente. Su crecimiento e increíble transformación, le permitirían celebrar la vida en toda ocasión. Al enterarse de lo que sus papás hacían hace poco tiempo cuando él cayó de su nido, Leito les preguntó por qué discutían, a lo que ellos respondieron que eso sería otro cuento en otro tono, mientras a lo lejos se escuchaba La ocasión para amarnos de Daniela Romo.
Marchello nunca olvidaría a su nuevo amiguito bebé a quien había alimentado con ternura y paciencia durante el tiempo que lo tuvo con él. Ocasionalmente extrañaría ese piquito que solía despertarlo por las mañanas y darle las buenas noches al anochecer. Dios sabe que tampoco el pequeño se olvidaría de él ni de su cálido hombro que le brindaba auténtica seguridad, pues lo llevaría en su mente y alma cada vez que volara y en paz cantara. También iría a visitarlo cada tanto, entrando valiente y confiadamente a su patio para saludarlo a él y a sus queridos perritos, que al final fueron como sus hermanitos y amigos a punta de silbidos y ladridos.
